Por: Héctor E. Contreras.
Era el mes de septiembre del año 1983, fui enviado, junto al hermano Juan María Sabino, a la Iglesia de San Pedro de Macorís, en ese entonces una capilla en desarrollo, como pastores de la misma. Recuerdo un evento con una hermana que había aceptado al Señor. Después de haber pasado algún tiempo, ella nos confesó que sentía una gran opresión en su propio hogar. Luego de habernos informado su situación, le sugerimos realizar un retiro/ayuno en su hogar. Invitamos a los hermanos a que nos acompañaran para tales fines. Al final del servicio al Señor Dios Todopoderoso, oramos por liberación. Recuerdo que mientras estábamos orando, Dios me reveló lo que debíamos hacer. Hablé con el hno. Sabino e Invitamos a la hermana que nos mostrara su hogar por completo. Luego de iniciar el recorrido interior, lo primero que vimos fue un gran cuadro de la virgen de la Altagracia colgado en el espaldar de su cama. Le ordenamos descolgarlo y así lo hizo. Luego seguimos buscando y hallamos varias medallas de los diferentes llamados santos y vírgenes en diferentes gavetas. Uno por uno, fuimos recogiendo estas diminutas medallas. Después del escrutinio en todo su hogar, pasamos al frente, donde también tenía un gran altar con la estatua de San Miguel y ordenamos derribarlo a mandarriazos, utilizando a los hermanos para tal obra, incluyéndola a ella para que participara de lo que más adelante sería su total liberación, echando sus escombros junto con todos los ídolos encontrados en el interior del hogar, y poniéndolo todo en un gran saco de henequén. Luego pasamos al frente en donde había una gran mata de javilla y pegamos fuego a todo aquello, mientras los ídolos ardía, todos entonamos cánticos de adoración y liberación a nuestro Señor. ¡Gloria a Dios por la obediencia de la hermana! Su obediencia la llevó a una liberación total.
“Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará. Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”, II-Corintios 3:16-17. “Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará”, dice el verso 16.
Esto es, porque cuando Moisés dejaba al pueblo para estar en la presencia del Señor, se quitaba el velo, Éxodo 34:34. Hoy, bajo el nuevo pacto, volverse al Señor es sincerarse con Él y su Espíritu Santo, quien ministra a nuestras vidas y nos conduce a la libertad plena de llegar sin velo ante la presencia de Dios por medio de Cristo Jesús. ¡Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo!
Es por tal razón que Dios nos libera en su totalidad, porque donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad. El velo ya no es necesario, porque éste, al morir Cristo en la cruz del Calvario, fue abierto de arriba hacia abajo por el poder liberador de Dios. En ocasiones, el velo nos tapa la visión y nos impide ver con claridad lo que Dios nos indica o nos quiere mostrar y nos impide percibir con claridad sus propósitos para con nosotros. Es por ello que el apóstol nos sigue diciendo: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen como por el Espíritu del Señor”, II-Corintios 3:18. Mirando como un espejo, se refiere tanto a “reflejar” como a “mirar adentro”. Mientras contemplamos la gloria del Señor, somos continuamente transformados… a la misma imagen de Él por el Espíritu del Señor. Entonces nosotros, con la gloria creciente, reflejamos lo que contemplamos. La invitación es estar decididos a crecer espiritualmente. Tal crecimiento en ocasiones es doloroso, porque somos constreñidos, modelados y educados por el Espíritu Santo. La gente espiritual enfrenta resueltamente cualquier pensamiento carnal que asalte su mente, porque está revestida del poder del Espíritu Santo de Dios. ¡Déjate transformar ahora!
“Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra en la cual entrarás para tomarla, y haya echado de delante de ti a muchas naciones, al heteo, al gergeseo, al amorreo, al cananeo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo, siete naciones mayores y más poderosas que tú”, Deuteronomio 7:1. Esta relación de naciones es algo común, y con algunas variaciones aparece frecuentemente en el AT. A Israel le estaba prohibido hacer tratos de ningún tipo con ellas. Cada uno de estos siete estados era relativamente pequeño, pero tomados en conjunto superaban en población y recursos a Israel, el pueblo escogido de Dios. Con la muerte y el sacrificio de Cristo, tú puedes pasar a ser su hijo, siempre que confieses a Jesucristo como tu Salvador personal.
“Más así habéis de hacer con ellos; sus altares destruiréis, y quebraréis sus estatuas, y destruiréis sus imágenes de asera, y quemaréis sus esculturas en el fuego. Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra. No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado Jehová con mano poderosa, de la mano del Faraón rey de Egipto”, Deuteronomio 7:5-8. “sus altares y estatuas destruirán y quemarán, así como sus imágenes”. Esta fue la misma historia de nuestra amada hermana en la Iglesia de San Pedro de Macorís. Al destruir el altar que tenía al frente de su hogar, recoger cada imagen guardada en gavetas y paredes, depositarlos en un saco y quemarlo todo, llegó una total liberación a la vida y hogar de esta mujer. Son muchos los que creen que al tener una imagen o estatua en su hogar, esta le sirve de protección; ¡craso error! mis amados, en cada cuadro o imagen que tú posees en tu hogar, tienes dentro de tu entorno un altar a Satanás. Es posible que lo que ahora lees no te guste, porque entiendes que tal imagen pertenecía a un familiar lejano y que por tanto debes preservarlo, es todo lo contrario, debes hacer todo lo que has podido leer anteriormente cuando el mismo Dios ordenó a su pueblo deshacerse de todo tipo de imagen; entonces serás verdaderamente libre, porque esta libertad llega por medio del derramamiento de la sangre de Cristo Jesús en la cruz del Calvario.
Jesús, hablando con sus discípulos y otros seguidores, sobre la semilla de Abraham y la semilla del diablo, dijo: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”, Juan 8:36. La pretensión de la gente de ser descendientes de Abraham era algo fútil, porque sus obras evidenciaban la ausencia total de un vínculo moral con él. Si ellos hubieran sido verdaderamente hijos de Dios, habrían reverenciado al Hijo de Dios. En cambio, su reacción en contra de Jesús sólo revelaba el hecho triste de que su padre era el diablo. No es la estirpe étnica o familia la que nos hace aceptables a Dios, sino el honrarlo a través de la fe y el amor a Jesucristo.
La relación con Dios y la salvación del alma, no se puede heredar; es necesario confesar a Jesucristo y vivir conforme a sus propósitos y así alcanzar la plenitud de la liberación del alma y del espíritu interior de cada persona. Es algo personal, inherente a la persona en su totalidad, nunca por medio del padre, de la madre, un hermano, etc., no, es necesario que confesar que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
Hoy y ahora, cuando tú lees estas líneas, Dios te dice que debes despojarte de todo lo que te ata a una total esclavitud; esclavitud, en ocasiones dejadas por tus antepasados, los cuales te impiden a tener una genuina relación con tu Creador, por el simple hecho de estar atado a un pasado sin sentido. Ven a Cristo y recibes la verdadera libertad en Él. ¡Bendición de lo alto!



