La guerra con Irán se vuelve contra Trump: el conflicto que amenaza su poder

La estrategia de Donald Trump frente a Irán empieza a generar un problema que va mucho más allá del escenario internacional. Lo que la Administración estadounidense presentó como una operación que debía resolverse en pocas semanas se ha convertido en un conflicto prolongado que está condicionando la política interna de Estados Unidos.

La guerra comenzó el 28 de febrero y, casi medio año después, no existe una salida clara. Mientras el Gobierno estadounidense mantiene un discurso de fortaleza, dentro del país aumentan las dudas sobre el coste de la intervención y sobre la capacidad de Trump para alcanzar los objetivos que justificaron la operación.

El desgaste llega, además, en un momento especialmente delicado para el presidente. Las elecciones legislativas de mitad de mandato están cada vez más cerca y los últimos sondeos muestran una caída significativa de su respaldo. Una encuesta de Ipsos sitúa su aprobación en el 35%, el nivel más bajo de su mandato.

Uno de los principales problemas para Trump es precisamente la duración de la guerra. El presidente había planteado inicialmente un horizonte mucho más corto, pero la confrontación se ha prolongado durante meses sin que Washington pueda presentar una solución definitiva.

La situación también está teniendo consecuencias económicas. El bloqueo y la tensión en torno al estrecho de Ormuz, una de las principales rutas mundiales para el transporte de petróleo, han reducido drásticamente el tráfico marítimo. Según los datos citados por El País, apenas circulan una docena de barcos al día por el paso, frente a unos 150 antes de la guerra.

En este contexto, Trump ha elevado todavía más el tono. El presidente ha llegado a plantear que Estados Unidos podría declarar Ormuz territorio estadounidense una vez terminada la guerra, una propuesta que Teherán ha rechazado frontalmente.

La guerra empieza a pasar factura dentro de Estados Unidos

El desgaste no se limita a las encuestas. La intervención militar también está generando interrogantes sobre los recursos disponibles y sobre el estado de las tropas desplegadas en la región.

Uno de los episodios que más atención ha despertado es la situación del portaaviones USS Abraham Lincoln, cuya tripulación ha afrontado problemas relacionados con el abastecimiento, las comunicaciones, las condiciones de vida a bordo y la salud mental después de meses de despliegue. La Administración ha rechazado que exista una situación de agotamiento generalizado, aunque ha reconocido algunas de estas dificultades.

La cuestión militar resulta especialmente sensible porque la guerra no fue autorizada formalmente por el Congreso, lo que ha alimentado el debate sobre la legitimidad y la sostenibilidad de la estrategia seguida por la Casa Blanca.

Otro episodio ha complicado la imagen que Trump intenta proyectar como presidente capaz de controlar cualquier crisis. Durante su salida de Turquía el pasado julio, los servicios de seguridad organizaron una operación de emergencia ante una amenaza iraní contra el avión presidencial.

Trump abandonó el lugar utilizando un procedimiento extraordinario y permaneció oculto en un contenedor de catering antes de cambiar de avión. El episodio ha provocado críticas porque los periodistas y funcionarios que acompañaban al presidente no habrían conocido inicialmente la dimensión de la amenaza. Para la oposición, el incidente supone un contraste evidente con el discurso de firmeza que Trump mantiene respecto a Irán.

Irán se convierte en el gran problema interno de Trump

La paradoja es que una guerra presentada como una demostración del poder estadounidense está empezando a convertirse en una fuente de vulnerabilidad política para el propio presidente.

Trump mantiene el discurso de que Irán está siendo derrotado, pero el bloqueo de Ormuz continúa afectando al comercio energético, las tropas acumulan meses de despliegue y la diplomacia no ha conseguido cerrar el conflicto. Paralelamente, el coste económico empieza a hacerse notar entre los ciudadanos estadounidenses.

La Administración apuesta ahora por aumentar la presión económica sobre Teherán, mientras mantiene abierta la posibilidad de nuevas acciones militares. Pero cuanto más se prolonga la guerra, más difícil resulta para Trump explicar por qué el conflicto todavía no ha terminado.

Irán ha dejado de ser únicamente un problema de política exterior para convertirse en uno de los mayores desafíos internos de la presidencia de Trump. Con las elecciones legislativas en el horizonte y su popularidad en mínimos, el desenlace de la guerra puede terminar siendo determinante para el futuro político del presidente. @mundiario