La maldición de Mbappé: cuanto más cerca está de la cima, más se aleja

Kylian Mbappé vive una contradicción difícil de explicar: cuanto más impresionante resulta su carrera en los números, más evidente parece aquello que todavía le falta. El francés ya es campeón del mundo, ha ganado la Bota de Oro de dos Mundiales y se convirtió en el máximo goleador histórico de la Copa del Mundo con 22 tantos, por delante incluso de Lionel Messi. Sin embargo, el jugador que durante años fue presentado como el heredero natural de Cristiano Ronaldo y Messi todavía persigue dos conquistas que parecen destinadas a confirmar definitivamente su lugar entre los grandes: la Champions y el Balón de Oro. Esa paradoja es lo que algunos empiezan a llamar la “maldición de Mbappé”.

No existe ninguna maldición sobrenatural, por supuesto. Lo que existe es una carrera sometida a unas expectativas extraordinarias. Mbappé fue señalado desde adolescente como el futbolista destinado a dominar la siguiente era del fútbol mundial. Ganó el Mundial con Francia en 2018, marcó en una final con 19 años y alcanzó otra final mundialista en 2022, donde protagonizó uno de los partidos individuales más extraordinarios que se recuerdan. Mientras otros jugadores necesitaban una década para construir una candidatura al trono del fútbol, él parecía tener prisa. El problema es que el fútbol no siempre recompensa al mejor jugador individual con el mejor palmarés colectivo.

El ejemplo más evidente aparece en París. Mbappé se convirtió en el máximo goleador histórico del Paris Saint-Germain y acumuló títulos nacionales, goles y actuaciones memorables, pero nunca consiguió entregar al club la Champions que justificaba buena parte de la inversión realizada en él. Aquella competición terminó convirtiéndose en una especie de frontera invisible. El francés podía dominar Francia, romper récords y aparecer entre los mejores del mundo, pero Europa seguía resistiéndose. Cuando decidió abandonar París para fichar por el Real Madrid, parecía haber encontrado finalmente el escenario perfecto para derribar esa barrera.

Pero Madrid no funciona únicamente con goles. El Bernabéu exige títulos, noches europeas y jugadores capaces de convertir su superioridad individual en dominio colectivo. Ahí apareció una nueva dificultad. La primera etapa de Mbappé como madridista estuvo marcada por una adaptación compleja, problemas físicos, críticas y una relación futbolística todavía imperfecta con Vinicius. Incluso cuando sus estadísticas respaldaban su rendimiento, el equipo atravesaba dificultades y el francés terminó convirtiéndose en uno de los rostros de esa contradicción. En mayo de 2026, EL PAÍS llegó a describirlo como un elemento de “distorsión” dentro de un Madrid que no encontraba su mejor versión.

El problema de ser extraordinario demasiado pronto

La temporada 2026 también dejó una paradoja todavía mayor. Mbappé consiguió convertirse en la gran referencia goleadora del Mundial y terminó la competición con diez tantos, una cifra que le permitió conquistar su segunda Bota de Oro mundialista. Con 22 goles en tres Mundiales, pasó a ser el máximo goleador de la historia del torneo. Sin embargo, Francia tampoco pudo coronar ese dominio individual con el título. Mbappé volvía a demostrar que podía estar a la altura de los grandes escenarios, pero otra vez aparecía la misma pregunta: ¿cuándo llegará el trofeo que termine de acompañar al jugador?

La comparación con Cristiano Ronaldo resulta inevitable. El portugués también llegó al Real Madrid convertido en una superestrella y necesitó transformar sus extraordinarios registros individuales en una colección de títulos que terminó definiendo una época. Mbappé todavía está construyendo ese segundo capítulo. Sus cifras en Madrid ya permiten comparaciones con el inicio de Cristiano en el club, pero el contexto es diferente y, sobre todo, el francés aún necesita conquistar Europa con la camiseta blanca para que esa comparación deje de ser una posibilidad y se convierta en una realidad histórica. El problema es que cuanto más se habla de su potencial legado, menos margen parece existir para una temporada sin grandes trofeos.

Y después está el Balón de Oro. Durante años pareció una consecuencia natural de su talento. Si Mbappé ganaba el Mundial, la Champions o ambas competiciones en una misma etapa, el premio parecía inevitable. Pero el fútbol cambió. Aparecieron nuevas figuras, crecieron otras candidaturas y los títulos colectivos empezaron a pesar en momentos decisivos. En 2025 el francés volvió a quedarse sin el premio, y en 2026 su candidatura vuelve a depender no solamente de sus números, sino de cuánto pueda pesar su rendimiento en los partidos que deciden los grandes títulos. José Mourinho ha defendido precisamente que su impacto y su carácter decisivo deben tener un peso fundamental en la votación.

La paradoja es que Mbappé tampoco parece estar sufriendo una crisis futbolística. Todo lo contrario. El comienzo de la temporada 2026-27 demuestra que sigue siendo una máquina ofensiva. Bajo la dirección de Mourinho ha marcado cuatro goles en los tres primeros partidos de Liga y vuelve a aparecer como uno de los principales candidatos a conquistar el Pichichi y la Bota de Oro europea. El Real Madrid, además, ha comenzado el campeonato con pleno de victorias. Por eso hablar de maldición no significa hablar de fracaso. Significa señalar que, para un futbolista al que se le exige ser histórico, incluso una temporada extraordinaria puede parecer insuficiente si no termina acompañada por los trofeos que definen las épocas.

Hay algo especialmente cruel en esa situación. Mbappé ha construido una carrera que muchos futbolistas considerarían perfecta y, sin embargo, la sensación exterior es que todavía debe demostrar algo. Ha sido campeón del mundo, máximo goleador mundialista, estrella del PSG, referente de Francia y ahora la principal figura ofensiva del Real Madrid. Pero el listón que se colocó sobre él no es el de un gran delantero. Es el de un jugador destinado a sentarse en la misma mesa que Messi y Cristiano. Y para entrar definitivamente en esa conversación necesita algo más que estadísticas: necesita noches de Champions que queden asociadas para siempre a su nombre y un Balón de Oro que certifique la percepción individual.

Quizá esa sea la verdadera “maldición” de Mbappé: haber sido considerado leyenda antes de terminar de construir su leyenda. Cada gol alimenta la expectativa del siguiente; cada temporada sin Champions genera preguntas; cada Balón de Oro que se escapa parece un fracaso cuando, en realidad, sería un premio extraordinario para casi cualquier otro futbolista. A los 27 años todavía tiene tiempo de sobra para cambiar esa narrativa. Y precisamente por eso el Madrid puede ser el lugar donde desaparezca definitivamente esa supuesta maldición. Si Mbappé consigue convertir sus goles en Champions, sus récords en títulos y su talento en dominio europeo, dejará de ser el eterno heredero para convertirse en aquello que lleva una década prometiendo: uno de los grandes protagonistas de su propia era. @Mundiario