La diplomacia estadounidense ha conseguido un pequeño balón de oxígeno en una de las múltiples crisis abiertas en Oriente Próximo. Representantes de Israel y el Líbano acordaron en Washington extender durante 45 días el alto el fuego vigente desde abril, en una negociación impulsada por Donald Trump que busca contener una escalada regional cada vez más compleja.
El anuncio llega, sin embargo, acompañado de una contradicción difícil de ignorar. Mientras las delegaciones negocian en despachos diplomáticos estadounidenses, los ataques y bombardeos continúan sobre el terreno. La tregua existe formalmente, pero la violencia diaria evidencia hasta qué punto la estabilidad regional sigue siendo extremadamente precaria.
La extensión del alto el fuego supone un alivio diplomático parcial para la Casa Blanca en un momento especialmente delicado. Washington continúa atrapado en otros focos críticos, especialmente en torno al bloqueo del estrecho de Ormuz y la tensión derivada de la guerra con Irán, donde las negociaciones permanecen prácticamente estancadas.
Las conversaciones celebradas en Washington representan uno de los contactos de mayor nivel entre Tel Aviv y Beirut en décadas. Ambos países continúan oficialmente en guerra y carecen de relaciones diplomáticas formales, lo que otorga peso a estas negociaciones.
Una tregua frágil en medio de la guerra regional
La mediación estadounidense intenta transformar un alto el fuego temporal en una arquitectura más estable de seguridad regional. El Departamento de Estado ha insistido en que el objetivo final pasa por consolidar una paz duradera, garantizar la soberanía mutua y reducir el riesgo de enfrentamientos en la frontera común. Pero el contexto real dista mucho de esa aspiración diplomática. Los bombardeos israelíes sobre territorio libanés han continuado durante toda la tregua, mientras Hezbolá mantiene ataques contra posiciones israelíes y continúa lanzando proyectiles y drones en la zona fronteriza.
La extensión del alto el fuego responde más a la necesidad de evitar un colapso que a la existencia de un verdadero acuerdo estructural entre las partes. La Casa Blanca busca proyectar capacidad de liderazgo diplomático en medio de un conflicto que inició con la Operación Furia Épica y se esparció por el resto de la región tras las represalias de Teherán y sus socios. Washington actúa simultáneamente como mediador entre Israel y el Líbano, interlocutor indirecto en la crisis iraní y principal aliado estratégico israelí.
Sin embargo, esa posición también expone las limitaciones estadounidenses. Las negociaciones de paz estancadas con el régimen de los ayatolás, olla a presión en el estrecho de Ormuz y la persistencia de múltiples actores armados no estatales en varios países dificultan enormemente cualquier intento de estabilización regional. La administración estadounidense intenta evitar que la confrontación entre Israel y Hezbolá derive en una guerra abierta de gran escala que arrastre a más actores regionales. Ese riesgo sigue presente mientras continúen los ataques cruzados y las operaciones militares sobre el terreno.
La propia extensión de la tregua revela que ninguna de las partes parece preparada para una solución definitiva. Israel insiste en el desarme de la milicia islamista chií como condición esencial de seguridad, un extremo que el Gobierno libanés también persigue, aunque se ve limitado por la influencia de Hezbolá en el Estado, y al mismo tiempo exige a Tel Aviv la retirada de tropas israelíes del territorio ocupado en el sur del país, en la región meridional del río Litani.
Hezbolá y el equilibrio interno libanés
Uno de los elementos más delicados del proceso es precisamente la ausencia de Hezbolá en las negociaciones formales. La organización chií, respaldada históricamente por Irán y con enorme peso político y militar en el Líbano, rechaza frontalmente las conversaciones auspiciadas por EE UU. Las críticas lanzadas por dirigentes de la milicia reflejan una creciente tensión interna que pone a prueba las costuras del Estado. Además, el movimiento armado considera que parte de las autoridades libanesas están cediendo ante presiones estadounidenses e israelíes y advierte contra cualquier acuerdo que debilite su posición estratégica.
Ese factor convierte cualquier posible avance diplomático en un ejercicio extremadamente complejo. Incluso aunque el Gobierno libanés alcance compromisos con Israel bajo mediación estadounidense, la estabilidad efectiva sobre el terreno seguirá dependiendo de actores armados que operan con considerable autonomía. La situación evidencia uno de los grandes problemas estructurales de Oriente Próximo, es decir, la dificultad para consolidar acuerdos estatales en escenarios donde milicias, grupos armados y potencias regionales mantienen agendas propias.
La extensión del alto el fuego entre Israel y Líbano coincide además con la persistente preocupación internacional sobre el estrecho de Ormuz, uno de los principales corredores energéticos del mundo. EE UU continúa intentando evitar una interrupción del tráfico marítimo en la zona, clave para el suministro global de petróleo y gas. China y otras potencias internacionales también han reclamado mantener abierta la vía marítima y reducir la escalada con Irán. @mundiario
