La guerra en Oriente Próximo ha entrado en una fase en la que los países de la región intentan evitar que un conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel termine arrastrándolos a una confrontación más amplia. La llegada a Teherán de representantes de Arabia Saudí, Turquía y Pakistán constituye un movimiento diplomático significativo: los tres países han firmado un acuerdo de defensa mutua, pero ahora buscan dialogar con el mismo Gobierno iraní al que consideran una fuente potencial de inestabilidad regional.
La delegación está encabezada por el ministro de Defensa saudí, Jalid bin Salmán; el jefe del Ejército paquistaní, el mariscal Asim Munir, y el responsable de los servicios de inteligencia turcos, Ibrahim Kalin. Por parte iraní participa el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Mohsen Rezaei, una figura identificada con la línea dura del régimen. La composición de la delegación revela que no se trata únicamente de un contacto diplomático exploratorio: intervienen responsables con capacidad de influir en las decisiones militares y de seguridad de sus respectivos países.
Según la información difundida por las autoridades iraníes, las partes han acordado continuar las conversaciones para reforzar la cooperación regional. No se ha anunciado, sin embargo, un alto el fuego definitivo ni un acuerdo concreto para poner fin a las hostilidades. El objetivo inmediato es impedir que los ataques, las represalias y las amenazas militares desencadenen una nueva fase de guerra abierta.
El Pacto de La Meca, firmado en agosto por Arabia Saudí, Turquía y Pakistán, establece un marco de defensa mutua según el cual un ataque armado contra uno de sus integrantes puede considerarse una agresión contra todos. El acuerdo contempla el uso de los medios necesarios para proteger la soberanía, la integridad territorial y las fronteras reconocidas de los países miembros.
La alianza reúne intereses diferentes. Arabia Saudí busca proteger su territorio, sus infraestructuras energéticas y sus rutas de exportación. Pakistán aporta capacidad militar y mantiene canales de comunicación con Teherán y Washington. Turquía, por su parte, combina su peso militar con una política exterior que le permite mantener contactos con actores enfrentados entre sí.
La existencia de este pacto podría hacer pensar que los tres países pretenden aislar a Irán. Sin embargo, la diplomacia saudí ha presentado la visita como una iniciativa para promover la desescalada y el diálogo con todos los Estados de la región. La lógica es pragmática: una alianza defensiva puede servir para disuadir ataques, pero no elimina la necesidad de negociar con el país que tiene influencia sobre algunos de los actores armados implicados.
El acercamiento también plantea una cuestión de mayor alcance: si la seguridad de Oriente Próximo debe continuar dependiendo de la presencia militar estadounidense o si los Estados de la región pueden construir mecanismos propios de prevención de conflictos. Teherán lleva tiempo defendiendo fórmulas regionales de seguridad que incluyan a Irán y reduzcan la dependencia de potencias externas. Para los países del Golfo, aceptar esa propuesta exigiría resolver primero las desconfianzas acumuladas y las consecuencias de los ataques sufridos.
Los hutíes, el principal problema inmediato para Arabia Saudí
Uno de los asuntos centrales de las conversaciones es la escalada de los ataques de los hutíes de Yemen contra territorio saudí. El movimiento, alineado con Irán, ha intensificado sus operaciones con misiles y drones en el contexto de la guerra regional. Entre los objetivos señalados figuran el aeropuerto internacional de Riad y el oleoducto Este-Oeste, una infraestructura estratégica para transportar petróleo hacia el mar Rojo cuando las exportaciones por otras rutas se ven amenazadas.
Los ataques colocan a Arabia Saudí en una posición delicada. El reino no quiere que su territorio se convierta en un frente permanente de la guerra entre Washington, Tel Aviv y Teherán, pero tampoco puede ignorar los daños potenciales a sus infraestructuras críticas, su economía y su imagen de estabilidad.
La importancia del oleoducto Este-Oeste va más allá de la seguridad nacional saudí. Si las interrupciones en las rutas energéticas se prolongan, el impacto puede trasladarse a los mercados internacionales del petróleo, aumentar los costes de transporte y presionar los precios de la energía. El estrecho de Ormuz, por donde transita una parte esencial del comercio mundial de hidrocarburos, constituye otro punto de vulnerabilidad.
La capacidad de Irán para influir sobre los hutíes es, por tanto, una de las claves de la negociación. Teherán niega o matiza en distintos momentos el grado de control directo sobre sus aliados regionales, y no puede darse por hecho que una instrucción iraní bastaría para detener todas sus operaciones. Aun así, los contactos con el Gobierno iraní ofrecen una vía para intentar reducir los ataques y evitar que Arabia Saudí responda con una intervención militar más intensa.
Esta nueva misión diplomática se produce mientras persiste el temor a que se reanuden los ataques directos entre Irán, Estados Unidos e Israel. Aunque los contactos anteriores, bajo la mediación de Pakistán y Qatar, permitieron alcanzar un acuerdo provisional en junio, la tregua terminó deteriorándose y las hostilidades volvieron a intensificarse. Este antecedente explica la evidente cautela de los mediadores, ya que un pacto meramente temporal puede reducir los ataques durante unos días o semanas, pero sin resolver las diferencias fundamentales sobre las sanciones, la seguridad de las rutas marítimas, las capacidades militares iraníes y el papel que juega Estados Unidos en la región.
Washington ha insistido en la necesidad de que Irán permita la reapertura del estrecho de Ormuz antes de abordar determinadas concesiones económicas. Teherán, por su parte, ha condicionado nuevas negociaciones al cumplimiento de sus demandas y ha advertido de que podría responder contra infraestructuras de los países del Golfo si se reanudan los bombardeos estadounidenses e israelíes.
Los mediadores deben, por tanto, encontrar una fórmula que permita a cada parte presentar el resultado como una garantía de seguridad, en lugar de como una capitulación. Un acuerdo limitado sobre ataques a infraestructuras, navegación y canales de comunicación podría ser más viable a corto plazo que una solución global al conflicto.
La agenda de Teherán: Israel, Palestina y Líbano
Irán quiere ampliar la conversación más allá de los ataques hutíes y la seguridad saudí. El portavoz de Exteriores iraní, Esmail Baghaei, ha señalado que la agenda incluye las políticas de Israel, la situación en Palestina y Líbano y las consecuencias de la ofensiva estadounidense-israelí contra Irán.
Esta ampliación refleja la posición de Teherán: el conflicto no puede resolverse abordando únicamente las amenazas contra sus vecinos, sino que debe incluir el conjunto de las operaciones militares y las alianzas que considera hostiles. Para Arabia Saudí, Turquía y Pakistán, aceptar una agenda tan extensa puede resultar útil para mantener a Irán en la mesa, aunque también complica la posibilidad de lograr acuerdos inmediatos.
La presencia de Rezaei añade otra dimensión. Un compromiso respaldado por figuras influyentes en los órganos de seguridad iraníes podría tener más posibilidades de ser aplicado que uno negociado exclusivamente por representantes sin capacidad para influir en los sectores más duros. Pero la composición de la delegación no garantiza por sí sola que todas las instituciones iraníes acepten las concesiones necesarias.
El resultado más realista a corto plazo sería una desescalada parcial: reducir los ataques contra infraestructuras saudíes, establecer canales de comunicación para evitar errores de cálculo y mantener abiertas las negociaciones entre Washington y Teherán. Una arquitectura regional de seguridad más amplia exigiría meses de trabajo y compromisos mucho más difíciles.
Hay obstáculos importantes. Arabia Saudí necesita garantías de que no volverá a ser atacada; Irán reclama que se tengan en cuenta sus preocupaciones de seguridad y el impacto de las sanciones; Estados Unidos exige cambios en el comportamiento iraní, y los hutíes conservan intereses propios dentro de la guerra de Yemen. Israel, además, mantiene una estrategia de presión militar y una agenda de seguridad que no depende exclusivamente de los países que se reúnen en Teherán.
También existe un problema de confianza. Los acuerdos anteriores se han demostrado frágiles y cada nueva ofensiva refuerza a quienes consideran que la disuasión militar ofrece más garantías que la diplomacia. Si los ataques continúan durante las conversaciones, la capacidad de los mediadores para demostrar resultados se verá debilitada. La visita del Pacto de La Meca no supone todavía un avance decisivo hacia la paz, pero sí revela que las potencias regionales consideran demasiado costoso permitir que la guerra se extienda. @mundiario
