El principal desafío táctico al que se enfrenta Zinédine Zidane desde su llegada al banquillo de Francia reside en descifrar el jeroglífico de la sala de máquinas. El técnico marsellés busca con insistencia un centrocampista organizador capaz de gobernar el tempo de los encuentros con la pelota en los pies, consolidando así la propuesta asociativa que pretende instaurar durante su ciclo de cuatro años al frente de Les Bleus. La tarea se presenta titánica, sobre todo al considerar que el combinado galo ha arrastrado evidentes dificultades para monopolizar el esférico a lo largo de las últimas temporadas.
En sus tres primeras comparecencias oficiales, el laureado exentrenador del Real Madrid ha evitado repetir dibujo y piezas en el eje del campo. Durante el estreno victorioso contra Turquía, Manu Koné, Adrien Rabiot y Rayan Cherki formaron el primer triángulo medular; más tarde, en la visita a Bruselas frente a Bélgica, Eduardo Camavinga compartió roles con Lucas Da Cunha y Maghnes Akliouche; mientras que en el reciente empate ante Italia en Saint-Denis, la sociedad compuesta por Da Cunha, Cherki y Rabiot dejó destellos de calidad asociativa, aunque sin disipar las dudas ni convencer plenamente a la crítica gala.
La evolución táctica del balompié contemporáneo demuestra que los proyectos más dominantes del planeta estructuran su superioridad a través del gobierno de sus centrocampistas. El Paris Saint-Germain bajo la batuta de Luis Enrique —referencia estilística que el propio Zidane ha señalado como fuente de inspiración directa— cimentó su hegemonía europea gracias a la fluidez del tridente formado por Vitinha, Fabián Ruiz y João Neves. En el plano internacional el patrón se repite: la España de Luis de la Fuente tiranizó Eurocopa y Mundial al compás de Rodri Hernández, una fórmula que replica el FC Barcelona de Hansi Flick para mandar en el torneo doméstico apoyado en la riqueza coral de su medular.
Consciente de que el vivero de mediocentros creativos puros no abunda en el fútbol francés, el estratega ha recurrido a reconversiones audaces para dotar de mayor limpieza al inicio del juego. Futbolistas habituados a desempeñarse en los costados o en tres cuartos de cancha, como los propios Cherki, Da Cunha y Akliouche, han sido retrasados hacia posiciones interiores. El objetivo de este movimiento es claro: dinamizar la circulación del cuero, ofrecer líneas de pase constantes entre la zaga y la vanguardia, y evitar que el equipo quede partido en fases de posesión prolongada.
Estos experimentos sobre la pizarra evocan inevitablemente el intento de revolución que encabezó Laurent Blanc en 2012, cuando retrasó a Yohan Cabaye a la base de la jugada sin alcanzar el rédito esperado. Tras aquel intento fallido emergió la era de Didier Deschamps, quien desterró el afán por el control posicional para edificar un bloque granítico sustentado en el rigor defensivo, el contragolpe fulgurante y el músculo de figuras como Paul Pogba y N’Golo Kanté en Rusia 2018. Ahora, con aquel modelo de pura transición ya desgastado por el cambio generacional, Zidane asume el reto de refundar la identidad francesa desde el pie y la pausa, una misión mayúscula que dependerá por completo de dar con la tecla en el círculo central.
Examen decisivo ante los Diablos Rojos y rotaciones en Saint-Denis
Pese a las dudas iniciales de acoplamiento, Zidane cuenta en su plantilla con un abanico envidiable de recursos para mezclar músculo y pulcritud técnica. Perfiles como los de Camavinga, Koné, Rabiot y el propio Da Cunha ofrecen un híbrido de despliegue físico y buen trato de balón, a la espera de que valores de jerarquía como Aurélien Tchouaméni o Warren Zaïre-Emery terminen de integrarse a la dinámica competitiva del nuevo seleccionador para ampliar el catálogo táctico en la medular.
El compromiso de esta noche en el Stade de France ante Bélgica (20:45) adquiere tintes de auténtica final para los intereses galos. Tras el empate cedido ante Italia, una victoria frente al combinado belga supondría prácticamente sellar la clasificación virtual a los cuartos de final de la Nations League, certamen que se erige como el primer título oficial al que aspira el preparador marsellés en su nueva travesía internacional.
Para esta cita, el cuadro galo presentará un once renovado con Mike Maignan bajo palos, escoltado por una línea defensiva integrada por Jules Koundé, Jacquet, Maxence Lacroix y Andy Diouf. En la sala de máquinas, la gran apuesta de la noche reunirá a Eduardo Camavinga y Manu Koné en el doble pivote, otorgando la manija de la creación a Rayan Cherki. En la vanguardia, la ausencia de una referencia estática devolverá el protagonismo al tridente compuesto por Michael Olise, Ousmane Dembélé y Désiré Doué.
En el bando visitante, el cuadro belga saltará al césped de Saint-Denis lastrado por ausencias de peso capital en su estructura deportiva. Su gran faro ofensivo, Kevin De Bruyne, autor de un doblete decisivo en la jornada precedente ante Turquía, causará baja por acumulación de amonestaciones, sumándose al castigo del central francés Dayot Upamecano, expulsado ante la Azzurra. Los pupilos de Domenico Tedesco formarán con Lammens en portería; Castagne, Ngoy, Mechele y De Cuyper en defensa; Lavia y Raskin conteniendo en la medular; con Lukebakio, Vanaken y Godts abasteciendo en punta a Charles De Ketelaere.
El césped parisino dictará sentencia sobre la validez del laboratorio de Zizou en un choque que pondrá a prueba la madurez del nuevo proyecto francés. Superar el escollo de los Diablos Rojos mediante el dominio del balón no solo validaría el cambio de paradigma futbolístico que persigue el técnico, sino que aportaría la serenidad indispensable para que la pizarra de Zidane empiece a marcar una época dorada al frente de la tricolor. @mundiario
