La creciente tensión entre la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y la alta representante para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, ha dejado de ser un rumor de pasillos para convertirse en un síntoma de algo más amplio: la dificultad de la Unión Europea para definir su voz en el escenario global.
El diseño institucional europeo, concebido para equilibrar sensibilidades nacionales y comunitarias, está mostrando sus límites en un contexto geopolítico marcado por la guerra en Ucrania, la rivalidad con China y la incertidumbre en la relación con Estados Unidos. En ese marco, la política exterior se ha convertido en un terreno difuso donde las competencias se solapan y la autoridad se disputa.
Competencias cruzadas y liderazgo en disputa
En teoría, los Tratados europeos establecen una división clara: la alta representante coordina la acción exterior y representa la voz diplomática común, mientras que la Comisión impulsa políticas más amplias. Sin embargo, la práctica ha evolucionado hacia una superposición de funciones que alimenta fricciones.
Desde su llegada, Von der Leyen ha reforzado el peso político de la Comisión, ampliando su influencia en ámbitos tradicionalmente reservados a la diplomacia.
Paralelamente, Kallas intenta consolidar el papel del Servicio Europeo de Acción Exterior como eje coordinador, en un contexto donde algunos Estados miembros perciben duplicidades y falta de claridad estratégica.
Las tensiones se han visto amplificadas por movimientos internos, nombramientos controvertidos y la creación de nuevas estructuras dentro de la Comisión que, según fuentes diplomáticas, refuerzan una lógica más vertical del poder en Bruselas.
El debate de fondo: ¿una UE preparada para la confrontación global?
Más allá del choque personal o institucional, analistas como el profesor Alberto Alemanno interpretan esta situación como el reflejo de un diseño institucional incompleto. El cargo de alta representante, creado con el Tratado de Lisboa, nació como un híbrido entre instituciones, pensado para equilibrar la soberanía de los Estados con una mayor coherencia exterior.
Este modelo ha sido ocupado antes por figuras como Catherine Ashton, Federica Mogherini o Josep Borrell, sin que el problema estructural desapareciera.
La diferencia ahora es el contexto: una Europa obligada a actuar con rapidez en crisis simultáneas. Para algunos eurodiputados, como Javi López, las fricciones internas restan eficacia a la acción exterior en un momento en el que la UE necesita cohesión y agilidad.
El resultado es una sensación creciente en varias capitales europeas de que el sistema institucional, diseñado para tiempos de consenso, no está plenamente adaptado a un escenario internacional dominado por la competencia entre grandes potencias. @mundiario
