Por: Héctor E. Contreras.
II-Samuel 11:8-11 y Filipenses 4:6-8.
La integridad es la condición de un individuo de mantener sus valores y convicciones. Es una persona íntegra y fiel, que actúa de acuerdo a las ideas que siempre ha manifestado. Es la apertura que el espíritu humano adquiere de permitir que la herencia del pecado sea expuesta a la luz. Nadie que no esté dispuesto a exponerse ante Dios puede ser íntegro.
“Ruego a Evodia y a Síntique, que sean de un mismo sentir en el Señor…Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, en acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad”, Filipenses 4:2,6-8. El verso 2, su primera palabra es “Ruego”, ruego es más que una petición, sugiere una especial intensidad en la oración que se extiende, no para ganar méritos por el exceso de palabras, sino trasladar todo el peso de lo que está en nuestras almas a las manos de Dios. La oración y la paz están íntimamente vinculadas. El que confía en los cuidados de Cristo en lugar de atormentarse con sus problemas, experimentará que la paz de Dios le libra del agobio de la ansiedad. El carácter y la conducta comienzan en la mente. Nuestros actos van afectados por aquellas cosas a las que damos cabida en nuestros pensamientos. Pablo recomienda a sus lectores que se concentren en aquello que traerá consigo una vida digna y la paz de Dios.
Cuando el versículo 8 nos habla “de buen nombre”, nace del griego “euphemos”, que es igual a “eufemismo” y “eufemístico”. Es una combinación de eu, “bien” y pheme, “un decir”. Es un discurso gracioso, propicio, digno de alabanza y agradable al oído. Incluye evitar palabras de mal agüero. Su contraparte en el AT es Proverbios 16:24, que dice: “Panal de miel son los dichos suaves; suavidad al alma y medicina para los huesos”.
Cuando tú eres capaz de mantener tu buen nombre, serás una persona íntegra, tanto para ti como para Dios. En un programa televisivo del domingo 8, pude escuchar el testimonio de un hijo frente a su padre, que la panelista del programa le preguntó cuál era la cualidad que más recordaba de su padre y contestó que lo que él es, simplemente es por el ejemplo que ha sido su padre para él. Para este hijo, su padre lo es todo, porque le ha mostrado ser lo que debe ser como padre delante de un hijo. La integridad se inicia desde el seno del hogar, de la familia y cuando llegas al conocimiento de Dios. Ésta se convierte en el centro de tu vida, porque te conviertes en una persona que actúas conforme a los propósitos de Dios para tu vida y nunca pensando en lo que en verdad eres como persona.
“Después dijo David a Urías: Desciende a tu casa, y lava tus pies. Y saliendo Urías de la casa del rey, le fue enviado presente de la mesa real. Mas Urías durmió a la puerta de la casa del rey con todos los siervos de su señor, y no descendió a su casa. E hicieron saber esto a David, diciendo: Urías no ha descendido a su casa. Y dijo David a Urías: ¿No has venido de camino? ¿Por qué, pues, no descendiste a tu casa? Y Urías respondió a David: El arca e Israel y Judá están bajo tiendas, y mi señor Joab, y los siervos de mi señor, en el campo; ¿y había yo de entrar en mi casa para comer, beber, y dormir con mi mujer? Por vida tuya, y por vida de tu alma, que yo no haré tal cosa”, II-Samuel 11:8-11. La estricta devoción e integridad de Urías al deber, arruinó el plan de David. El rey había recompensado a Urías ordenando su muerte. La muerte llegó a su vida por su integridad, primero al arca de Dios, a Israel y a Judá; inclusive mantuvo su integridad al rey David, cuando dijo las palabras: “Por vida tuya, y por vida de tu alma, que yo no haré tal cosa”, final del verso 11.
Una vez más, nadie presentó una queja: lo que el rey quería, el rey lo obtenía, sin preguntas molestas. El asesinato de Urías implicó también la muerte de otros hombres buenos, pero David, por la ceguera que obstruía ver su pecado, no dio señales de lamentarlo. Estaba en su peor momento: frío como el hierro, arrogante en su poder y soberbia.
“Entonces se encendió el furor de David en gran manera contra aquel hombre, y dijo a Natán: Vive Jehová, que el que tal hizo es digno de muerte. Y debe pagar la cordera con cuatro tantos, porque hizo tal cosa, y no tuvo misericordia. Entonces dijo Natán a David: Tú eres aquel hombre”, II-Samuel 12:5-7. Había transcurrido un año, para ese entonces David estaba tan insensible a sus propios pecados que no se dio cuenta que él era el villano en la historia de Natán. Las cualidades que condenamos a otros son a menudo nuestros propios defectos de carácter. ¿Qué amigos, socios o miembros de tu familia te es difícil aceptar y fáciles de criticar? En vez de tratar de cambiarlos, pídele a Dios que te ayude a entender tus propios sentimientos y a ver tus propios defectos con mayor claridad. Tú puedes descubrir que al condenar a los demás, te has condenado a ti mismo.
“Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis”, Gálatas 5:16-17. El ser guiados por el Espíritu Santo involucra el deseo de escuchar, predisposición para obedecer y la sensibilidad para discernir entre nuestros sentimientos y la guianza del Espíritu, así como tu diligencia para actuar. Es caminar conforme a los propósitos de Dios para tu vida. Es convertirte en una vida de obediencia a Dios, no a los deseos internos que puedas vivir.
Te invito a que te decidas a mantener tu integridad delante de Dios, de ti mismo y de los demás. No hay mejor ejemplo que el de Urías. Fue fiel a Dios, cuando mencionó el Arca de Israel, a Judá, que estaban en medio de una batalla, a Joab, su comandante y por último al mismo rey, David. Ojalá que todos los que hoy leen estas líneas sean capaces de entender la magnitud de lo que es la verdadera integridad.
Que el Espíritu de Dios, que es la persona del Espíritu Santo, llene cada corazón, cada vida de su gracia. Es mi deseo ardiente en Cristo Jesús. ¡Bendiciones! Amados del Señor.




