JESÚS MARCANDO LA DIFERENCIA

Por: Héctor E. Contreras.

hector.contreras26@gmail.com

Lucas 5:12-13 y Levítico 11:45-47.

Durante muchos años, la cirugía fue el último recurso, un recurso desesperado al que sólo recurrían los enfermos desahuciados. Los cirujanos nada sabían de los gérmenes. Sin lavarse previamente, se ponían la ropa que usaban para las intervenciones quirúrgicas, en ocasiones algún saco viejo endurecido por la sangre y el pus de numerosas operaciones anteriores. Tomaban el bisturí, que había sido “limpiado” con algún trapo viejo después de numerosas operaciones. La mitad de los operados morían. Varios pioneros descubrieron las técnicas correctas para la esterilización de los instrumentos, pero cada uno de ellos fue criticado y humillado por sus colegas. Fue en el 1847, el doctor “Ignaz Semmelweis” propuso a sus colegas “lavarse las manos antes de atender a las pacientes en el hospital obstétrico de Viena” donde ejercía, debido a que las cifras de muertes de mujeres que acababan de dar a luz  eran aterradoras. No obstante las muertes, sus colegas lo tildaron de loco y charlatán. Nunca le perdonaron que de algún modo los acusara de ser los responsables de la muerte de sus pacientes. 

¿Por qué tanta demora? ¿A qué se debió que los doctores fueron remisos a adoptar la técnica de la esterilización? La respuesta es sencilla: Aún no se habían descubierto los gérmenes. Los médicos no podían ver y los reformadores como Semmelweis no podían mostrarles ninguna razón por la cual lavarse las manos causaría alguna diferencia. 

“Porque yo soy Jehová, que os hago subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios: seréis, pues, santos, porque yo soy santo. Esta es la ley acerca de las bestias, y las aves, y todo ser viviente que se mueve en las aguas, y todo animal que se arrastra sobre la tierra, para hacer diferencia entre lo inmundo y lo limpio, y entre los animales que se pueden comer y los animales que no se pueden comer”, Levítico 11:45-47. 

Según la declaración del mismo Dios en los versículos citados anteriormente, debe existir una diferencia entre lo inmundo y lo limpio, debido a que él es santo y nos dice que nosotros también debemos ser santos. Años después de la recomendación del doctor Ignaz Semmelweis, fue que, el químico, físico, matemático y bacteriólogo francés “Louis Pasteur”, descubrió microorganismos bajo su microscopio. Aún así, cada reforma, desde los guantes de goma hasta las máscaras de gasa, sólo fue aceptada con renuencia y oposición. Sus descubrimientos tuvieron una enorme importancia en diversos campos de las ciencias naturales, sobre todo en la química y la microbiología. A través de experimentos, refutó definitivamente la teoría de la generación espontánea y desarrolló la teoría germinal de las enfermedades infecciosas. Louis Pasteur es considerado el pionero de la microbiología moderna, con lo que dió inicio a la llamada “Edad de Oro de la Microbiología”. 

El capítulo 11 de Levítico va más allá de comer correctamente. Los versículos citados anteriormente ofrecen una clave para comprender las leyes y regulaciones del libro de Levítico. Dios quería que su pueblo fuera santo, (apartado, diferente, único) así como él era santo. Dios conocía que tenían sólo dos opciones: apartarse y ser santo, o comprometerse con sus vecinos paganos y llegar a ser un pueblo corrupto. Como los israelitas, nosotros hoy, debemos mantenernos espiritualmente separados de la maldad del mundo, aún cuando, a diferencia de ellos, nos codeemos con incrédulos cada día. 

Las designaciones de “limpio e inmundo” se usaron para definir la clase de animales que los israelitas podían comer o no comer. Existían varias razones para establecer esta dieta: 1-) Asegurar la salud de la nación. Los alimentos prohibidos eran por lo general animales que merodeaban en los basureros y también se alimentaban de animales muertos; por tanto, podían transferir enfermedades. 2-) Para distinguir visiblemente a Israel de otras naciones. El cerdo era, por ejemplo, un sacrificio común de las religiones paganas. 3-) Para evitar asociaciones censurables, los animales que andan a ras del suelo, por ejemplo, hacían pensar en las serpientes, que a menudo simbolizaban el pecado. 

Lo que los gérmenes son para el cirujano, es la “inmundicia” que declara el mismo Dios en Levíticos. Las preocupaciones elaboradas sobre qué animales evitar y cómo tratar enfermedades de piel que eran “inmundas”. 

Las reglas sobre la impureza que encontramos en el libro de Levítico, están ahora fuera de moda, a causa de la declaración de Jesús de que todas las cosas son limpias cuando el mismo declara: “¿También vosotros estáis sin entendimiento? ¿No entendéis que todo lo de fuera que entra en el hombre, no puede contaminar, porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina? Esto decía, haciendo limpio todos los alimentos”, Marcos 7:18-19. 

“Sucedió que estando él en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra, el cual viendo a Jesús, se postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo: Señor si quieres, puedes limpiarme. Entonces, extendiendo él la mano, le tocó, diciendo: Quiero, sé limpio”, Lucas 5:12-13. También en el Evangelio de Lucas, en él capítulo 5, versos 12 en adelante, trata sobre una mujer que sufría de flujo de sangre. Tanto el leproso, como la mujer, en ese tiempo, a la luz de la sociedad de entonces, eran personas inmundas; es más, al leproso se le hacía un funeral y era enviado a un lugar sólo para leprosos. Por tal razón, amados del Señor, Jesús marca la diferencia. No importó que el hombre fuera leproso, Jesús le tocó y lo sanó. La mujer, en cambio, buscó con anhelo a Jesús, diciendo en su interior que con sólo tocar su manto, seré sana y así fue. Jesús sigue siendo la diferencia para todo el que le confiese.

Tanto Semmelweis, a quien se le conoció como “el salvador de las madres” al demostrar que desinfectarse las manos antes de tratar a las parturientas evitaba muchas muertes, al igual que él, también Louis Pasteur, descubridor de las enfermedades infecciosas, se le llamó “El héroe de la medicina que no fue médico”. Hasta la llegada de Jesús, la dimensión lenta de la inmundicia parecía irreversible. Uno podía evitarla, pero no podía eliminarla. El contacto con cualquier cosa impura, hacía que uno fuese impuro. Naturalmente, ciertas enfermedades, en especial la lepra, eran doblemente malditas; eran a la vez peligrosas e inmundas. Uno se mantenía absolutamente apartado de aquellos que la padecían.

Todo esto fue cierto, hasta que llegó Jesús, nuestro Señor y Salvador, también sanador de toda dolencia, no importando la naturaleza de la enfermedad. 

Él tocaba al enfermo. Hoy también lo hace contigo. Olvida los rituales levíticos y acércate a Jesús, quien verdaderamente marca la diferencia.  

Que Cristo Jesús sea la diferencia entre lo que tú crees y en lo que es la realidad de aceptarlo a él, quien marca la diferencia para lograr la verdadera libertad de nuestra salvación; pero también de nuestra sanidad. Bendiciones del cielo para toda persona que Dios le permita leer estas líneas. 

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