La amenaza de Israel de intensificar los ataques sobre Gaza si continúan los lanzamientos de cometas, globos y drones hacia territorio israelí revela hasta qué punto el alto el fuego permanece incompleto. Lo que podría parecer un incidente menor adquiere una dimensión mayor porque coincide con el principal bloqueo de las negociaciones: quién da el primer paso entre el desarme de Hamás y la retirada de las tropas israelíes.
El Gobierno de Benjamín Netanyahu advirtió este domingo de que las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) incrementarán las operaciones contra los responsables de estos lanzamientos y podrán ordenar la evacuación de las zonas desde las que se produzcan. La advertencia llegó después de que Israel detectara varios objetos procedentes de Gaza cerca de comunidades fronterizas.
El Ejército israelí sostiene que estos episodios pueden formar parte de una prueba para comprobar la respuesta militar israelí. Hamás, en cambio, asegura que las cometas son fundamentalmente “juguetes infantiles” utilizados por niños de Gaza para recuperar cierta normalidad entre los escombros. La diferencia entre ambas interpretaciones resume buena parte del problema actual: cualquier incidente puede convertirse en un argumento para demostrar que el adversario no está cumpliendo el alto el fuego.
Desde 2018, grupos palestinos utilizaron cometas y globos con materiales incendiarios para provocar incendios en terrenos agrícolas israelíes próximos a Gaza. Por eso, aunque las autoridades israelíes han señalado que los objetos detectados recientemente no contenían explosivos y que no existió una amenaza inmediata para la población, el episodio tiene una carga de seguridad considerable.
Netanyahu y el ministro de Defensa, Israel Katz, han optado por una respuesta contundente. Israel sostiene que no permitirá que Hamás reconstruya una capacidad militar que pueda volver a amenazar a las comunidades fronterizas.
El problema es que esa política se desarrolla mientras el supuesto alto el fuego continúa produciendo víctimas. Este domingo, ataques israelíes causaron al menos dos muertos y siete heridos, según las autoridades sanitarias palestinas. Entre los fallecidos figuró un niño de cuatro años. Reuters sitúa en más de 1.280 los palestinos muertos en Gaza desde el inicio del alto el fuego de octubre de 2025, mientras Israel informa de cuatro soldados muertos durante ese periodo.
Por tanto, el término “alto el fuego” describe una reducción de las operaciones a gran escala, pero no una desaparición de la violencia. Israel continúa realizando ataques que presenta como operaciones contra Hamás, mientras la organización palestina denuncia que esas acciones constituyen violaciones del acuerdo.
El verdadero campo de batalla: alrededor del 60% de Gaza
Israel mantiene el control militar de aproximadamente el 60% de la Franja de Gaza, según las informaciones disponibles sobre la denominada línea amarilla. El resto del territorio concentra a una población de alrededor de dos millones de personas, muchas de ellas desplazadas y viviendo en zonas devastadas por la guerra.
Para Israel, retirarse antes de comprobar el desarme efectivo de Hamás permitiría, según su interpretación, que la organización reconstruyera sus estructuras militares, túneles y arsenales. El Gobierno de Netanyahu insiste, por tanto, en una condición esencial: primero las armas, después la retirada.
Hamás plantea exactamente el orden contrario. Acepta el principio de desarme dentro del plan estadounidense, pero sostiene que Israel debe detener los ataques y retirarse previamente de las posiciones que mantiene dentro de Gaza. La organización también vincula determinadas fases del desarme a la evolución política del territorio y a la perspectiva de un Estado palestino.
Así, el obstáculo no es únicamente qué exige cada parte, sino cuándo debe cumplirlo. Aunque el acuerdo de desarme existe, su falta de ejecución radica en los tiempos de la propuesta respaldada por Estados Unidos, la cual contempla un proceso gradual: el desarme de Hamás, la retirada progresiva israelí, el despliegue de una fuerza internacional de estabilización, la creación de una administración palestina tecnocrática y la posterior reconstrucción de Gaza.
Sobre el papel, el mecanismo intenta resolver una contradicción evidente. Israel quiere garantías de seguridad antes de abandonar el territorio; los palestinos exigen que termine la presencia militar israelí antes de aceptar una transformación profunda del equilibrio interno de Gaza.
El acuerdo prevé que las armas pesadas sean almacenadas y que se desmantelen instalaciones militares y túneles cuando entren en Gaza las estructuras internacionales y administrativas previstas. La retirada israelí estaría vinculada al avance del desarme. Pero ese mecanismo todavía no ha pasado de manera efectiva a la fase operativa.
Las conversaciones mantenidas por el enviado estadounidense Jared Kushner con Hamás y Netanyahu tampoco consiguieron desbloquear la cuestión. Tras su visita, ambas partes mantuvieron sus posiciones fundamentales y se acordó trabajar mediante grupos específicos sobre desarme y asuntos de salud pública, sin alcanzar un compromiso definitivo sobre la retirada israelí.
Washington intenta evitar que el acuerdo se deshaga
La Administración de Donald Trump tiene un interés evidente en impedir que el alto el fuego termine convertido en una pausa temporal antes de una nueva escalada.
Estados Unidos ha empezado incluso a financiar la futura Fuerza Internacional de Estabilización para Gaza, con más de 206 millones de dólares destinados a infraestructura, equipamiento y operaciones, además de vehículos blindados para apoyar la misión. Cinco países han comprometido tropas y Egipto y Jordania participarían en la formación policial.
El problema es que una fuerza internacional necesita un territorio relativamente estable para desplegarse. Mientras Israel siga realizando operaciones y Hamás conserve parte de su estructura militar, la transición resulta difícil.
El futuro político de Netanyahu afronta una cuenta atrás crítica de cara a las elecciones generales del próximo 27 de octubre de 2026, unos comicios clave donde su gestión bélica tras los ataques del 7 de octubre de 2023 se someterá al veredicto de las urnas. La prolongación de la campaña militar en la Franja de Gaza no responde únicamente a criterios tácticos, sino que está directamente encadenada a la supervivencia de su coalición de gobierno. El ala más radical del Ejecutivo, encabezada por el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, ha impuesto un estricto veto a cualquier concesión diplomática, amenazando con dinamitar el gabinete si no se mantiene una ofensiva de máxima dureza contra Hamás.
Esta asfixia partidista interna explica la reciente decisión de Netanyahu de rechazar el plan de paz de 15 puntos impulsado por mediadores internacionales y la Junta de Paz de Donald Trump, un documento que el propio grupo islamista ya había aceptado en El Cairo de forma preliminar.
La negativa del mandatario israelí a firmar el borrador —que proponía una retirada progresiva de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) bajo supervisión de un comité palestino tecnócrata— responde a la necesidad de proteger su flanco derecho de cara a los comicios, donde las encuestas del sector conservador lo sitúan en un empate técnico o por detrás de figuras de consenso como el exgeneral Gadi Eisenkot. Al insistir públicamente en que no habrá fondos ni reconstrucción en Gaza hasta que el desarme de Hamás sea total y efectivo, Netanyahu prioriza su estabilidad electoral inmediata, asumiendo una brecha abierta con la diplomacia de la Casa Blanca.
En este contexto, permitir que un lanzamiento desde Gaza quede sin respuesta puede ser interpretado dentro de Israel como una pérdida de capacidad disuasoria. Pero responder militarmente a cada incidente aumenta el riesgo de que el alto el fuego se erosione hasta resultar irrelevante.
Los mediadores de Turquía, Egipto y Qatar ya han advertido que los ataques israelíes pueden perjudicar los esfuerzos diplomáticos. @mundiario
