La relación entre la UEFA y la FIFA nunca ha sido sencilla, pero el conflicto abierto esta semana puede marcar un antes y un después en la gobernanza del fútbol mundial. Según informaciones publicadas por diversos medios internacionales y confirmadas posteriormente por un comunicado oficial de la UEFA, las 55 federaciones nacionales europeas acordaron por unanimidad impulsar un boicot a las competiciones de la FIFA si el organismo presidido por Gianni Infantino mantiene su proyecto de abrir parte de la explotación comercial del Mundial a inversores privados.
La decisión supone la respuesta más contundente que haya protagonizado la confederación europea contra la FIFA y sitúa al fútbol ante una fractura institucional sin precedentes. Si ninguna de las partes da marcha atrás, el enfrentamiento podría afectar incluso a la organización y al prestigio del Mundial de 2030, cuya sede principal está prevista en España, Portugal y Marruecos, además de comprometer otros torneos organizados por la FIFA.
La crisis comenzó cuando la FIFA presentó un proyecto para reorganizar su estructura comercial mediante la creación de una nueva filial empresarial que concentraría los derechos comerciales y de organización de sus principales competiciones. Esa sociedad permanecería bajo control mayoritario de la FIFA, pero permitiría la entrada de inversores privados mediante la venta de una participación minoritaria. El objetivo declarado por el organismo es captar recursos para aumentar la financiación destinada al desarrollo del fútbol en las 211 federaciones miembro, con un programa que podría superar los 10.000 millones de dólares en los próximos años.
Según informaciones publicadas inicialmente por el Financial Times y posteriormente confirmadas por Reuters, la nueva estructura podría alcanzar una valoración cercana a los 20.000 millones de dólares y la FIFA trabaja con asesores financieros para atraer capital externo.
La FIFA sostiene que mantendría el control absoluto sobre las reglas, la gobernanza, el calendario internacional y las decisiones deportivas. Desde su punto de vista, la entrada de capital privado afectaría únicamente al área comercial y permitiría incrementar las inversiones destinadas al crecimiento del fútbol mundial. Sin embargo, ese argumento no ha convencido a la UEFA.
“La Copa del Mundo no está en venta”
En un comunicado conjunto, la UEFA y sus 55 asociaciones nacionales afirmaron que rechazan «de forma unánime e inequívoca» cualquier transferencia de intereses sobre la Copa del Mundo y otras competiciones a inversores privados. El texto contiene una de las frases que mejor resume la posición europea: «La Copa del Mundo no puede ser tratada como un producto de inversión. (…) La Copa del Mundo no está en venta».
Más allá del rechazo económico, la UEFA denuncia el procedimiento seguido por la FIFA. Según el organismo europeo, una iniciativa con semejante trascendencia habría sido diseñada sin una consulta significativa con las federaciones nacionales y presentada cuando ya estaba muy próxima a su aprobación.
Para la confederación presidida por Aleksander Čeferin, el problema no consiste únicamente en la llegada de nuevos inversores, sino en el precedente que supondría convertir el principal torneo del fútbol mundial en un activo susceptible de generar rentabilidad financiera para terceros y sus consecuencias económicas.
Detrás de la reacción de la UEFA existe una preocupación que va mucho más allá de una simple operación empresarial. Las federaciones europeas temen que la presencia de fondos de inversión modifique los incentivos que han guiado tradicionalmente la organización del fútbol internacional.
Si un inversor adquiere una participación en una sociedad cuya rentabilidad depende del crecimiento de los ingresos comerciales, podría aumentar la presión para organizar más competiciones, ampliar los formatos existentes o modificar el calendario con el objetivo de incrementar beneficios.
Ese temor no es nuevo. En los últimos años, buena parte de las críticas dirigidas contra la FIFA han estado relacionadas con la expansión del Mundial, la creación del nuevo Mundial de Clubes y el aumento progresivo del calendario internacional. Para la UEFA, abrir la puerta al capital privado consolidaría definitivamente esa tendencia. También organizaciones como European Leagues y FIFPRO Europe han expresado públicamente su preocupación por el posible impacto sobre la gobernanza del fútbol, el calendario internacional y el bienestar de los jugadores.
Un boicot sin precedentes
El fútbol ha conocido otros boicots mundialistas, pero casi siempre estuvieron vinculados a conflictos políticos, cuestiones diplomáticas o desacuerdos sobre el sistema de clasificación.
En 1966, por ejemplo, la Confederación Africana retiró a todas sus selecciones de la fase clasificatoria para protestar por el reparto de plazas mundialistas. Décadas antes, Uruguay renunció a defender su título en 1934 y varias federaciones sudamericanas boicotearon el Mundial de 1938 por el sistema de elección de las sedes.
La diferencia es que aquellos episodios enfrentaban a determinados países con la FIFA por razones políticas o de representación. La situación actual es distinta porque enfrenta directamente a la confederación que concentra el mayor peso deportivo, económico y comercial del fútbol mundial contra el propio organismo rector del deporte.
Si el boicot llegara a materializarse, el impacto sería enorme. La ausencia de las selecciones europeas privaría a la Copa del Mundo de buena parte de las principales potencias futbolísticas, de varios de sus mayores mercados audiovisuales y de una parte esencial de su atractivo deportivo y comercial.
Aunque el debate gira oficialmente alrededor del capital privado, el conflicto refleja una lucha más amplia por el control del fútbol internacional. Desde hace años, la relación entre Gianni Infantino y la UEFA atraviesa una etapa marcada por graves desacuerdos sobre el calendario, las nuevas competiciones, la distribución de ingresos y el modelo de gobernanza.
La propuesta de crear una filial comercial participada por inversores, en la que la familia de Donald Trump figura como principal beneficiaria, ha detonado un enfrentamiento que llevaba tiempo gestándose. La FIFA defiende que necesita nuevas fuentes de financiación para impulsar el desarrollo del fútbol global y asegura que conservará el control institucional de sus competiciones.
La UEFA, por el contrario, considera que existen determinadas líneas que el gobierno del fútbol no debería cruzar y sostiene que la propiedad económica del Mundial no puede desligarse de su naturaleza deportiva. Mientras ambas organizaciones mantienen posiciones prácticamente irreconciliables, el fútbol internacional se enfrenta a una de las mayores crisis de gobernanza de su historia reciente, con consecuencias que podrían extenderse mucho más allá de un simple desacuerdo sobre la financiación de la Copa del Mundo. @mundiario
