El fútbol suele castigar a los equipos que confunden conservar una ventaja con renunciar a gestionarla. El Deportivo volvió a comprobarlo ante el Levante en un encuentro que parecía encaminado hacia una victoria y terminó convertido en una oportunidad desaprovechada. No todo lo que ocurrió sobre el terreno de juego puede atribuirse a Antonio Hidalgo, pero sus decisiones desde el banquillo contribuyeron a desordenar un equipo que necesitaba claridad, equilibrio y sentido común para proteger el resultado. Son especialmente interesantes las cinco claves publicadas por Brais Santiago Ferradás en MUNDIARIO, que incluyen las dificultades para controlar el encuentro, el protagonismo de Yeremay, el retroceso tras el gol, el error de Leo Román y la ocasión final de Asp Jensen.
El problema no fue simplemente que los cambios no funcionasen. Eso puede sucederle a cualquier entrenador, incluso cuando las decisiones están bien fundamentadas. Lo verdaderamente discutible fue la lógica de unas sustituciones que alteraron la distribución de los futbolistas, acumularon efectivos en zonas interiores y redujeron la capacidad del Deportivo para mantener una amenaza ofensiva reconocible. Hidalgo quiso intervenir en el desarrollo del partido, pero no consiguió mejorarlo.
Hidalgo acumuló centrocampistas cuando el Deportivo necesitaba equilibrio y profundidad. Angeliño, Traoré, Alti y Asp Jensen no ofrecieron las soluciones que exigía el partido
La responsabilidad del entrenador debe analizarse sin olvidar que los jugadores también toman decisiones, pierden balones, desaprovechan ocasiones y cometen errores. Sin embargo, cuando un equipo dispone de una ventaja y su funcionamiento empeora después de una sucesión de cambios, resulta legítimo examinar si el banquillo interpretó correctamente lo que estaba sucediendo.
Demasiados jugadores por dentro y poca claridad por fuera
Una de las debilidades más visibles del Deportivo en la fase decisiva fue la acumulación de futbolistas en el centro del campo. Tener más jugadores en una determinada zona no garantiza controlarla. En ocasiones sucede exactamente lo contrario: se reducen los espacios disponibles, se dificultan las líneas de pase y desaparecen las referencias que permiten progresar hacia la portería contraria.
El control de un partido no depende únicamente de cuántos centrocampistas intervienen, sino de cómo se distribuyen, qué espacios ocupan y qué alternativas ofrecen cuando el equipo recupera el balón. La posesión pierde utilidad si no permite avanzar, y la acumulación de efectivos puede convertirse en un problema cuando obliga a varios futbolistas a disputar los mismos metros.
Hidalgo pareció buscar seguridad mediante la densidad interior, pero el Deportivo necesitaba también amplitud, profundidad y capacidad para alejar el juego de su propia área. Defender una ventaja no significa necesariamente retrasarse ni multiplicar las precauciones. Muchas veces, la mejor manera de conservar un resultado consiste en obligar al adversario a seguir preocupado por su propia portería.
El Levante encontró un escenario más favorable a medida que el Deportivo perdió continuidad en sus ataques. Y ahí los cambios adquirieron una importancia que no puede despacharse como una simple cuestión de fortuna. De poco sirvió que Bil Nsongo –autor del gol– y Yeremay cuajasen un buen partido ante el Levante.
Angeliño, un regreso sorprendente y fuera de posición
La entrada de Angeliño fue una de las decisiones más difíciles de comprender. Su regreso al terreno de juego ya resultaba sorprendente, pero todavía más lo fue su utilización como extremo izquierdo, una posición distinta de la de lateral en la que ha desarrollado su carrera.
Un lateral ofensivo puede actuar en posiciones adelantadas y aportar centros, recorrido o asociaciones por la banda. No existe una prohibición táctica que impida utilizarlo como extremo. Pero esa alternativa necesita responder a un propósito concreto y a las características del encuentro.
En este caso, la decisión no terminó de ofrecer una explicación convincente. El Deportivo necesitaba futbolistas capaces de dar continuidad a las posesiones y amenazar los espacios exteriores. Situar a Angeliño tan adelantado no aportó la profundidad esperada y contribuyó a la sensación de improvisación que acompañó a los movimientos del banquillo.
El problema no fue Angeliño, sino la función que se le encomendó. Un futbolista puede cumplir perfectamente en su posición natural y resultar mucho menos útil cuando se le exige desempeñar tareas para las que no está especialmente preparado.
Adama Traoré no encontró la trascendencia esperada
La situación de Adama Traoré plantea una cuestión diferente. Su presencia en el once inicial parecía una posibilidad razonable, pero volvió a comenzar desde el banquillo. Cuando entró, mostró algunas de las cualidades que justifican su incorporación al Deportivo: potencia, capacidad para desbordar y voluntad de encarar por la banda.
Sin embargo, sus intervenciones no tuvieron la culminación necesaria. Hubo acciones meritorias, pero faltó precisión en los últimos metros y continuidad para transformar sus arrancadas en oportunidades claras.
Como ya observó el diario As, fue su encuentro menos determinante desde la llegada al equipo, una circunstancia que no debería utilizarse para cuestionar precipitadamente su calidad. Los futbolistas desequilibrantes necesitan recibir el balón en condiciones favorables, disponer de espacios y contar con compañeros que acompañen sus movimientos.
Traoré podía haber sido una solución para mantener ocupado al Levante y evitar que adelantase sus líneas con comodidad. Pero su entrada no consiguió modificar suficientemente la dinámica del partido. Su rendimiento fue discreto y tampoco el contexto colectivo le ayudó a ofrecer su mejor versión.
Alti tampoco mejoró el rendimiento de Ximo Navarro
La sustitución de Ximo Navarro por Alti respondía, en principio, a una necesidad comprensible: refrescar una posición en la que el titular atravesaba un encuentro poco brillante. Dar descanso a un jugador que no está ofreciendo su mejor nivel puede ser una decisión perfectamente razonable. La cuestión es si el sustituto consigue mejorar las prestaciones del equipo. Y Alti no lo hizo.
Su participación estuvo marcada por la falta de precisión, algunas decisiones equivocadas y escasa capacidad para generar peligro. No consiguió aportar la claridad que necesitaba el Deportivo ni ofreció argumentos suficientes para discutir de inmediato la titularidad de Ximo Navarro.
No sería justo responsabilizarlo del resultado, pero tampoco cabe presentar su entrada como una mejora. El cambio de nombres no resolvió los problemas que pretendía corregir y añadió otra intervención de escasa eficacia a la gestión del banquillo.
Asp Jensen tuvo la ocasión que podía cambiarlo todo
El caso de Asp Jensen exige una valoración distinta. El futbolista dispuso de una oportunidad que pudo resultar decisiva después de una asistencia de Villares, pero su remate terminó estrellándose en el larguero. Fue una acción que pudo cambiar el desenlace del encuentro y que recuerda hasta qué punto los partidos se deciden también por detalles individuales. Si el balón hubiera entrado, probablemente la lectura posterior de los cambios habría sido menos severa.
Pero el fútbol no puede analizarse exclusivamente a partir de una ocasión fallada. La responsabilidad de Asp Jensen en esa jugada existe, como sucede con cualquier delantero que desaprovecha una oportunidad clara. Sin embargo, una acción concreta no elimina la necesidad de examinar el funcionamiento colectivo durante los minutos anteriores y posteriores.
El palo forma parte de la explicación del empate, pero no puede convertirse en una coartada para el entrenador. El Deportivo tuvo la posibilidad de resolver el encuentro, aunque también mostró dificultades para administrarlo desde el momento en que comenzaron las modificaciones.
Hidalgo debe aprender a gestionar las ventajas
Antonio Hidalgo merece que su trabajo se valore en conjunto. Un entrenador no puede ser juzgado exclusivamente por un empate ni por cuatro sustituciones, y sus decisiones siempre se toman con información sobre el estado físico y las necesidades de los jugadores que no está completamente disponible para quienes observan el encuentro desde fuera. También es cierto que el desarrollo de un partido puede exigir respuestas inmediatas y que mantener a los mismos once futbolistas no garantiza conservar una ventaja. El inmovilismo tampoco constituye una virtud táctica.
Pero esas consideraciones no impiden señalar que, ante el Levante, la intervención del entrenador resultó poco convincente. El Deportivo necesitaba conservar el equilibrio entre líneas, mantener abiertas las bandas y disponer de recursos para salir de la presión. En cambio, terminó transmitiendo una sensación de acumulación de jugadores en el centro del campo sin que esa superioridad numérica aparente –pareja a la del rival– se tradujese en un mayor control.
La gestión de una ventaja requiere interpretar el momento emocional y táctico del encuentro. Hay ocasiones para reforzar el centro del campo, otras para incorporar velocidad y otras para mantener sobre el césped a los futbolistas que están sosteniendo el funcionamiento colectivo. Lo importante es que cada cambio responda a una necesidad reconocible. Hidalgo no encontró esa respuesta. Y cuando un entrenador introduce modificaciones que no mejoran el equipo, debe asumir la parte de responsabilidad que le corresponde. Lo fácil es echarle la culpa a Leo Román –su error en el gol fue garrafal–, pero Hidalgo debe hacérselo ver.
Un empate que debería servir de advertencia
El Deportivo tiene argumentos futbolísticos para aspirar a objetivos ambiciosos, pero necesita transformar sus buenos momentos en resultados. Para conseguirlo no basta con competir bien durante buena parte de los encuentros. También hay que saber cerrarlos. La diferencia entre un equipo prometedor y otro verdaderamente sólido suele aparecer en los minutos en los que el rival aumenta la presión, el cansancio condiciona las decisiones y el entrenador debe intervenir sin alterar aquello que estaba funcionando.
El empate ante el Levante deja una enseñanza especialmente útil. Las sustituciones no deben convertirse en un ejercicio de reparto de minutos ni en una acumulación de futbolistas sobre el terreno de juego. Deben servir para resolver problemas concretos, preservar las fortalezas del equipo y responder a las necesidades del marcador.
Angeliño fuera de su posición habitual, Traoré sin suficiente incidencia, Alti sin mejorar a Ximo Navarro y Asp Jensen sin culminar la ocasión decisiva componen un balance poco satisfactorio. Cada situación tiene sus matices, pero el resultado conjunto apunta a una dirección: el Deportivo no salió fortalecido de las decisiones adoptadas desde el banquillo.
Hidalgo no es el único responsable del empate, aunque tampoco puede quedar al margen de su explicación. Su tarea consiste ahora en analizar qué buscaba con cada sustitución y por qué el equipo terminó perdiendo claridad cuando más la necesitaba. El Deportivo no dejó escapar la victoria únicamente por un balón que golpeó en el larguero o por los aciertos del Levante. También la perdió en una gestión táctica que confundió la acumulación de centrocampistas con el control del partido. Y esa es una responsabilidad que corresponde, principalmente, al entrenador. Para un equipo con aspiraciones, aprender a ganar cuando ya está ganando constituye una exigencia tan importante como aprender a jugar bien. @mundiario
