Los conspiranoicos que prefieren inventar antes que aceptar que España fue mejor

Hay una parte del ecosistema mediático argentino que ha decidido explicar la derrota ante España mediante cualquier argumento excepto el fútbol. Periodistas, youtubers, tertulianos y personajes de la televisión comenzaron a alimentar una realidad paralela en la que los jugadores habían sido amenazados, el FBI preparaba una operación contra Claudio ‘Chiqui’ Tapia y hasta una arenga de Lionel Messi escondía algún mensaje secreto. No presentaron pruebas porque nunca las necesitaron. Para el conspiranoico, la sospecha siempre vale más que los hechos.

España derrotó a Argentina por 1-0 en la prórroga y conquistó su segunda Copa del Mundo después de ser claramente superior. Tuvo el 65% de la posesión, realizó 20 remates y colocó 11 entre los tres palos. Argentina llegó al final de los 90 minutos sin haber disparado una sola vez a portería. Emiliano Martínez sostuvo a la Albiceleste durante buena parte del encuentro hasta que Ferran Torres marcó el gol definitivo en el minuto 106. Todo eso ocurrió delante de millones de espectadores. Ninguna teoría puede borrarlo.

La conspiración más repetida sostiene que los futbolistas argentinos fueron amenazados antes de disputar la final. Se trata de una acusación de una gravedad enorme que, sin embargo, circuló sin una sola denuncia, un testimonio directo o una investigación oficial que pudiera respaldarla. Ningún jugador habló de amenazas. Ningún integrante del cuerpo técnico afirmó haber recibido presiones. Ninguna institución confirmó absolutamente nada. La historia nació en las redes sociales y allí encontró un público dispuesto a creerla porque resultaba más cómoda que aceptar la superioridad española.

También apareció el FBI. Algunos comunicadores llegaron a sostener que los agentes estadounidenses pretendían detener al presidente de la AFA, Claudio ‘Chiqui’ Tapia, y que esa supuesta operación habría condicionado a la selección argentina. La teoría tiene todos los elementos necesarios para triunfar en internet: servicios secretos, intereses internacionales, amenazas y un enemigo invisible. Solo le falta un pequeño detalle: una prueba. No hubo orden de detención conocida, actuación policial ni información oficial que relacionara al dirigente con una operación vinculada a la final.

Lionel Messi tampoco escapó a la maquinaria de inventar significados. Las imágenes del capitán arengando a sus compañeros en el túnel de vestuarios fueron utilizadas como una supuesta demostración de que algo extraño ocurría. Una conversación habitual antes del partido más importante del torneo pasó a interpretarse como un mensaje cifrado, una advertencia o una reacción a aquellas amenazas imaginarias. Cuando el conspiracionismo alcanza ese nivel, cualquier gesto sirve. Si Messi habla, es una señal. Si guarda silencio, también. Si anima a sus compañeros, está revelando un secreto. La teoría está construida para no poder ser refutada.

La pancarta con el mensaje “Las Malvinas son argentinas” también acabó formando parte del relato conspirativo. Algunos la utilizaron para reforzar la idea de que el denominado mundo anglosajón había maniobrado contra Argentina durante todo el Mundial y que la derrota en la final respondía a intereses políticos mucho más amplios que un simple partido de fútbol. Lo cierto es que aquella pancarta abrió un debate disciplinario parecido al que años atrás protagonizaron Rodri y Álvaro Morata tras cantar “Gibraltar español” durante la celebración de la Eurocopa.

En aquel caso, los dos internacionales españoles fueron sancionados con un partido. En cambio, la pancarta argentina no provocó que ningún futbolista se perdiera un encuentro del Mundial. Son episodios distintos y fueron gestionados por organismos diferentes, pero la comparación sirve para desmontar la idea de que todo el aparato internacional actuó contra Argentina. Si realmente existiera una persecución sistemática, cuesta explicar por qué una manifestación política vinculada a la selección argentina no tuvo una consecuencia deportiva inmediata semejante a la que sí sufrieron Rodri y Morata.

El relato, además, resulta contradictorio hasta dentro de su propia fantasía. Argentina eliminó a Inglaterra en semifinales y después perdió la final contra España, un país que difícilmente puede presentarse como el brazo deportivo del mundo anglosajón. Pero las contradicciones nunca detienen a quien ya ha decidido la conclusión antes de mirar los hechos. Cuando una teoría falla, se añade otra. Cuando aparece un dato incómodo, se ignora. Cuando falta una prueba, se asegura que su ausencia demuestra lo bien oculto que estaba el plan.

Mientras ese sector de las redes y de la televisión argentina hablaba del FBI, de amenazas, de mensajes ocultos o de operaciones internacionales, el resto del mundo analizaba un partido de fútbol. El diagnóstico general fue mucho más sencillo: España dominó, generó más peligro, controló el centro del campo y terminó imponiendo su superioridad en la prórroga. No se necesitaban espías ni mensajes secretos para explicar la final. Bastaba con haberla visto.

 

Ni siquiera los protagonistas argentinos respaldaron ese relato. Lionel Scaloni reconoció que España había sido mejor. Messi felicitó a los campeones y aceptó la derrota con la grandeza que corresponde al mejor futbolista de la historia. Los jugadores no denunciaron ninguna irregularidad. Resulta revelador que quienes estuvieron dentro del vestuario y sobre el césped mostraran más serenidad que muchos de quienes aseguraban defenderlos desde un plató o una cuenta de redes sociales.

Criticar este disparate no significa atacar a Argentina. La Albiceleste completó un gran Mundial, volvió a alcanzar una final y compitió hasta la prórroga contra una selección extraordinaria. Tampoco significa cuestionar a Messi, que volvió a liderar a su país y estuvo a un partido de conquistar otro título histórico. Los que menos respetan a la selección argentina son precisamente quienes presentan a sus jugadores como marionetas incapaces de competir por sí mismos y sometidas a una operación internacional imaginaria.

 

El conspiracionismo deportivo tiene una ventaja: jamás acepta perder. Si el resultado favorece a su equipo, confirma que tenía razón. Si el resultado es contrario, demuestra que existía una trama. Si aparecen pruebas en contra, las pruebas forman parte del engaño. No busca conocer la verdad, sino proteger una conclusión emocional. Por eso es inútil discutir únicamente desde la lógica con quien ha convertido su frustración en una creencia.

España ganó la final porque jugó mejor, atacó más y terminó encontrando el gol que llevaba buscando durante todo el encuentro. Todo lo demás —las amenazas, el FBI, los mensajes ocultos, las Malvinas y el supuesto complot anglosajón— pertenece a una ficción fabricada para evitar una realidad demasiado sencilla. Argentina perdió un partido de fútbol. Messi y Scaloni lo entendieron. Los conspiranoicos, todavía no. @mundiario