Luis Enrique lo quiere todo: busca conquistar la tercera Champions consecutiva

Luis Enrique ya no parece conformarse con dominar Francia ni con haber convertido al Paris Saint-Germain en campeón de Europa. El siguiente objetivo es mucho más ambicioso: intentar encadenar tres Champions League consecutivas y convertir una etapa de éxito en una era de hegemonía. Para lograrlo, el PSG ha construido una segunda línea ofensiva de enorme nivel, con Mika Godts, Maghnes Akliouche y Ferran Torres como nuevas piezas de un ataque que tendrá competencia incluso entre sus suplentes. La estrategia revela una idea clara: en el fútbol actual, ganar una vez puede depender del talento; repetirlo exige profundidad, rotación y capacidad para sobrevivir a una temporada interminable.

El movimiento de Godts resume perfectamente el nuevo modelo parisino. El belga, de 21 años, llega procedente del Ajax después de haber mostrado una evolución notable durante las últimas temporadas y de cerrar la última Eredivisie con 17 goles y 13 asistencias. No estuvo en el Mundial con Bélgica, pero su progresión lo ha colocado en el radar de uno de los clubes con mayor capacidad económica del continente. Los 55 millones de euros invertidos en su contratación no representan únicamente una apuesta por el presente: también son una inversión en un futbolista que todavía puede aumentar considerablemente su valor y su influencia.

Godts, además, no llega para ocupar inmediatamente el lugar de una estrella consolidada. La estructura ofensiva de Luis Enrique tiene, en principio, tres nombres llamados a formar la primera línea: Khvicha Kvaratskhelia por la izquierda, Ousmane Dembélé como referencia central y Désiré Doué por la derecha. Lo interesante es lo que ocurre detrás de ellos. El PSG está construyendo una segunda unidad capaz de competir por minutos y de mantener el nivel cuando las lesiones, la fatiga o las rotaciones obliguen a modificar el once. En una temporada con múltiples competiciones, esa diferencia puede resultar decisiva.

La incorporación de Akliouche responde a una lógica parecida. El francés, de 24 años, abandona el Mónaco a cambio de unos 50 millones y suma capacidad asociativa, conducción y creatividad a una plantilla que ya dispone de numerosos recursos ofensivos. No es simplemente otro atacante para completar una convocatoria. Es una pieza que puede obligar a Luis Enrique a replantear partidos desde el banquillo y ofrecer soluciones ante rivales que consigan neutralizar las rutas habituales del PSG. Esa posibilidad tiene un enorme valor en las eliminatorias europeas, donde un detalle puede decidir una temporada completa.

Y el tercer nombre añade todavía más experiencia: Ferran Torres. El español llega procedente del Barcelona por otros 50 millones y aterriza en París con un conocimiento profundo del fútbol de máxima exigencia. Su capacidad para jugar en diferentes posiciones del frente ofensivo encaja con la idea de un entrenador que concede enorme importancia a la movilidad y a la presión. Según L’Équipe, el mercado del PSG refleja una apuesta cada vez más decidida por ampliar la profundidad de su plantilla. El objetivo ya no parece ser acumular nombres, sino disponer de respuestas distintas para cada escenario.

La nueva batalla del PSG no será fichar, sino administrar

La paradoja del proyecto parisino es que Luis Enrique tendrá más recursos después de haber reducido considerablemente el número de piezas de su ataque. Gonçalo Ramos se marchó al Milan por 74 millones de euros, Kolo Muani fue traspasado a la Juventus por 41 y Kang-in Lee tomó rumbo al Atlético de Madrid por unos 40. Son salidas importantes, pero también forman parte de una estrategia que busca evitar una plantilla sobredimensionada y, al mismo tiempo, mantener una elevada capacidad competitiva. El PSG parece estar intentando que cada jugador tenga una función concreta dentro de una estructura cada vez más sofisticada.

El posible traspaso de Bradley Barcola al Liverpool introduce, sin embargo, otra dimensión. Una operación cercana a los 115 millones de euros convertiría su salida en una de las grandes operaciones del mercado y demostraría que el PSG ya no necesita retener a cualquier futbolista a cualquier precio. Puede vender talento consolidado y reinvertir en perfiles que considera más adecuados para el proyecto. Es una diferencia importante respecto a la imagen de un club que durante años parecía construir su plantilla acumulando grandes nombres. Ahora la lógica se parece más a la de una institución que quiere controlar el ciclo completo de su plantilla.

Las cuentas explican parte de esa transformación. Sin contar una eventual venta de Barcola, el balance señalado hasta ahora sitúa al PSG en torno a los 100 millones de euros en ventas frente a unos 164 millones invertidos. La cifra, por sí sola, no garantiza nada, pero revela una capacidad financiera que permite corregir una plantilla sin necesidad de esperar a que un jugador se convierta en indispensable. El dinero deja de ser únicamente una herramienta para comprar estrellas y se convierte en una herramienta de planificación. Esa es probablemente una de las mayores ventajas competitivas del PSG frente a clubes que deben tomar decisiones mucho más condicionadas por sus balances.

Pero ninguna plantilla gana una Champions desde una hoja de cálculo. El verdadero desafío de Luis Enrique será administrar un vestuario en el que varios futbolistas de enorme talento tendrán que aceptar que no pueden jugar todos los minutos importantes. Esa gestión será especialmente delicada en las posiciones ofensivas, donde la competencia puede ser feroz. Un futbolista de 50 o 55 millones no llega a París para observar desde el banquillo durante meses. El entrenador deberá convertir esa competencia en estímulo y evitar que se transforme en frustración. El éxito del proyecto dependerá tanto de sus decisiones tácticas como de su capacidad para gestionar egos.

Ahí aparece la diferencia entre ganar una Champions y construir una dinastía. El PSG ya sabe lo que significa alcanzar la cima continental; ahora pretende permanecer allí. La posibilidad de conquistar tres títulos consecutivos colocaría al club en una conversación histórica reservada para las grandes épocas del fútbol europeo. Para conseguirlo necesitará algo más que su tridente titular: deberá resistir lesiones, sanciones, bajones de forma y calendarios extremos. Godts, Akliouche y Ferran adquieren entonces un valor estratégico enorme porque permiten que el equipo siga siendo competitivo incluso cuando las circunstancias obliguen a modificar su estructura.

La gran apuesta del PSG refleja, además, una transformación cultural del fútbol europeo. Los grandes clubes ya no compiten solamente por tener al mejor once posible; compiten por disponer de dos equipos capaces de sostener un nivel parecido. La ampliación de calendarios y el peso económico de las competiciones europeas han convertido la profundidad en un activo casi tan importante como la calidad de las estrellas. Luis Enrique parece haber entendido esa tendencia. Su desafío será convertir una colección de alternativas extraordinarias en una plantilla cohesionada, donde cada futbolista comprenda que la temporada no se gana en septiembre ni se pierde porque alguien empiece un partido desde el banquillo.

El PSG, por tanto, ha construido algo más ambicioso que un nuevo tridente. Ha diseñado una estructura ofensiva con diferentes edades, perfiles y experiencias para que Luis Enrique pueda modificar el plan sin reducir drásticamente la calidad del equipo. Godts representa la juventud y la proyección; Akliouche, la creatividad asociativa; Ferran, la experiencia y la versatilidad. Por delante estarán Kvaratskhelia, Dembélé y Doué, tres futbolistas que ya representan una amenaza de primer nivel. El resultado es un ataque capaz de cambiar de rostro sin perder capacidad de desequilibrio.

La verdadera pregunta ahora no es si el PSG tiene suficiente talento para ganar otra Champions. Probablemente lo tiene. La cuestión es si puede convertir esa abundancia en una ventaja colectiva durante nueve meses de máxima exigencia. Luis Enrique tendrá que elegir, rotar, convencer y, sobre todo, mantener a todos sus atacantes conectados con un objetivo que está por encima de los minutos individuales. El proyecto parisino ha alcanzado un punto en el que el problema ya no es encontrar futbolistas capaces de ganar partidos. El problema es decidir cuáles deben hacerlo y cuándo.

Si el PSG consigue conquistar una tercera Champions consecutiva, el mercado de este verano será recordado de otra manera. Godts, Akliouche y Ferran dejarían de ser simples fichajes para convertirse en piezas de una estrategia histórica. Pero incluso si la hazaña no llega, la dirección tomada resulta significativa: el club francés está intentando pasar de la acumulación de talento a la construcción de una verdadera estructura de poder deportivo. En esa transición está la mayor ambición de Luis Enrique. Porque dominar Europa una vez confirma que un proyecto funciona; hacerlo repetidamente exige crear una cultura capaz de resistir el éxito. @Mundiario