Pedri y Zubimendi son las principales víctimas de la tiranía de Rodri y Fabián

España vivió una jornada memorable este sábado en Wembley. La victoria por 2-3 sobre Inglaterra deja claro que el combinado dirigido por Luis de la Fuente es, sin discusión, el mejor del planeta, cimentado especialmente en la jerarquía y el despliegue de sus centrocampistas: Rodrigo Hernández, Dani Olmo y Fabián Ruiz. La exhibición en la catedral del fútbol británico confirmó la madurez de un bloque que no solo domina desde la posesión, sino que tritura a sus rivales con una agresividad e intensidad competitiva fuera del alcance del resto.

Fabián Ruiz, considerado por muchos un serio aspirante al Balón de Oro tras sus éxitos incontestables con el PSG y la selección, se ha consolidado como un intocable en los planes del técnico riojano. Junto a Rodri, el andaluz ha conformado una sociedad implacable en la medular: una dupla excelsa para generar juego, distribuir con criterio milimétrico, ocupar parcelas gigantescas y asfixiar al adversario en la presión tras pérdida. Su zancada y llegada al área rival dotan al conjunto de una amenaza constante que complementa a la perfección la clarividencia de Dani Olmo entre líneas.

De la Fuente comprendió en pleno Mundial, tras el cruce ante Portugal en octavos de final, que la fórmula funcionaba a la perfección y que la figura de Pedri González resultaba prescindible para su propuesta. No se trata de que el canario carezca de calidad o no sea válido para España; el matiz reside en que su perfil pausado y asociativo no termina de encajar en el ritmo vertiginoso que hoy exige la Roja. Mientras Pedri busca ralentizar y congelar la jugada para hallar el pase filtrado, esta versión del combinado nacional vuela hacia el marco rival a una velocidad de vértigo.

El sacrificio del talento del futbolista del Barça responde a una estricta decisión estilística que prioriza la pegada, el oficio, el rigor físico y la transición rápida sobre el monopolio estéril de la pelota. La irrupción de extremos punzantes, confianza ciega en Lamine Yamal y echar mano nuevamente en la figura de Nico Williams desde el minuto uno,  y la necesidad de sostener un ida y vuelta constante demandan volantes con mayor recorrido físico y potencia en el duelo individual. En ese ecosistema electrizante, la mezcla de músculo, zancada y gol que aportan futbolistas como Fabián o Merino ofrece una red de seguridad mucho más sólida que el juego posicional de antaño.

Wembley no fue una excepción, sino la ratificación incontestable de una era dorada con sello propio. España ya no necesita someter mediante eternas posesiones de digestión lenta para asaltar los templos más exigentes del continente. El libreto de De la Fuente ha encontrado su punto de cocción ideal a base de dinamismo, contundencia y una sala de máquinas blindada que hoy marca el estándar de excelencia en el fútbol de selecciones.

¿Qué pasa con Zubimendi?

Si el caso de Pedri llama la atención por su salida silenciosa del once titular, no menos llamativa resulta la situación de Martín Zubimendi. El centrocampista donostiarra atraviesa un momento desconcertante en su trayectoria, atrapado en una encrucijada inesperada tanto a nivel de clubes como internacional. De perfilarse como una pieza angular e indiscutible en los esquemas de Mikel Arteta con los Gunners, además de erigirse en el relevo natural e incuestionable de Rodrigo Hernández en la selección española, ha pasado a convertirse en un actor secundario, prácticamente invisible en las grandes citas del calendario.

La exhibición de Wembley volvió a dejar un testimonio elocuente de este ostracismo: frente a Inglaterra no disputó un solo minuto de juego, una postal que empieza a transformarse en una peligrosa rutina cada vez que se enfunda la elástica de la Roja. Al revisar con detenimiento su historial reciente con el combinado nacional, los números resultan reveladores. Salvo en la gran final de la Copa del Mundo, donde saltó al césped para disputar 20 minutos de pura resistencia, en los siete encuentros anteriores apenas pudo oler el terreno de juego desde el banquillo de suplentes, confirmando una pérdida progresiva de peso competitivo.

El principal obstáculo para el mediocentro vasco reside en la tiranía incuestionable que han instaurado Rodri y Fabián Ruiz en la sala de máquinas de Luis de la Fuente. La compenetración, el despliegue físico y la jerarquía que exhibe la dupla titular no dejan resquicio alguno para experimentos ni alternativas en las citas de máxima exigencia. Mientras el madrileño sostiene el andamiaje defensivo y el andaluz rompe líneas con zancada y pegada, Zubimendi queda encajonado en un rol residual, sin margen para imponer ese ritmo pausado y quirúrgico que tanto deslumbró en su etapa en San Sebastián.

Este enfriamiento en el combinado nacional coincide, para colmo, con un bache pronunciado en el Emirates Stadium. La pérdida de protagonismo bajo las órdenes de Arteta ha minado su ritmo competitivo en el fútbol de clubes, un factor determinante para un seleccionador que premia por encima de todo el estado de gracia inmediato y la continuidad semanal. Sin el rodaje que exige la Premier League, presentarse a las convocatorias internacionales sin ritmo de competición termina pasando una factura implacable a la hora de pelear por los minutos en la medular.

El donostiarra está obligado a reaccionar cuanto antes, pues en el retrovisor asoma una jauría de aspirantes dispuestos a asaltar su plaza. Talentos emergentes y consolidados como Chema Andrés en el Brighton, Aleix García en el Bayer Leverkusen, Pepelu en el Valencia, Pablo Barrios en el Atlético de Madrid o incluso Marc Casadó en el Deportivo de A Coruña pueden aprietar fuerte para ganarse la llamada de De la Fuente. Si no recupera la titularidad en Londres y da un golpe de autoridad sobre la mesa, la jerarquía que parecía tener garantizada en la Roja corre el serio riesgo de desvanecerse ante el empuje de sus rivales. @mundiario