La política de Oriente Próximo lleva años acostumbrada a las negociaciones discretas, los canales paralelos y los acercamientos que rara vez se anuncian antes de tiempo. Sin embargo, la controversia abierta entre el Gobierno de Benjamín Netanyahu y Emiratos Árabes Unidos por una supuesta visita “secreta” del dirigente israelí a Abu Dabi ha elevado esa lógica diplomática a un nuevo nivel de tensión pública. Lo llamativo no ha sido únicamente la revelación de la oficina del mandatario israelí, sino la rapidez y contundencia con la que las autoridades emiratíes desmintieron el encuentro.
El episodio se produce en uno de los momentos más delicados para la región desde el inicio de la ofensiva militar conjunta de Israel y EE UU contra Irán a finales de febrero. Desde entonces, el tablero geopolítico de la región se ha reconfigurado bajo una lógica de guerra indirecta, ataques cruzados y alianzas cada vez más sensibles ante la presión regional.
La versión israelí sostiene que Netanyahu mantuvo un encuentro con el presidente emiratí, el jeque Mohamed bin Zayed, en el marco de la llamada Operación Rugido del León. Según la oficina del primer ministro, aquella reunión habría supuesto “un avance histórico” en las relaciones entre ambos países. Pero Abu Dabi reaccionó con un mensaje completamente distinto, negó que el viaje hubiera ocurrido y subrayó que sus relaciones con Israel “no se basan en el secretismo”.
La discrepancia no parece un simple malentendido diplomático. Más bien refleja las contradicciones internas que atraviesan la relación entre Israel y varios países árabes desde la firma de los Acuerdos de Abraham en 2020. Aquellos pactos, auspiciados por Donald Trump durante su primer mandato, inauguraron una nueva etapa regional basada en la normalización diplomática y la cooperación estratégica entre Israel y varias petromonarquías del Golfo Pérsico. Pero la guerra en Gaza primero y el conflicto abierto con Irán después han aumentado enormemente el coste político de exhibir cercanía con el Gobierno israelí.
Abu Dabi rechaza cualquier reunión con Israel
Ahí reside probablemente la clave del choque narrativo entre Jerusalén y Abu Dabi. Israel busca proyectar la imagen de que, pese al conflicto regional, mantiene e incluso fortalece sus vínculos con socios árabes relevantes. Emiratos, por el contrario, necesita equilibrar esa cooperación estratégica con una opinión pública árabe profundamente crítica con las operaciones militares israelíes y especialmente sensible ante cualquier señal de alineamiento abierto con Netanyahu.
El contexto explica la enorme incomodidad emiratí. Desde el estallido de la guerra con Irán, Emiratos Árabes Unidos se ha convertido en uno de los países más expuestos a la escalada regional. Según datos de su Ministerio de Defensa, el país ha interceptado cientos de misiles y drones lanzados desde territorio iraní o por milicias aliadas de Teherán. Infraestructuras energéticas, aeropuertos y zonas civiles han pasado a formar parte del radio de amenaza.
En paralelo, la cooperación militar con Israel se habría intensificado significativamente. La confirmación por parte del embajador estadounidense en Israel, Mike Huckabee, del despliegue de sistemas de defensa antiaérea israelíes en Emiratos supone un hito histórico: sería la primera vez que la conocida Cúpula de Hierro protege de manera directa a un país árabe. Ese dato revela hasta qué punto las relaciones bilaterales han evolucionado desde la firma de los Acuerdos de Abraham.
Sin embargo, precisamente por esa sensibilidad, Emiratos parece decidido a evitar cualquier percepción de subordinación estratégica a Israel. La negativa pública a reconocer la visita de Netanyahu puede interpretarse como un intento de contener el desgaste político interno y regional derivado de una cooperación demasiado visible con el Ejecutivo israelí.
Irán avisa de que sería “imperdonable”
La reacción iraní añade todavía más presión. El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, advirtió públicamente de que cualquier “colaboración con Israel” sería “imperdonable”. Aunque no mencionó directamente a Emiratos, el mensaje estaba claramente dirigido a los países árabes que han estrechado lazos con Tel Aviv en los últimos años.
La situación evidencia además la compleja posición diplomática de Netanyahu. El primer ministro israelí intenta aprovechar el contexto bélico para consolidar la imagen de Israel como actor imprescindible en la seguridad regional frente a Irán. Pero al mismo tiempo necesita evitar que sus aliados árabes queden demasiado expuestos ante sus propias sociedades.
No es casual que la supuesta visita se haya presentado como “secreta”. Incluso si hubiera existido, reconocerla oficialmente podría haber generado un fuerte coste político para Emiratos en medio de una guerra regional abierta y de un clima social árabe extremadamente volátil. @mundiario
