La guerra de Oriente Próximo acaba de añadir una nueva pieza a su tablero energético. Los hutíes de Yemen han tomado Moca, uno de los puertos estratégicos de la costa del mar Rojo, y han avanzado hacia el archipiélago de Hanish, reforzando su posición frente a Bab el-Mandeb. La operación adquiere una dimensión mayor porque coincide con una situación extraordinaria en el otro extremo de la península arábiga: el tráfico por el estrecho de Ormuz permanece severamente restringido por la guerra entre Irán y Estados Unidos.
El resultado es lo que empieza a preocupar a los mercados y a los gobiernos occidentales: la posibilidad de que dos corredores fundamentales para el transporte de hidrocarburos queden simultáneamente comprometidos. No significa que Irán o los hutíes controlen por completo ambas rutas, pero sí que la capacidad de amenazar el tráfico energético se ha multiplicado. Reuters señala que Bab el-Mandeb canalizó aproximadamente el 7% de la producción mundial de petróleo en junio y que su interrupción obliga a los buques a buscar rutas mucho más largas alrededor del cabo de Buena Esperanza.
La importancia de la conquista hutí está en su geografía. Moca se encuentra al norte del tramo más estrecho del Bab el-Mandeb y permite proyectar fuerzas hacia el sur por la costa yemení. Los hutíes también han avanzado hacia las islas Hanish, situadas entre Yemen y Eritrea, mientras las fuerzas respaldadas por Arabia Saudí se reagrupan hacia Dhubab y la isla de Perim.
Ese último punto es esencial. Bab el-Mandeb tiene apenas unos 29 kilómetros en su parte más estrecha y la isla de Perim divide sus canales de navegación. Quien consiga controlar las posiciones situadas frente al estrecho tendrá una capacidad mucho mayor para vigilar, amenazar o dificultar el tránsito marítimo. Por eso la caída de Moca debe interpretarse como un paso hacia el control del corredor, no como la clausura inmediata del estrecho.
La diferencia es importante porque evita exagerar el alcance militar de la operación. Los barcos siguen atravesando Bab el-Mandeb. De hecho, los datos de seguimiento marítimo recogidos por Reuters registraron 28 movimientos de buques de mercancías el miércoles, una cifra próxima a la media de los diez días anteriores. El problema es que una cosa es que el tráfico continúe y otra que lo haga con normalidad económica y militar.
El segundo cuello de botella
El estrecho de Ormuz, entre Irán y Omán, es la principal salida marítima del petróleo y gas del Golfo. Antes de la guerra canalizaba aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. Ahora el tránsito se encuentra muy por debajo de sus niveles habituales: el miércoles solo siete buques atravesaron el estrecho, frente a una media de 14 en los diez días anteriores, según datos preliminares de seguimiento marítimo. Además, no pasó ningún metanero de gas natural licuado.
Bab el-Mandeb representa el otro extremo de la cadena. Es la puerta sur del mar Rojo y el acceso marítimo al canal de Suez para los barcos que llegan desde Asia y el océano Índico. Su bloqueo o amenaza sostenida obligaría a muchos buques a rodear África, aumentando días de navegación, consumo de combustible, seguros y costes de transporte.
Por eso la expresión “doble estrangulamiento” describe mejor el riesgo que una supuesta clausura simultánea. Ormuz afecta directamente a la salida del crudo y gas del Golfo; Bab el-Mandeb afecta especialmente a las rutas que conectan esos suministros y las mercancías asiáticas con Europa y el Mediterráneo.
El país más directamente expuesto es Arabia Saudí. Riad ha utilizado durante la crisis sus instalaciones del mar Rojo como alternativa a Ormuz. El puerto de Yanbu, situado en la costa occidental saudí, se ha convertido en una infraestructura especialmente importante porque permite exportar petróleo sin atravesar el estrecho iraní.
Pero esa ventaja pierde valor si la ruta posterior hacia el Mediterráneo queda amenazada por los hutíes. Las cargas de crudo y condensado desde Yanbu habían aumentado a comienzos de septiembre hasta alrededor de 3,7 millones de barriles diarios según datos de Vortexa, después de haber sufrido una fuerte caída durante agosto. El puerto es precisamente uno de los principales mecanismos utilizados por Riad para reducir su dependencia de Ormuz.
La ofensiva hutí introduce, por tanto, una paradoja estratégica: Arabia Saudí dispone de una vía alternativa al Golfo, pero esa alternativa termina desembocando en un corredor marítimo situado frente a Yemen.
Riad tiene capacidad aérea y militar para intentar frenar el avance. Sin embargo, una intervención de gran escala también podría provocar una respuesta mayor de los hutíes contra ciudades, instalaciones petroleras y puertos saudíes. Ese cálculo explica la cautela mostrada hasta ahora por las autoridades saudíes.
Irán gana una herramienta de presión
La cuestión iraní es todavía más delicada. Varias fuentes yemeníes, iraníes y regionales citadas por Reuters aseguran que la ofensiva hutí en la costa del mar Rojo recibió asesoramiento y apoyo de los Guardianes de la Revolución. Irán niega públicamente dirigir al grupo y sostiene que los hutíes no son un simple representante suyo.
Teherán tiene dificultades para mantener abiertas sus propias exportaciones a través de Ormuz mientras combate con Estados Unidos. Los hutíes, en cambio, pueden abrir una segunda zona de presión miles de kilómetros más al oeste. Si consiguen amenazar simultáneamente Bab el-Mandeb, obligan a Washington y a sus aliados a repartir recursos navales y a proteger dos corredores separados.
No hace falta que los hutíes hundan decenas de petroleros para conseguir un efecto económico. El precedente de 2023 y 2024 demostró que el simple aumento del riesgo puede llevar a las grandes navieras a modificar sus rutas. Cuando los barcos evitan Suez y rodean África, el petróleo y las mercancías no desaparecen, pero llegan más tarde y a un coste superior.
El mercado ha empezado a descontar ese riesgo. El Brent llegó a subir más de un 6% este jueves hasta cerrar en 107,63 dólares por barril, mientras el West Texas Intermediate superó los 100 dólares. Reuters atribuye el movimiento al aumento de los ataques contra las rutas energéticas y a la toma de Moca, junto con las restricciones que persisten en Ormuz.
La clave será la duración. Un ataque puntual puede generar una prima de riesgo y posteriormente desaparecer del precio. Una interrupción prolongada de dos corredores marítimos diferentes puede producir un problema mucho mayor porque obliga a utilizar reservas, rutas alternativas y producción adicional mientras aumentan los costes logísticos.
Estados Unidos también afronta aquí un dilema. La protección naval de Bab el-Mandeb requiere recursos que Washington necesita al mismo tiempo en el Golfo. Una escalada contra los hutíes podría ampliar el conflicto con Irán; una respuesta limitada puede no ser suficiente para recuperar la seguridad marítima.
La conquista de Moca cambia la geografía del conflicto porque transforma una amenaza sobre el transporte marítimo en una posibilidad de control territorial de los accesos al corredor. Los hutíes todavía necesitan consolidar posiciones hacia Dhubab y Perim para disponer de una capacidad efectiva de estrangulamiento del Bab el-Mandeb.
Pero el problema estratégico ya existe. Ormuz está restringido y Bab el-Mandeb se encuentra bajo presión. Arabia Saudí intenta mantener abiertas sus rutas alternativas; Estados Unidos debe proteger simultáneamente el Golfo y el mar Rojo; Irán dispone de un aliado capaz de abrir un frente adicional y los mercados incorporan cada día una mayor prima de riesgo. @mundiario
