El mandatario demócrata ha querido infundir miedo a sus compatriotas -se calcula que en Ucrania viven entre 10.000 y 15.000 ciudadanos norteamericanos- para que se vayan del país con tiempo y por sus propios medios. Pero a Biden se le ha ido quizá la mano. El presidente se limita a repetir los argumentos del Departamento de Estado: en una situación de emergencia, como la que se vivió en Afganistán, es difícil garantizar que la embajada y los consulados garanticen la seguridad de todos. Y ahora las infraestructuras funcionan en Ucrania con normalidad: hay 80 vuelos diarios de salida, además del ferrocarril y las carreteras que comunican con países vecinos seguros. Todos recuerdan, en cambio, las angustiosas seis semanas de evacuación en Afganistán, para extraer en vuelos privados y militares a unos 6.000 norteamericanos (junto a más de 100.000 afganos que supuestamente habían colaborado con ellos).
Lo que se critica sin embargo es que la amenaza de Biden rompe una tradición, que se ha repetido muchas veces desde la Segunda Guerra Mundial, y una práctica diplomática. Además de que parece eludir con falsos pretextos la cuestión de fondo cuando se compara con la salida de Afganistán. Putin no es el movimiento talibán. Los islamistas afganos permitieron la salida de los norteamericanos y de todos los compatriotas que estos pudieron llevarse consigo. En otras palabras, no hubo ‘crisis de rehenes’. Y ese no es el escenario que la Casa Blanca contempla si finalmente los carros de combate rusos entran en Ucrania.

