LOS FRUTOS DE UN CORAZON AGRADECIDO.

 

Lucas 7:40-50

Por el Pastor:    Héctor E. Contreras.

 hector.contreras26@gmail.com

 

La gratitud es el sentimiento que experimenta una persona al estimar un favor o beneficio que alguien le ha concedido. Al sentir gratitud, el sujeto desea corresponder el mencionado favor de alguna manera. Gratitud o agradecimiento es un sentimiento que suelen experimentar los creyentes hacia Dios. El sentimiento de gratitud está vinculado al agradecimiento, que es la acción y efecto de agradecer. Significa sentir gratitud, por tanto, la persona que se siente agradecida desea agradecer el beneficio recibido. Este agradecimiento puede expresarse de diversas formas. Puede ser una simple nota o palabras como: Muchas gracias por su ayuda, un presente, algo como un libro o hasta una simple llamada telefónica.

 

Yo sanaré su rebelión, los amaré de pura gracia; porque mi ira se apartó de ellos. Yo seré a Israel como rocío; él florecerá como lirio, y extenderá sus raíces como el Líbano. Se extenderán sus ramas, y será su gloria como la del olivo, y perfumará como el Líbano”, Oseas 14:4-6.  Antes, el profeta, por mandato de Dios, escribió: “Llevad con vosotros palabras de súplica, y volved a Jehová, y decidle: Quita toda iniquidad, y acepta el bien, y te ofreceremos la ofrenda de nuestros labios”, Oseas 14:2. En este último verso, lo único que Dios desea de cada persona, son palabras de arrepentimiento, de gratitud, según lo declara el autor de la carta a los hebreos, que dice: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre”, Hebreos 13:15. Como hombres y mujeres de Dios, los creyentes en Jesucristo ofrecen sacrificios de alabanza a Dios y comparten servicios de amor a los demás. El fruto de labios nos recuerda el hecho de que, en la misma forma que Dios prolonga por medio de los frutos la vida de las plantas, así mismo, el Espíritu Santo extraerá nuevas alabanzas de adoración a nuestro Dios. Reforzando un poco las palabras de Oseas, a continuación les dejo lo siguiente: “¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados”, Miqueas 7:18-19. Si analizamos un poco estos dos versículos, encontramos que, el nombre hebreo de Miqueas sirve para construir un juego de palabras: MiquienC, “comoAhYah”weh”, todo esto equivale a: “¿Quién como Jehová?”. El nombre genérico de Dios (El, verso 18), es igual a su nombre personal “Jehová”. No es la grandeza del poder de Dios lo que destaca este texto, sino su inmensa compasión y deseo de perdonar, olvidar el pecado como expresión de su fidelidad al pacto ofrecido a todas las generaciones. 

 

Entonces respondió Jesús, le dijo: “Simón, una cosa tengo que decirte. Y él dijo: Di, Maestro. Un acreedor tenía dos deudores; el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más? Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado”, Lucas 7:40-43. Este diálogo, entre nuestro Señor y su invitado, surge por algo acontecido en aquella reunión. Uno de los invitados, dijo para sí: “este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora”, Lucas 7:39. En todo tipo de grupo, de sociedad, aparecen personas como el señor de la crítica interna, para sí mismo; sin embargo, es bueno notar, que nuestro Señor, que todo lo sabe, que todo lo conoce, que todo lo escudriña, se da cuenta del pensamiento que anidaba aquel importante invitado a aquella cena y entable su diálogo con su anfitrión. ¿Era pecadora la mujer que, a hurtadillas entró a la sala donde se encontraba el que ella sabía podía perdonar todos sus pecados? Claro que sí, también el crítico silente, Simón, el dueño de la casa y todos los demás invitados. Esta mujer, tomando algo preciado para ella, su frasco de alabastro, con un contenido costoso como su contenido, el perfume, para ella eran de gran valor. Ella entendió que era la mejor ofrenda que podía ofrecer al Señor; por ello las palabras de nuestro Señor a Simón sobre los dos deudores. 

 

Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. 

No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama”, Lucas 7:44-47. Lucas compara de nuevo a los fariseos con los pecadores y de nuevo estos toman la delantera. Simón cometió varios errores sociales al pasar por alto lavar los pies de Jesús. (Era una cortesía del anfitrión que extendía a sus invitados, debido al uso de las sandalias los pies se ensuciaban mucho), ungir su cabeza con aceite y ofrecerle el beso de bienvenida. ¿Acaso pensó Simón que era demasiado bueno como para tratar a Jesús como igual? La mujer pecadora, en contraste, derramó lágrimas de arrepentimiento y con el costoso perfume lavó y besó los pies del Maestro, también su Salvador. En esta historia, que podría ser también nuestra historia, la mujer tomada como pecadora y prostituta por el crítico silente, es generosa, y no el avaro religioso que se cree estar por encima de todos los demás; esta recibe y obtiene el perdón de sus pecados de parte del Señor Jesús. Aunque es la gracia de Dios mediante la fe lo que nos salva y no actos de amor o generosidad, los hechos de esta mujer demostraron su verdadera fe, la cual Jesús honró. 

 

Y a ella le dijo: “Tus pecados te son perdonados. Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién este, que también perdona pecados? Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, vé en paz”, Lucas 7:48-50. El amor se desborda como reacción natural al perdón y al efecto apropiado de la fe. Pero solo los que reconocen la profundidad de su pecado, pueden apreciar todo el perdón de Dios que se les ofrece. Jesús rescata a todos los que reconocen y confiesan sus pecados delante de Él. También les ofrece una vida eterna junto a Él. ¿Valoras tú la misericordia de Dios? ¿Hay gratitud en tu corazón por el perdón de tus pecados?. Los fariseos pensaban que solo Dios podía perdonar los pecados del hombre, de manera que se admiraban que este hombre, Jesús el Señor, dijera que los pecados de la mujer eran perdonados; es decir; no veían a Jesús como Dios. Y … .tú, ¿cómo lo ves? Te invito, en el nombre de Jesús, a que abras tu corazón a Él y seas agradecido como la mujer de la historia. Dio su mejor y caro presente para ungir los pies de Jesús. 

 

Cuando Jesús quiso justificar a la mujer ante los ojos de Simón, señaló las obras de ella, porque solamente a través de estas podía Simón ver la prueba de la fe que ella tenía; pero al despedir a la mujer en paz, señaló la fe de ella y no sus obras. Las obras del creyente en Jesucristo, no pueden ser nunca la base para su seguridad espiritual o la salvación; esta de tener como fundamento la obra de Cristo. La Biblia declara lo siguiente: “Quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras”, Tito 2:14. El poder para vivir la vida en Cristo viene del Espíritu Santo. Por el hecho de que Cristo murió y nos rescató del pecado, hemos sido liberados del control del pecado. Él nos da el poder y la comprensión para vivir activamente para Dios.

 

En su mensaje a las mujeres de Jerusalén en el libro del profeta Isaías, resaltan los versos siguientes: “Porque los palacios quedarán desiertos, la multitud de la ciudad cesará; las torres y fortalezas se volverán cuevas para siempre, donde descansen asnos monteses, y ganados hagan majadas; hasta que sobre nosotros sea derramado el Espíritu de lo alto, y el desierto se convierta en campo fértil, y el campo fértil sea estimado por bosque. Y habitará el juicio en el desierto, y en el campo fértil morará la justicia. Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia , reposo y seguridad para siempre”, Isaías 32:14-18

 

Dios actúa desde arriba para cambiar la condición del hombre aquí en la tierra. Solo cuando el Espíritu de Dios está entre nosotros alcanzamos la paz y la prosperidad verdadera. Esto sucederá al final de los tiempos. Nosotros hoy, también podemos tener el Espíritu de Dios en nuestros corazones, en nuestra vida, ya que está al alcance de todos los que confiesen a Cristo como su Salvador. Fue nuestro propio Salvador que dijo lo siguiente: “Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí”, Juan 15:26. El Espíritu Santo de Dios está dispuesto para tí en este tiempo, para que te conviertas en una persona que esté en disposición de entregar lo mejor de tí para el Señor. 

 

El mejor ejemplo es el de la mujer que llevó y roció los pies de su Salvador con sus lágrimas y perfume de gran valor para ella. Fue una mujer transformada y su corazón y  su amor al Señor la motivó a ser lo que hizo; teniendo en cuenta que ella fue hasta allí sin esperar nada a cambio. 

 

Que la gracia de Dios sea derramada en cada corazón, en cada vida en el nombre de Jesús.

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