Messi se retira siendo el mejor de Argentina. Y no hace falta entrar en la eterna discusión sobre Maradona, comparar épocas o intentar convencer a quien no quiera ser convencido. Hay algo mucho más sencillo detrás de esa frase: nadie jugó más partidos con Argentina que Messi, nadie marcó más goles que Messi, nadie dio más asistencias que Messi y nadie ganó más grandes títulos con la absoluta que Messi. Se va estando arriba de prácticamente todo lo que alguna vez se pudo medir con la camiseta albiceleste.
Pero sería bastante triste despedir a Leo con una calculadora en la mano. Los números están ahí porque tienen que estar, porque ayudan a entender la dimensión de lo conseguido, pero cuentan muy poco de lo verdaderamente importante. Messi no necesitaba 125 goles para demostrar cuánto quería a Argentina ni Argentina necesitaba contar sus asistencias para darse cuenta de cuánto le debía a Messi.
Quizá por eso esta historia sea todavía más bonita. Porque no siempre fue una historia de amor. Durante demasiados años se discutió a Messi precisamente en el lugar en el que más quería ser querido. Se dijo que no sentía la camiseta, que no cantaba el himno, que en Barcelona era uno y con Argentina era otro o incluso que era un «pechofrío». Le pidieron que fuese Maradona cuando él solamente podía ser Messi. Y seguramente pocas cosas le hicieron más daño que sentirse cuestionado por aquellos a los que llevaba toda una vida intentando hacer felices.
Porque para Messi Argentina nunca fue una selección más. Ni siquiera fue simplemente su país. Fue posiblemente la gran obsesión de su carrera deportiva. Ganó absolutamente todo con el Barcelona, levantó Balones de Oro, Champions, ligas y convirtió lo extraordinario en rutina, pero siempre quedó esa mirada hacia la camiseta celeste y blanca. Podía tener el mundo a sus pies y seguir sintiendo que le faltaba algo porque Argentina todavía no estaba allí.
Perdió finales. Lloró derrotas. Escuchó críticas que hoy parecen difíciles de comprender y llegó incluso a marcharse porque pensó que quizá ya no podía darle más a su país. Pero volvió. Siempre volvió. Y eso probablemente explique mejor su relación con Argentina que cualquier gol. Messi pudo cansarse, frustrarse, romperse y pensar que hasta ahí había llegado, pero nunca consiguió dejar de querer esa camiseta.
Después llegaron las noches que parecían destinadas a no llegar nunca. La Copa América de 2021, la Finalissima, el Mundial de Qatar y otra Copa América en 2024. De repente, aquel futbolista al que durante años se le había reprochado no ganar con Argentina comenzó a ganarlo prácticamente todo. Pero los títulos no hicieron a Messi más argentino. Simplemente consiguieron que Argentina terminase entendiendo lo argentino que Messi había sido siempre.
Y entonces llegó Qatar. Quizá el momento en el que desapareció para siempre cualquier deuda absurda que alguien hubiese querido inventar entre Messi, su país o sobre quien fu el mejor. Argentina volvió a ser campeona del mundo 36 años después y Leo pudo levantar aquella Copa que había perseguido durante toda su vida. No porque necesitase un Mundial para ser uno de los mejores de siempre, sino porque seguramente necesitaba ese Mundial para cerrar una herida que llevaba demasiado tiempo abierta.
Por eso importan tanto los récords ahora que se marcha. No porque 125 goles sean mejores que 124 ni porque una asistencia más pueda explicar una carrera. Importan porque detrás de cada número hubo más de dos décadas intentando devolverle algo al país que siempre sintió suyo. Partido tras partido, derrota tras derrota y título tras título, Messi terminó construyendo con Argentina una historia que probablemente ni él mismo imaginó cuando se puso por primera vez esa camiseta.
En su carta de despedida escribió: «Gracias Dios por hacerme argentino». Quizá no haga falta buscar demasiado más para entenderlo. Después de tantos años escuchando qué debía hacer Messi por Argentina, al final fue él quien se marchó dando las gracias por haber tenido la suerte de ser argentino. Como si la deuda hubiese sido suya y no al contrario.
Messi se retira de la selección siendo el que más jugó, el que más marcó, el que más hizo marcar y uno de los que más ganó. Pero se marcha, sobre todo, habiendo conseguido algo que durante años pareció mucho más difícil que levantar una Copa del Mundo: que Argentina terminase queriéndolo tanto como él siempre quiso a Argentina. Y quizá ese sea, entre todos sus récords, el único que nunca podrá escribirse con un número. @mundiario
