Lucas 15:17-20.
Por: Héctor E. Contreras.
Eran los años 1974-75, del siglo pasado, tenía una motoneta de la marca Vespa, la cual me servía para trasladarme de un lugar a otro en mis actividades laborales. Una tarde, mientras regresaba de Boca Chica, había un pequeño desvío en lo que es hoy la avenida San Vicente de Paúl, en el puente que cruza hacia la Base Aérea de San Isidro. Sin darme cuenta, en un abrir y cerrar de ojos la motoneta se deslizó y no sé cómo no sufrí ninguna magulladura en mi cuerpo. Como siempre hacemos cuando caemos, observé hacia todo lado, tomé mi motoneta, la encendí y continué mi camino de regreso al hogar. Pensándolo bien, siempre me pregunté el por qué de mi caída. Ese mismo día guardé mi medio de transporte y al día siguiente exigí me asignaran un carro en la empresa en que trabajaba, Falconbridge. Resbalé, caí al pavimento; pero me levanté y, hasta el día de hoy, estoy de pie, gracias a Dios. Si te caes, levántate en el nombre del Señor y sigue hacia adelante, porque Dios está contigo.
“Entonces David se levantó de la tierra, y se lavó y se ungió, y cambió sus ropas, y entró a la casa de Jehová, y adoró. Después vino a su casa, y pidió, y le pusieron pan, y comió. Y le dijeron sus siervos: ¿Qué es esto que has hecho? Por el niño, viviendo aún, ayunabas y llorabas; y muerto él, te levantas y comiste pan”, II-Samuel 12:20-21. El ejemplo de David debe ser el tuyo hoy. Oró, ayunó, durmió en cilicio, lloró; hizo todo lo que entendía debía hacer para recuperar la salud de su hijo. Al final, todo fue inútil, el niño falleció y ya no había nada que hacer. Sólo levantarse y continuar lo que tenía por delante con su responsabilidad de reinar para su país. Conozco personas que, muchos años después de haber fallecido un familiar, aún hoy siguen llorando, lamentándose y como debe ser, el familiar que murió aún no ha regresado, ni regresará. Deja ese llanto, lamento y pena y vuélvete a Dios.
Lo más importante de este evento familiar en la vida de David, es que él no continúo en su pecado. Se volvió a Dios, y él lo perdonó, abriendo el camino para que comenzara su vida de nuevo.
Hasta el nombre que Dios le dio a Salomón (Jedidías, “Amado de Jehová”), II-Samuel 12:25, era un recordatorio de la gracia de Dios. Cuando regresamos a Dios, aceptamos su perdón y cambiamos nuestra manera de vivir, él nos da un fresco comienzo. Para sentirte perdonado como David, debes reconocer tu pecado, tu debilidad ante Dios, levantarte y volverte a él. Luego sigues hacia adelante en tu vida, con un nuevo y fresco comienzo. ¡No te detengas! Es el tiempo de levantarte y continuar, en el nombre de Jesucristo.
“Claman los justos, y Jehová oye, y los libra de todas sus angustias. Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; Y salva a los contritos de espíritu. Muchas son las aflicciones del justo, Pero de todas ellas le librará Jehová”, Salmo 34:17-19. Aquí, el mismo David que clamaba por su hijo, escribe sobre el clamor de los justos delante de Dios. En aquel entonces, el Señor no escuchó su clamor, sin embargo, la muerte de su bebé no le impidió levantarse del momento de angustia que vivía, por tal razón, en este mismo salmo David escribe: “Este pobre clamó, y le oyó Jehová, Y lo libró de todas sus angustias”, Salmo 34:6. En nuestro vivir, lo más importante es tratar de entender que todos tenemos nuestros momentos de sufrimiento, de dolor, enfermedades. Pérdidas de todo tipo, desde el fallecimiento de un familiar, hasta la pérdida económica. Ahora bien, si conocemos de la misericordia y del amor de Dios, podemos sobreponernos a cualquiera de estas vicisitudes que se nos presentan, creyendo siempre que podemos salir vencedores con Cristo dirigiendo nuestros pasos y decisiones. En Cristo somos más que vencedores, por tanto, a tí te digo: ¡Levántate, en el nombre de Jesús! Y no solamente te levantes, sino que te decidas por marchar siempre hacia adelante, puesto los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe. ¿Amén? Si, amén, en el nombre de Jesús.
“Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”, Lucas 15:16-17. Para muchos se hace difícil volver atrás. El joven de estas palabras, llamado por muchos como el hijo pródigo, se había marchado del hogar de sus padres. En tierras lejanas, donde era uno más, volvió en sí mismo y es él quien proclama estas palabras:
¡Me levantaré! ¿Es fácil? Claro que no, si reconocemos lo que antes habíamos hecho en contra de nosotros mismos y de la familia. El levantarse es el arrepentimiento, es un rechazo del pecado y un reconocimiento de que la ofensa ha sido cometida contra Dios, además, es un cambio en el corazón que se manifiesta en una modificación de la conducta. Por tal razón, la Palabra dice: “Y levantándose, vino a su padre”, verso 20. ¿Cuál fué la actitud del padre al verle aún lejos? Dice que fue movido a misericordia, corriendo, se echó sobre su cuello, y le besó, al final del mismo verso 20. La actitud del padre de este joven, es la misma de Dios cuando reconocemos que hemos fallado delante de su presencia. Por tal razón, y los que leen estos mensajes lo han visto, debo citar a Isaías, cuando dice: “Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti”, Isaías 60:1. Al levantarte, volverte a Dios, a la familia, la gloria de Dios nace en tí, volviendo a ser lo que debes ser: Un hijo de Dios que vuelve a su seno de amor.
Termino con la siguiente declaración: “A lo largo de la vida nos topamos con obstáculos que ponen a prueba nuestra fortaleza. Derrúmbate, desespérate. Pero luego…. levántate y sigue siempre adelante”, Madre Teresa.
Dios está por ti, por tu familia, empresa o negocio. En cuanto a tu vida espiritual, es una decisión que tú mismo debes tomar. Ahora bien, lo más importante es tener el valor que, tanto David como el hijo pródigo; ambos se levantaron y continuaron hacia adelante, fijando sus ojos en Cristo. A Él solamente debes seguir.
Que Dios nos bendiga grandemente y que, en medio del momento o situación que estemos viviendo, podamos levantarnos y continuar. ¡Dios está por nosotros! ¡Bendito y alabado sea su nombre para siempre!



