Los hutíes golpean el palacio presidencial de Yemen y ponen a Arabia Saudí contra las cuerdas

Los hutíes han elevado la tensión en Yemen con un ataque contra el palacio de Al-Maashiq, en Adén, sede del Gobierno yemení reconocido internacionalmente y respaldado por Arabia Saudí. El lanzamiento de misiles y drones dejó cinco muertos y 16 heridos, según el ministro de Sanidad, Qasim Buhaibeh. Entre las víctimas había miembros de la seguridad y trabajadores civiles del complejo.

El primer ministro, Shaya al-Zindani, y los integrantes de su gabinete resultaron ilesos, según el Gobierno. Sin embargo, el ataque constituye un golpe de gran repercusión política y militar: por primera vez en la actual fase del conflicto, los hutíes han alcanzado este recinto, uno de los principales símbolos de la autoridad estatal en el sur del país.

El portavoz militar hutí, Yahya Saree, aseguró que el objetivo era un supuesto centro de operaciones militares saudí instalado en el complejo. La agencia de noticias controlada por los rebeldes sostuvo que allí había oficiales saudíes y depósitos de armas, afirmaciones que no pudieron verificarse de forma independiente. Las autoridades yemeníes, por su parte, confirmaron el uso de misiles y drones, pero no ofrecieron inicialmente un balance detallado de los daños materiales.

La elección del objetivo es significativa. Al-Maashiq no es solo una sede administrativa: representa la supervivencia de las instituciones que se oponen al dominio hutí y el papel de Arabia Saudí en el sostenimiento de ese Gobierno. Golpear el recinto permite a los rebeldes proyectar una imagen de capacidad ofensiva pese a la campaña militar de sus adversarios.

El mensaje también alcanza a Riad. Si los hutíes pueden atacar un centro gubernamental protegido en Adén y, al mismo tiempo, amenazar infraestructuras en territorio saudí, la coalición debe afrontar un problema que no se resuelve únicamente destruyendo lanzaderas o almacenes de armas. La organización conserva capacidad para seleccionar objetivos sensibles, aprovechar la dispersión geográfica del conflicto y convertir cada ofensiva enemiga en una oportunidad para demostrar que sigue operativa.

La guerra de Yemen comenzó en 2014, cuando los hutíes tomaron Saná, la capital, y desplazaron al Gobierno reconocido internacionalmente. Al año siguiente, en 2015, Arabia Saudí encabezó una intervención militar en apoyo de las autoridades yemeníes con el objetivo de revertir los avances rebeldes y contener a una fuerza armada que considera estrechamente vinculada a Irán. Sin embargo, la campaña no logró una victoria decisiva; tras años de bombardeos, combates y una grave crisis humanitaria, el conflicto entró en una etapa de relativa calma gracias a la tregua de 2022. Esta pausa se ha logrado mantener a lo largo de los años, aunque sin resolver las disputas fundamentales sobre el poder, el territorio y el futuro político del país.

La reanudación de los enfrentamientos y la nueva ofensiva de las fuerzas gubernamentales han roto ese equilibrio precario. El Gobierno afirma haber recuperado posiciones cerca del estrecho de Bab el-Mandeb, uno de los corredores marítimos más importantes del planeta. Los hutíes, sin embargo, han respondido con ataques contra objetivos de alto valor político y estratégico.

La superioridad aérea y tecnológica de la coalición no elimina las ventajas de un adversario que opera desde zonas montañosas, dispone de redes locales y utiliza sistemas relativamente baratos para amenazar infraestructuras costosas. Los misiles balísticos, los drones y las embarcaciones rápidas cargadas de explosivos obligan a mantener una vigilancia constante y a distribuir recursos defensivos en un territorio extenso.

El portavoz de la coalición, Turki al-Maliki, afirmó que los rebeldes han adquirido tecnología militar avanzada con ayuda de actores regionales. También aseguró que las fuerzas aliadas habían destruido 127 depósitos de armas y plataformas de lanzamiento en zonas montañosas de Yemen. Estas cifras corresponden al balance difundido por la coalición y no pudieron verificarse de forma independiente.

La asistencia iraní constituye una pieza central de la disputa. Teherán ha proporcionado apoyo político y, según diversas investigaciones y acusaciones occidentales, armas, financiación y entrenamiento a los hutíes; el Gobierno iraní niega armar al movimiento en violación del embargo internacional. Los rebeldes, además, tienen una agenda propia y no pueden reducirse sin más a una fuerza que actúa exclusivamente bajo órdenes de Irán.

Arabia Saudí, el verdadero punto débil de la estrategia hutí

El ataque de Adén coincide con una campaña de los hutíes contra objetivos estratégicos saudíes que está ampliando el conflicto más allá de las fronteras yemeníes. Según el portavoz de la coalición, los rebeldes intentaron atacar decenas de instalaciones saudíes en las últimas semanas. Entre los objetivos mencionados figuran aeropuertos, puertos y centros vinculados a la industria petrolera.

Según aseguraró la coalición, el Aeropuerto Internacional Rey Khalid de Riad sufrió 20 intentos de ataque durante octubre, con un balance atribuido por las autoridades saudíes de 17 muertos y 333 heridos. El organismo informó también de la existencia de víctimas en el aeropuerto de Abha, así como de la interceptación de drones y misiles en distintas regiones del país. Este escenario afecta directamente al reino, que ha invertido enormes recursos en defensa aérea con el fin de consolidarse como un centro internacional de turismo, transporte, negocios y tecnología, ya que su programa de transformación económica —conocido como Visión 2030— depende por completo de atraer capital extranjero y transmitir una imagen de estabilidad.

Los ataques contra aeropuertos, instalaciones petroleras y sedes empresariales afectan directamente a esa estrategia. No es necesario que los hutíes destruyan de forma permanente la infraestructura para generar consecuencias: la amenaza constante puede provocar cancelaciones de vuelos, elevar los costes de seguros, alterar las operaciones logísticas y hacer que inversores y visitantes reconsideren sus planes.

La vulnerabilidad quedó de nuevo expuesta tras los ataques denunciados contra instalaciones de Saudi Aramco, la principal compañía petrolera del reino. La empresa ocupa una posición central en la economía saudí y en los mercados energéticos mundiales. Cualquier interrupción significativa de sus operaciones puede repercutir en la percepción de riesgo regional y en los precios internacionales del petróleo.

Los hutíes parecen haber identificado precisamente ese punto de presión. Según un análisis publicado por Reuters, los ataques podrían buscar que el príncipe heredero Mohamed bin Salmán acepte las demandas hutíes y, al mismo tiempo, presione a Washington para aliviar la presión estadounidense sobre Irán. Esa interpretación se basa en fuentes regionales y no significa que todos los objetivos de los rebeldes estén subordinados a Teherán.

 

Irán, el mar Rojo y una guerra que amenaza con extenderse

La escalada en Yemen se desarrolla en un contexto regional mucho más amplio, marcado por la confrontación entre Irán, Estados Unidos e Israel. En este escenario, la presión militar y económica sobre Teherán ha acrecentado el valor estratégico de sus aliados regionales, especialmente de los hutíes. Este grupo no solo controla amplias zonas del noroeste de Yemen, sino que posee la capacidad de amenazar objetivos y rutas marítimas cruciales fuera de su territorio. Su proximidad al estrecho de Bab el-Mandeb —eje esencial para el tráfico comercial que conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y el océano Índico— los convierte en un actor capaz de desestabilizar una de las principales arterias del comercio internacional; una amenaza que se suma a la ya existente incertidumbre en torno al estrecho de Ormuz, punto de tránsito de una parte sustancial del petróleo mundial.

La combinación de ambos focos de tensión incrementa los riesgos para el transporte de hidrocarburos, los seguros marítimos y las cadenas de suministro. También dificulta los esfuerzos diplomáticos para contener la guerra regional, porque cada ataque contra un aliado de Washington puede generar nuevas represalias y ampliar el número de actores implicados.

El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas condenó los ataques hutíes contra Arabia Saudí y las amenazas a la navegación comercial en el mar Rojo y Bab el-Mandeb. La Organización de Aviación Civil Internacional también expresó su rechazo a los ataques contra aeropuertos e infraestructuras de aviación civil. Estas condenas reflejan que las consecuencias ya no se limitan al enfrentamiento entre los rebeldes y el Gobierno yemení.

Los hutíes, por su parte, presentan sus operaciones como respuesta a los bombardeos saudíes y a las restricciones impuestas a Yemen. El portavoz Mohammed Abdulsalam ha defendido demandas que incluyen aliviar las restricciones sobre puertos y aeropuertos, garantizar el pago de salarios públicos y obtener compensaciones por los daños de la guerra. También reclama el fin de las operaciones saudíes y del respaldo de Riad al Gobierno reconocido internacionalmente.

Estas exigencias combinan necesidades económicas y humanitarias con objetivos políticos que podrían consolidar el dominio hutí sobre buena parte del país. Por ello, una eventual negociación no se limitaría a acordar una tregua: tendría que abordar quién controla las instituciones, cómo se distribuyen los recursos y qué garantías recibirían las distintas partes. @mundiario