La condición de Irán a EE UU: control total de Ormuz a cambio de su reapertura

El estrecho de Ormuz se ha transformado en el epicentro de un conflicto militar directo tras los ataques perpetrados el pasado 28 de febrero por Estados Unidos e Israel contra Irán. Por este cuello de botella geográfico transitaba cerca del 20% del petróleo crudo a nivel global y una quinta parte del gas natural licuado (GNL) —principalmente de Qatar—, pero el control de facto ejercido por Teherán tras el estallido de las hostilidades ha reducido el flujo casi por completo, retirando del mercado diario unos 15 millones de barriles de crudo.

En este escenario, el portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, Esmail Baqai, confirmó que las negociaciones con Omán están «en su etapa final» para fijar un mecanismo de gestión conjunta: los barcos entrarían al Golfo Pérsico por canales bajo soberanía iraní y saldrían por aguas omaníes, pretendiendo cobrar tasas de seguridad de entre el 5% y el 7% de la carga. Sin embargo, las autoridades de Teherán advierten de que la reapertura de la vía no será automática; está condicionada a que la administración de Donald Trump levante el bloqueo naval contra los puertos iraníes y acepte el nuevo control aduanero persa, una exigencia que Washington rechaza firmemente al considerarla una alteración inaceptable del derecho internacional de libre navegación.

Las conversaciones entre Irán y Omán han cobrado protagonismo debido a que ambos países comparten la soberanía sobre los accesos al estrecho de Ormuz. Al respecto, el portavoz iraní Baqaei aseguró que ambas delegaciones ya han consensuado las coordenadas de la futura ruta marítima y que la declaración conjunta se encuentra en la fase final de revisión. En paralelo, el viceministro iraní de Asuntos Exteriores, Kazem Gharibabadi, ratificó la sintonía al afirmar que existen «entendimientos fundamentales» entre los dos gobiernos y que el texto está «cerca de completarse».

No obstante, Teherán insiste en que ese entendimiento únicamente resolvería la coordinación bilateral entre Irán y Omán. La reapertura plena del estrecho seguiría condicionada, según la versión iraní, a un cambio de postura de Washington respecto al bloqueo naval y al cumplimiento de los compromisos recogidos en el memorando alcanzado entre ambos países a mediados de junio.

El aspecto más delicado de la negociación no es únicamente la reapertura del paso, sino quién ejercerá el control efectivo sobre la navegación. Al respecto, diversas informaciones publicadas por Reuters —que citan fuentes iraníes y regionales— indican que el borrador contempla un papel predominante de Irán sobre los buques que entren al golfo Pérsico. Según estas mismas fuentes, Teherán pretende supervisar el tráfico entrante y mantener la capacidad de intervención sobre la circulación marítima por razones de seguridad.

También se negocian cuestiones relacionadas con posibles tasas vinculadas a servicios marítimos o de protección medioambiental, aunque este último punto continúa siendo objeto de importantes discrepancias. Las autoridades iraníes sostienen que la propuesta responde a una cuestión de soberanía compartida con Omán y a la necesidad de garantizar la seguridad del estrecho tras meses de enfrentamientos.

Washington mantiene una posición muy distinta

Aunque el presidente Donald Trump ha manifestado en varias ocasiones que preferiría resolver la crisis mediante un acuerdo diplomático, su Administración ha reiterado que no aceptará un modelo que otorgue a Irán capacidad para controlar el acceso a una de las rutas comerciales más importantes del planeta.

En sus declaraciones más recientes, el mandatario insistió en que espera una pronta reapertura del estrecho, aunque también advirtió de consecuencias severas si no se alcanza una solución. Mientras tanto, los responsables estadounidenses mantienen firmemente que la libertad de navegación constituye un principio estratégico irrenunciable.

La dificultad de las conversaciones reside en que ambas partes parten de diagnósticos completamente distintos. Por un lado, Irán sostiene que el principal factor de inseguridad sigue siendo el despliegue militar estadounidense y las restricciones impuestas a sus puertos y exportaciones; por el otro, Estados Unidos considera que la incertidumbre deriva del control ejercido por Teherán sobre la navegación y de los incidentes registrados durante los últimos meses contra buques comerciales.

Esta desconfianza mutua explica que, pese al aparente avance de las negociaciones con Omán, todavía no exista una fecha concreta para recuperar plenamente el tráfico marítimo previo al conflicto.

El impacto económico sigue siendo enorme. Antes del inicio de la guerra, aproximadamente 140 embarcaciones atravesaban diariamente el estrecho de Ormuz; sin embargo, tras meses de enfrentamientos, esa cifra se ha reducido drásticamente. Esta disminución del tráfico marítimo ha afectado tanto a los exportadores de hidrocarburos del Golfo como a las cadenas logísticas internacionales.

Aunque el crudo Brent ha moderado su volatilidad cotizando en el rango de los 79 y 83 dólares por barril —niveles que revierten los picos del conflicto béllico tras el optimismo diplomático—, los mercados energéticos reaccionan con extrema sensibilidad a los avances del acuerdo bilateral entre Teherán y Mascate para garantizar el tránsito naviero. Firmas financieras globales advierten que la estabilidad actual es frágil; una ruptura de la tregua o un bloqueo total en el estrecho de Ormuz drenaría críticamente los inventarios internacionales, reactivando escenarios de riesgo donde el crudo de referencia en Europa podría escalar por encima de los 100 dólares a finales de año.

La dimensión estratégica para Irán

Para la República Islámica, el debate sobre Ormuz trasciende el ámbito económico, ya que el control de este estrecho representa un instrumento clave de influencia regional y un elemento central de negociación frente a Estados Unidos. Por ello, las autoridades iraníes argumentan que cualquier nuevo sistema de gestión debe reconocer su papel como Estado ribereño y garantizar su capacidad de intervenir ante amenazas a la seguridad marítima. Desde esta perspectiva, el reciente acuerdo con Omán busca consolidar una arquitectura regional en la que Irán desempeñe un papel mucho más relevante que antes del conflicto.

Omán vuelve a ejercer el papel diplomático que históricamente ha desempeñado entre Washington y Teherán. Su posición geográfica y sus relaciones relativamente estables con ambas partes le permiten actuar como intermediario en una negociación extremadamente compleja.

Las autoridades omaníes intentan encontrar un equilibrio entre las exigencias iraníes y las preocupaciones de Estados Unidos y de los países árabes del Golfo, conscientes de que cualquier acuerdo deberá ser aceptable para todos los actores implicados si pretende garantizar una reapertura estable del estrecho.

Pese al optimismo expresado desde Teherán sobre el estado de las conversaciones con Omán, la normalización de Ormuz sigue dependiendo de cuestiones que van mucho más allá de la delimitación de una ruta marítima. El reparto de competencias sobre la navegación, el alcance del control iraní, el eventual cobro de tasas, las garantías para la libertad de tránsito y la relación entre Irán y Estados Unidos continúan siendo los principales obstáculos. @mundiario