El mayor escándalo de la familia real británica sigue creciendo incluso después de la muerte de Isabel II. La publicación de nuevos documentos oficiales ha sacudido nuevamente a Casa Real Británica al revelar que la monarca intervino directamente para impulsar la carrera institucional de su hijo Andrés, hoy convertido en el miembro más tóxico y desacreditado de Buckingham.
Los papeles desclasificados muestran cómo la reina presionó al Gobierno británico para que el entonces duque de York asumiera el cargo de Representante Especial para el Comercio Exterior, una posición con rango ministerial que le permitió viajar por el mundo, acceder a información sensible y construir una red internacional de contactos de enorme poder económico y político.
Aquella decisión, presentada en su día como una forma de dar utilidad institucional a un príncipe sin rumbo claro dentro de la Corona, terminó convirtiéndose en una auténtica bomba de relojería para la monarquía. Porque fue precisamente durante esos años cuando Andrés estrechó su relación con Jeffrey Epstein, el multimillonario acusado de tráfico sexual de menores cuya caída arrastró también al hijo predilecto de Isabel II.
Los documentos revelan hasta qué punto la reina estaba personalmente implicada en el nombramiento. El mensaje trasladado al Ejecutivo era inequívoco: Isabel II deseaba que Andrés asumiera un papel “prominente” en la promoción de los intereses británicos y consideraba que ningún otro miembro de la familia real podía sustituir al duque de Kent.
Detrás de aquella maniobra aparecía también una preocupación silenciosa dentro de palacio: Andrés se había convertido en un problema potencial. Tras abandonar la Marina y quedar relegado en la línea sucesoria por detrás de Carlos III, el príncipe empezaba a acumular ocio, privilegios y una creciente sensación de impunidad.
El nuevo cargo solucionó temporalmente ese vacío. Durante una década, Andrés disfrutó de una vida de lujo financiada indirectamente por el Estado británico, viajando en representación del Reino Unido y frecuentando círculos de millonarios, empresarios y dirigentes internacionales. Pero también abrió la puerta a amistades extremadamente peligrosas.
La investigación actual sostiene que el expríncipe habría compartido información confidencial del Gobierno británico con Epstein mientras ejercía funciones oficiales. Entre los datos filtrados aparecerían cuestiones sensibles relacionadas con Hong Kong o Singapur, lo que podría constituir un delito de conducta inapropiada en cargo público.
Aunque Andrés niega todas las acusaciones, la revelación resulta devastadora porque conecta directamente sus funciones institucionales con la red de relaciones que terminaron hundiéndolo públicamente.
El caso deja además muy tocada la figura de Isabel II. Durante décadas, la reina fue vista como el gran símbolo de estabilidad y prudencia institucional de Reino Unido. Sin embargo, estos documentos alimentan la idea de que protegió sistemáticamente a Andrés incluso cuando ya existían señales preocupantes sobre su comportamiento y sus amistades.
La obsesión de la monarca por blindar a su hijo favorito fue durante años uno de los secretos peor guardados de Buckingham. Andrés disfrutó siempre de privilegios especiales dentro de la familia real, incluso cuando acumulaba polémicas personales, amistades turbias y escándalos financieros. La situación llegó al extremo de que, según numerosos analistas británicos, Isabel II tardó demasiado tiempo en apartarlo completamente de la vida pública.
El escándalo Epstein terminó destruyendo definitivamente esa protección. Las fotografías del príncipe junto al financiero estadounidense y las acusaciones de abuso sexual lanzadas contra él provocaron una catástrofe reputacional sin precedentes para la Corona. La entrevista televisiva concedida por Andrés a la BBC, considerada una de las peores operaciones mediáticas de la historia reciente británica, acabó por precipitar su caída total.
Desde entonces, el hermano de Carlos III fue apartado de sus funciones oficiales, perdió títulos honoríficos y terminó convertido prácticamente en un apestado institucional dentro de Buckingham. Pero la publicación de estos documentos demuestra que el problema no fue únicamente Andrés: también hubo un sistema dentro de palacio dispuesto a protegerlo.
Otro aspecto especialmente polémico es la ausencia de controles previos antes de entregarle semejante responsabilidad institucional. El propio Gobierno británico ha reconocido ahora que no se realizó ninguna investigación exhaustiva sobre las relaciones o antecedentes del príncipe antes de otorgarle el cargo comercial.
Las exigencias personales que aparecen en los documentos reflejan además el nivel de privilegio con el que se movía Andrés. Sus asistentes pedían viajes a países “sofisticados”, preferiblemente ligados a la alta tecnología, y dejaban claro incluso que el príncipe no participaría públicamente en actividades relacionadas con el golf, pese a viajar frecuentemente con sus palos.
La publicación de estos archivos reabre una pregunta extremadamente incómoda para la monarquía británica: cuánto sabía realmente Isabel II sobre la vida privada y las conexiones de su hijo. Y, sobre todo, hasta qué punto la Corona contribuyó a mantener durante años la imagen y el poder de un hombre cuya caída terminó arrastrando parte del prestigio de la institución más poderosa del Reino Unido. @mundiario
