I-Samuel 1:9-12; 16-18.
Por: Héctor E. Contreras,
hector.contreras26@gmail.com
El sumo sacerdote, Elí, se sienta en lo alto, observando atentamente a una mujer que acaba de entrar al templo, inclinada ante el Altar por el dolor de un sueño destrozado y por los deseos sin cumplir. Dos personajes de la historia bíblica. ¿Quiénes son ante la sociedad y quiénes son ante Dios? El sacerdote, perturbado su corazón, su alma y su espíritu por el conocimiento del pecado de sus hijos; frente a la mujer humillada por su esterilidad. Quienes conocemos la historia de la Biblia, vemos en esta mujer, de rodillas, humillada por su esterilidad, con llantos y lágrimas, con un corazón hecho pedazos, se presenta ante el Dios de lo imposible, sabía en su interior que obtendría la respuesta que buscaba aquel día. Samuel, dedicado a Dios por su madre, que no tenía hijos, sería criado por un hombre que no es su padre, nacido de una madre fiel a Dios. Elí verá en el niño el juicio sobre sus propios hijos, pero también la esperanza para la nación. Dios valora a todas las personas por igual, no importa como son vistas por la sociedad. Dios ve el interior, las heridas silenciosas, los pecados ocultos, los anhelos más profundos. No hay nadie en la cima, no hay nadie en lo más bajo. Ante Dios, toda persona necesita razones de esperanza.
“He derramado mi corazón delante de Jehová”, I-Samuel 1:15, segunda parte. “No tengas a tu sierva por una mujer impía; porque la magnitud de mis congojas y de mi aflicción he hablado hasta ahora. Elí respondió y dijo: Ve en paz, y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho. Y ella dijo: Halle tu sierva gracia delante de tus ojos. Y se fue la mujer por su camino, y comió, y no estuvo más triste”, I-Samuel 1:16-18. No tengas a tu sierva por una mujer impía; son las primeras palabras del verso 16. Literalmente, lo que el anciano profeta quiso decir fue: “hija de Belial”, y la misma descripción que se ofrece sobre los hijos de Elí, en el capítulo 2:12. Encierra la idea de no ser útil para nada. “Los hijos de Elí eran hombres impíos, y no tenían conocimiento de Jehová”, I-Samuel 2:12. En otras palabras, estos hombres ni le temían ni le obedecían a Dios.
Como este relato del libro primero de Samuel, existe uno similar y lo encontramos en el libro de Rut. Esta mujer, también era estéril; había estado casada anteriormente y no pudo tener un hijo. Al llegar a Belén, ella, guiada por quien había sido la madre de su primer marido. Al casarse con Booz, éste se llegó a ella, y Jehová le dio que concibiese y diese a luz un hijo, Rut 4:13. “Y Jehová le dio”. Esto es más que una referencia piadosa a Dios como el dador de la vida; también puede que aluda a una eventual esterilidad de Rut cuando estaba casada con “Mahlón”, Rut 1:4-5. “Y se llegó a ella”, es un término que usualmente se utilizaba en el Antiguo Testamento para hablar de las relaciones íntimas entre una mujer y un hombre. Después de nacer el hijo de Booz y Rut, las mujeres decían: “Loado sea Jehová, que hizo que no te faltase hoy pariente, cuyo nombre será celebrado en Israel; el cual será restaurador de tu alma, y sustentará tu vejez; pues tu nuera, que te ama, lo ha dado a luz y ella es de más valor para ti que siete hijos”, Rut 4:14-15. Todas estas palabras estaban dirigidas a Noemí, la cual era conocida desde mucho antes de su viudez. “El cual será restaurador”. Restaurador, del griego “shub”: Retomar, volverse, regresar, restaurar, revertir. Su sentido más común es “volverse” o “regresar”. En otras palabras, regresar al punto de partida y en sentido espiritual puede significar: “negarse a seguir a Jehová”, Números 14:43 o “arrepentirse”, o sea, volverse del pecado hacia Dios, Oseas 3:5, que dice: “Después volverán los hijos de Israel, y buscarán a Jehová su Dios, y a David su rey; y temerán a Jehová y a su bondad en el fin de los días”.
A mi entender, creo que la mayoría de ustedes, personas que leen estos escritos, saben que la primera mujer, que decía por la “magnitud de mis congojas y de mi aflicción”, es Ana, la madre de Samuel. Como bien dice la Biblia, cuando ella llegó al templo era una mujer destrozada en su espíritu, porque, estando casada por varios años, nunca pudo concebir una criatura en su vientre. Las mujeres estériles de esa época, se consideraban ser una maldición para su pueblo. Pero la mano de Dios no solamente se manifiesta en los grandes momentos de la historia. En el primer libro de Samuel se hacen evidentes las siguientes lecciones: 1-) Dios interviene en el dolor de Ana al darle, no sólo un hijo, sino una prole de tres varones y dos hembras, I-Samuel 2:21. Y 2-) Aunque los seres humanos se fijan en las apariencias, lo que sucedió cuando Ana clamaba a Dios en petición por un hijo y el profeta Elí la tuvo por ebria, no así Dios, quien mira el corazón, I-Samuel 16:7. Mis amados/as del alma, la obediencia es el mejor sacrificio, I-Samuel 15:22-23, lo cual indica que Dios se interesa en el corazón de las personas y en sus acciones. Dios no repara en aquellas personas que ostentan gran dignidad cuando han pecado, pues Él es un Dios paciente y misericordioso.
“¿Quién oyó cosa semejante? ¿quién vio tal cosa? ¿Concebirá la tierra en un día? ¿Nacerá una nación de una vez? Pues en cuanto a Sion estuvo de parto, dio a luz hijos. Yo que hago dar a luz, ¿no haré nacer? dijo Jehová. Yo que hago engendrar, ¿impediré el nacimiento? dice Jehová. Alegraos con Jerusalén, y gozaos con ella, todos lo que la amáis; llenaos con ella de gozo, todos los que os enlutáis por ella; para que maméis y os saciéis de los pechos de sus consolaciones; para que bebáis, y os deleiteis con el resplandor de su gloria. Porque así dice Jehová: He aquí que yo extiendo sobre ella paz como un río, y la gloria de las naciones como torrente que se desborda; y mamaréis, y en los brazos seréis traídos, y sobre las rodillas seréis mimados. Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros, y en Jerusalén tomaréis consuelo”, Isaías 66:8-13. Dios es quien hace engendrar, es el que hace que nazca la criatura, es el que hace que la madre produzca el sustento de sus hijos en sus pechos para la alimentación de éstos, la madre es la que brinda consuelo a las crías que Dios le ha dado en su tiempo de duda, de aflicción, de inquietudes.
Es por esto que el apóstol Pablo nos dice: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios”, II-Corintios 1:3-4.
“Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a las piedras preciosas”, Proverbios 31:10. Una madre virtuosa es aquella, llena de valores y principios de acuerdo a la Palabra de Dios. Su interior le da belleza a lo que es el sacrificio. Con su ejemplo enseña a sus hijos el camino correcto, fomentando el temor de Dios, para que cuando estos lleguen a la adultez, sean personas de bien.
La mujer virtuosa ciñe de fuerza sus lomos, Y esfuerza sus brazos, Proverbios 31:17. Es esforzada y valiente, trabaja incansablemente por el bienestar de su familia, y, tan fuerte es su valentía, que el corazón de su esposo e hijos están en ella confiado. La mujer virtuosa, es una madre que siempre da el ejemplo de la fe, por lo consiguiente, será paciente a esperar el tiempo de Dios. La fe de una madre es una fe que acepta los propósitos de Dios para su vida; se caracteriza por ser una fe inamovible, que sigue creyendo aunque no vea sus peticiones cumplidas. Es una mujer íntegra, es una mujer multifacética, porque es esposa y madre y al mismo tiempo nunca deja de esforzarse por brindar lo mejor a su familia. La gratitud, que mucha gente no practica, no es el caso de Ana, la mujer que fue ante el Trono de la gracia y con amargura de alma oró a Jehová, y lloró abundantemente, I-Samuel 1:10. Ahora, regresa al templo, donde de rodillas rogó a Dios y Dios escuchó su ruego. Ella dice: “¡Oh, señor mío! Vive tu alma, señor mío, yo soy aquella mujer que estuvo aquí junto a ti orando a Jehová. Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que le pedí. Yo, pues, lo dedico también a Jehová; todos los días que viva, será de Jehová. Y adoró allí a Jehová”, I-Samuel 1:26-28. Luego, ella ora así: “Mi corazón se regocija en Jehová, Mi poder se exalta en Jehová; mi boca se ensanchó sobre mis enemigos, Por cuanto me alegré en tu salvación. No hay santo como Jehová; porque no hay ninguno fuera de ti. Y no hay refugio como el Dios nuestro”, I-Samuel 2:1-2. Fue al templo, llevó una ofrenda consistente en tres becerros, una efa de harina y una vasija de vino, junto a la criatura que había pedido en oración y ruegos a su Señor y Dios. Sus palabras deben llenar nuestros corazones de júbilo, porque es un cántico que nace de una mujer agradecida.
Este es un mensaje dedicado a todas las madres de nuestra nación y a las que están en otras latitudes también. Tú eres una mujer de ejemplos a vivir, tú eres la madre por excelencia, que valoras el tesoro más grande que puedas recibir de parte de Dios, ¡Tus hijos! A tí te bendigo en este día, porque eres de mucha estima para nuestro Dios y Señor.
Dios bendiga grandemente a todas las familias de nuestra tierra y en especial a aquella mujer que lucha día tras día en favor de lo mejor para los suyos.



