La guerra en Gaza ha entrado en una nueva fase marcada menos por los grandes anuncios diplomáticos y más por los hechos consumados sobre el terreno. La decisión del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, de ordenar al ejército ampliar su control hasta el 70% de la Franja supone un movimiento que altera los parámetros establecidos por el acuerdo de alto el fuego vigente desde octubre y redefine, en la práctica, el mapa político y militar del enclave palestino.
El anuncio no llegó en un contexto de crisis inmediata ni durante una comparecencia institucional. Netanyahu lo hizo en un acto público celebrado en un asentamiento israelí en Cisjordania ocupada, utilizando un tono distendido pese al enorme peso estratégico de sus palabras. “Controlamos más o menos el 60% de la Franja [de Gaza]. Estábamos en el 50%, ahora hemos avanzado al 60%, y he dado orden de llegar al…”, dijo, dejando espacio a la reacción del público. “¡El 100!”, respondieron algunos asistentes. “Vamos en orden. Primero el 70%, empezamos con eso”.
La declaración revela algo más profundo que un simple reajuste militar. Indica que Israel está modificando gradualmente los límites territoriales establecidos por la tregua y utilizando el prolongado estancamiento político para consolidar posiciones permanentes.
Cuando entró en vigor el acuerdo respaldado internacionalmente, las tropas israelíes quedaron desplegadas en torno a una línea de demarcación que les otorgaba control aproximado sobre el 52%-53% del territorio. Desde entonces, ese perímetro se ha expandido mediante movimientos progresivos sobre el terreno.
El mecanismo ha sido incremental. Primero se desplazaron las barreras físicas que delimitaban la llamada Línea Amarilla. Después aparecieron nuevas zonas restringidas y áreas de exclusión que ampliaron de facto el territorio bajo supervisión militar israelí. El resultado es una ampliación territorial sin una ruptura formal del alto el fuego, pero que altera sustancialmente sus condiciones iniciales.
La expansión tiene consecuencias directas sobre la población civil. Más de dos millones de palestinos permanecen concentrados en la franja occidental y meridional del enclave, un territorio cada vez más reducido y deteriorado. Si el control israelí alcanza el 70%, la población gazatí quedaría comprimida en menos de un tercio de un territorio que ya sufría niveles extremos de hacinamiento antes de la guerra.
La cuestión demográfica aparece además vinculada a otro elemento cada vez más visible en el discurso oficial israelí: la idea de incentivar salidas masivas de población. El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, ha defendido anteriormente fórmulas de “migración voluntaria”, mientras organizaciones humanitarias y observadores internacionales sostienen que las condiciones materiales creadas en Gaza convierten ese concepto en objeto de fuerte controversia jurídica y política.
La expansión territorial también reabre el debate sobre la naturaleza misma del alto el fuego. Formalmente, la tregua continúa vigente. Sin embargo, sobre el terreno persisten bombardeos casi diarios, operaciones selectivas y enfrentamientos localizados. Las cifras reflejan esa contradicción: cientos de personas han muerto desde la entrada en vigor del acuerdo, mientras continúan las operaciones militares israelíes y Hamás mantiene el control administrativo y de seguridad en la parte restante del enclave.
El contexto político israelí ayuda a explicar parte de esta dinámica. Netanyahu afronta presión interna, críticas sobre la evolución de la guerra y un escenario electoral complejo. Reforzar la narrativa de control territorial y presión militar sobre Hamás tiene implicaciones domésticas relevantes, especialmente en un entorno donde las cuestiones de seguridad dominan el debate político.
Al mismo tiempo, Hamás mantiene su negativa a desarmarse sin garantías políticas más amplias, entre ellas compromisos sobre un futuro Estado palestino y mecanismos internacionales que obliguen a Israel a cumplir etapas posteriores del acuerdo. Ese desacuerdo ha congelado la implementación de la segunda fase de la tregua y ha convertido el control territorial en un instrumento central de negociación.
La dimensión regional tampoco puede separarse de esta decisión. La guerra con Irán, el frente libanés con Hezbollah y la creciente militarización regional han reducido la atención internacional sobre la evolución interna de Gaza. Ese entorno ha permitido movimientos graduales sobre el terreno que, en otro contexto diplomático, probablemente habrían generado respuestas más contundentes. @mundiario
