La religión ha vuelto a ocupar un lugar central en la campaña de las elecciones de medio mandato de Estados Unidos. Pero esta vez hay un movimiento que altera el reparto tradicional de fuerzas: varios candidatos demócratas han decidido disputar a los republicanos un terreno que durante décadas parecía prácticamente reservado a la derecha. En Kansas, Texas, Iowa y otros estados conservadores, pastores, seminaristas y antiguos responsables de congregaciones presentan su fe como parte de su identidad política y tratan de demostrar que el cristianismo no pertenece en exclusiva al movimiento MAGA ni a Donald Trump.
La apuesta tiene una dimensión electoral evidente. Los demócratas necesitan ampliar su apoyo fuera de las grandes ciudades y recuperar votantes moderados, rurales y religiosos si quieren mejorar sus resultados en las midterms del 3 de noviembre. Para ello, han encontrado una fórmula que combina referencias bíblicas, moderación política y propuestas sobre sanidad, salarios, educación, inmigración y protección social.
No se trata de que los evangélicos blancos estén abandonando masivamente al Partido Republicano. Ese bloque continúa siendo una de sus principales bases electorales. La novedad es que los demócratas intentan movilizar a otros sectores cristianos y aprovechar el desgaste de Trump entre determinados grupos religiosos, especialmente los católicos.
Uno de los ejemplos más visibles es Adam Hamilton, candidato demócrata al Senado por Kansas y fundador de la Iglesia de la Resurrección, una congregación metodista unida con miles de fieles y varias sedes. Hamilton lleva consigo unos Evangelios gastados que, según explica, lee diariamente. «Mi objetivo, y mi esperanza, es ser un seguidor de Cristo por encima de cualquier otra cosa», ha declarado durante su campaña.
Su candidatura resulta especialmente significativa porque Kansas es uno de los estados tradicionalmente republicanos. Hamilton fue republicano durante años y finalmente decidió presentarse como demócrata, después de recorrer el territorio y escuchar a sus habitantes. Su programa se concentra en asuntos cotidianos: el coste de la sanidad, la educación, las dificultades de las familias, los salarios y el precio del combustible y los fertilizantes, cuestiones especialmente sensibles en una economía rural.
Su lema, «liderar desde el centro», intenta alejarlo de la imagen de un Partido Demócrata identificado exclusivamente con las posiciones culturales de sus sectores más progresistas. La condición de pastor y su pasado republicano le permiten dirigirse a electores que quizá no se identifican con el conjunto de la agenda demócrata, pero sí con sus propuestas sociales.
En Texas, el ascendente James Talarico representa otra vertiente de esta estrategia. El legislador estatal y seminarista presbiteriano ha convertido el mandamiento de amar al prójimo en el eje de su discurso. «No solo a mi prójimo que se parece a mí, no solo a mi prójimo que reza como yo, no solo a mi prójimo que vota como yo», afirmó al celebrar su nominación demócrata al Senado.
Talarico utiliza las Escrituras para defender una visión inclusiva del cristianismo y cuestionar el nacionalismo religioso. Su enfrentamiento con el republicano Ken Paxton promete ser una de las batallas más observadas de Texas. También destaca Frederick Douglass Haynes III, pastor bautista que aspira a un escaño en la Cámara de Representantes y defiende propuestas como un salario digno, cobertura sanitaria universal y cambios profundos en la política migratoria.
Esta tendencia demócrata incluye a figuras clave en Iowa como Sarah Trone Garriott, pastora luterana ordenada y candidata al Congreso de los EE UU por el 3.ᵉʳ distrito, y Lindsay James, pastora presbiteriana y representante estatal, junto con más de una docena de líderes de base religiosa en el actual ciclo electoral. Este fenómeno refleja una estrategia deliberada por parte del Partido Demócrata para reconstruir y afianzar puentes con las comunidades creyentes, un electorado que durante décadas se ha desplazado de forma progresiva hacia el bloque republicano.
El voto evangélico sigue siendo el gran bastión de Trump
La ofensiva demócrata se enfrenta, sin embargo, a una realidad electoral difícil de modificar. Los evangélicos blancos continúan siendo uno de los grupos más fieles al Partido Republicano. Según los datos citados del Public Religion Research Institute (PRRI), representan alrededor del 13% de la población estadounidense, pero su elevada participación electoral hace que su peso en las urnas sea considerablemente mayor. En las últimas elecciones presidenciales, aproximadamente ocho de cada diez respaldaron a Trump.
Durante buena parte del siglo XX, un sector significativo de los protestantes blancos —especialmente en el sur de Estados Unidos— votaba por el Partido Demócrata. Sin embargo, la alineación entre el conservadurismo religioso y el Partido Republicano se aceleró durante las décadas de 1970 y 1980, impulsada por la oposición al aborto, las transformaciones culturales, el auge del feminismo y la defensa de los valores familiares tradicionales. Figuras como Jerry Falwell y Pat Robertson lideraron la organización de este electorado, logrando que la religión transitara de ser una mera referencia moral a consolidarse como una identidad política activa.
Bajo el liderazgo de Donald Trump, esta alianza ha evolucionado hacia expresiones explícitas de nacionalismo cristiano, un movimiento en el que la protección de las fronteras, la soberanía nacional y una concepción excluyente de la identidad estadounidense se defienden como componentes de una misma causa espiritual y política.
Esa alianza ha provocado profundas divisiones dentro de las iglesias evangélicas, donde el respaldo a Donald Trump se ha convertido en un factor de pertenencia y los pastores críticos con el movimiento MAGA sufren presiones o aislamiento. Asimismo, han ganado visibilidad las corrientes que defienden una presencia explícita del cristianismo en las instituciones y las leyes. Por lo tanto, el debate ya no se limita a las posturas sobre el aborto o el matrimonio, sino que alcanza la concepción misma del Estado, la gestión de la inmigración y la relación entre la religión y la identidad nacional.
La relación entre Trump y los dirigentes religiosos conservadores sigue siendo estrecha, como lo demuestran la presencia de asesores espirituales en su entorno, las reuniones con representantes del sector y los actos de oración colectiva. Este arraigo refleja hasta qué punto el mandatario ha incorporado el lenguaje de fe a su estrategia política. En esta línea, el telepredicador Kenneth Copeland —antiguo integrante del consejo asesor evangélico de Trump— ha llegado a presentar el voto republicano como una obligación de conciencia, vinculándolo directamente con la oposición al aborto. Al mismo tiempo, otros predicadores y referentes conservadores defienden que el cristianismo debe ser reconocido explícitamente como el fundamento de la nación y de su ordenamiento jurídico.
El fenómeno ha generado respuestas dentro de las propias iglesias. Los candidatos demócratas religiosos sostienen que las enseñanzas cristianas también pueden justificar políticas de protección social, acogida de inmigrantes y reducción de la desigualdad. No todos comparten las mismas posiciones sobre el aborto o los derechos de las minorías, pero coinciden en rechazar que una determinada corriente política pueda arrogarse la representación exclusiva de la fe.
La confrontación política ha derivado en ataques personales que cuestionan directamente la fe de los adversarios. En la carrera por el Senado de Kansas, el candidato a vicepresidente J. D. Vance ha criticado públicamente las creencias de Adam Hamilton, pastor fundador de la Iglesia de la Resurrección (la mayor congregación metodista unida del país), acusándolo de ser un «falso radical de izquierda» que supuestamente se burla de Jesús.
Un escenario similar se vive en las elecciones al Senado de Texas, donde el fiscal general republicano Ken Paxton ha puesto en duda el arraigo religioso del legislador estatal demócrata James Talarico, graduado en estudios teológicos, tildando sus posturas progresistas como contrarias al «verdadero cristianismo». Asimismo, en el segundo distrito congresional de Iowa, el candidato republicano Joe Mitchell acuñó el acrónimo «PINO» (Pastors in Name Only o «pastores solo de nombre») durante la cumbre Family Leadership Summit, con el objetivo específico de desacreditar la trayectoria religiosa de rivales demócratas como la legisladora y pastora Lindsay James.
Estas disputas revelan que la batalla no consiste únicamente en conseguir votos. También se libra por determinar quién tiene autoridad para definir qué significa ser cristiano en la vida pública estadounidense.
Los católicos se alejan de Trump y abren una oportunidad
El otro dato relevante procede del electorado católico. Una encuesta de Pew Research Center realizada entre el 28 de septiembre y el 4 de octubre a 5.062 adultos estadounidenses, incluidos 3.917 votantes registrados, sitúa a los candidatos demócratas a la Cámara de Representantes por delante de los republicanos entre los católicos: 42% frente a 39%.
La diferencia es estrecha, pero adquiere importancia al compararla con la evolución de la aprobación presidencial. Según ese mismo sondeo, solo el 30% de los católicos aprueba la gestión de Trump, frente a un 67% que la desaprueba. En enero de 2025, su respaldo entre este grupo rondaba el 47%.
La relación con la Iglesia católica tampoco está exenta de tensiones. Las discrepancias sobre inmigración, el trato a los más vulnerables y determinadas posiciones políticas han generado fricciones entre sectores eclesiásticos y la Administración. El Papa León XIV, estadounidense de nacimiento, ha ejercido su derecho al voto por correo en Illinois, según confirmó la Oficina de Prensa de la Santa Sede. Su participación como ciudadano no implica un respaldo a ningún candidato, pero ilustra la dimensión internacional y personal que puede adquirir el debate sobre la responsabilidad cívica de los creyentes.
El electorado católico, además, no constituye un bloque homogéneo. Sus preferencias varían según la edad, la procedencia, la situación económica y las posiciones sobre cuestiones sociales. Por eso, una caída de la aprobación de Trump no se traduce automáticamente en un voto demócrata. Puede convertirse en abstención, voto independiente o apoyo a candidatos republicanos distintos del presidente. Sin embargo, los analistas han advertido reiteradamente de que los votantes suelen priorizar su situación material cuando deben elegir entre un mensaje religioso y una solución económica.
En Kansas, el precio de los fertilizantes, el combustible y la atención sanitaria puede pesar tanto como las referencias bíblicas. En Texas, la inmigración y la seguridad fronteriza conviven con la preocupación por los salarios y los servicios públicos. En Iowa, las cuestiones rurales y familiares pueden determinar el voto más que las disputas doctrinales.
Los demócratas han encontrado una vía para disputar el terreno religioso a los republicanos, pero no han desmantelado la alianza entre el evangelicalismo blanco y el trumpismo. Su desafío consiste en demostrar que pueden hablar a los creyentes sin exigirles que renuncien a su identidad religiosa ni convertir cada diferencia cultural en una batalla partidista. Las midterms medirán hasta dónde llega esa estrategia. @mundiario
