El fútbol de élite vive obsesionado con descifrarlo absolutamente todo a través de la tecnología. Los cuerpos técnicos pasan horas analizando mapas de calor y pantallas divididas para anticipar cada jugada rival. La propia Fifa acaba de publicar un mamotreto técnico de más de quinientas páginas explicando la fórmula del éxito de la Roja en el último Mundial. Todo el planeta sabe la teoría de memoria, pero nadie encuentra la forma de neutralizarla.
Encadenar 42 partidos oficiales sin perder representa una auténtica proeza en la historia del fútbol internacional. La última derrota del combinado nacional se remonta a aquel lejano traspié frente a Escocia en marzo de 2023. Desde entonces, el palmarés es implacable: Nations League, Eurocopa, Mundial y el billete recién sellado a cuartos de final. Lo verdaderamente aterrador para el resto de selecciones es la impotencia que transmiten sus rivales.
El técnico croata Slaven Bilić lo admitió con desarmante sinceridad tras caer derrotado en Split en los instantes finales: «No creo que tengan ninguna debilidad». Lo más llamativo es que lo dijo un entrenador cuyo equipo logró estar por delante en el marcador durante casi una hora. Ese testimonio resume el salto cualitativo de una España camaleónica que sabe sufrir, encajar golpes y levantarse siempre con más fuerza.
La versión dorada del tiqui-taca de hace década y media te adormecía con una posesión infinita hasta asfixiarte, pero sufría en escenarios de ida y vuelta. La selección de Luis de la Fuente, en cambio, tiene mil registros distintos sobre el terreno de juego. Te golea si corre al espacio en diez segundos, te esconde la pelota con Rodri a los mandos o remonta partidos embarrados cuando el duelo se vuelve impredecible.
El seleccionador riojano resumía esa virtud al medirse a la República Checa de Santi Denia y Pablo Amo, los preparadores que mejor le conocen en el circuito. «Aunque saben cómo jugamos, nuestros futbolistas improvisan mucho», apuntaba con picardía De la Fuente. El cuerpo técnico ha construido una sólida base táctica, pero otorga plena libertad al regate y al talento individual en los metros finales, desarmando cualquier software.
La anarquía creativa y el factor decisivo de Mikel Merino
Si el plan inicial se atasca y los rivales logran contener a Lamine Yamal o Nico Williams, la Roja saca su comodín más desconcertante. Lo que hace Mikel Merino en los minutos agónicos ha dejado de ser una casualidad para convertirse en un recurso estructural. Apareció en Róterdam en el 93′, noqueó a Alemania en la Eurocopa y volvió a tumbar a Croacia con un doblete salvador cuando el reloj quemaba en el 88′.
El centrocampista navarro personifica esa zona límite donde los adversarios intuyen exactamente lo que va a ocurrir, pero son incapaces de evitar el gol. Su capacidad para irrumpir por sorpresa desde la segunda línea descoloca a cualquier zaga por muy cerrada que esté. El jugador del Arsenal aporta ese colmillo competitivo que marca la diferencia en las grandes noches donde el juego colectivo no termina de fluir.
España sigue siendo una caja fuerte sin combinación conocida para todos los entrenadores que intentan derribarla. Ni los informes enciclopédicos de Zúrich ni las horas de vídeo de los 24 seleccionadores que se han estrellado ante la Roja han servido para encontrar una fisura. El equipo compite con una voracidad insaciable, sin acusar el desgaste ni la autocomplacencia tras haber tocado el cielo mundialista.
Luis de la Fuente insiste en que no se conforman con la estrella en el pecho y que esta plantilla aún tiene margen de mejora. Esa ambición permanente explica por qué el grupo mantiene la misma tensión en una final continental que en una visita otoñal de Nations League. La profundidad de armario permite suplir bajas sin resentir el estilo, demostrando la solidez de un bloque que no para de crecer.
Con el billete a la siguiente ronda amarrado y la moral por las nubes, la Roja continúa ampliando un registro legendario de 42 partidos invicta. La madurez competitiva que exhibe este grupo invita a pensar que su ciclo hegemónico está muy lejos de agotarse. Al resto del continente no le queda más remedio que asumir que la dinastía del fútbol español sigue plenamente vigente y con hambre de nuevos títulos. @mundiario
