Poundbury, el curioso pueblo experimental del Rey Carlos III

«Ni siquiera somos un pueblo o una villa, aún somos demasiado pequeños… quizá más bien un barrio, una localidad como ninguna otra que conozcas». Quien habla es Sarah Soward, que junto a su madre, Pauline Bolt, regentan un negocio dedicado a «dar a conocer el arte del patchwork», una técnica de costura que consiste en crear piezas uniendo pequeños trozos de distintos tipos de tela. Esta tarde el lugar está lleno de gente, porque Sarah imparte un taller, y hacen falta solo unos minutos para entender la dinámica de un lugar que empezó como un experimento, sus detractores dicen que, incluso, como un capricho, pero en el que los residentes parecen estar encantados. Hablamos de Poundbury, localizado a veinte minutos andando desde el centro de Dorchester, al oeste de Inglaterra, en los terrenos del ducado de Cornualles, cuyo dueño y señor ha sido hasta ahora el actual Rey, Carlos III, ideólogo detrás de este sitio experimental y sostenible que está a punto de cumplir tres décadas desde que se inició su construcción. En la página web oficial, se dice que es «una extensión urbana de la ciudad de Dorchester, en el condado de Dorset, diseñado conscientemente para desafiar una serie de tendencias y políticas de planificación urbana del siglo XX: urbanizaciones aisladas y centros comerciales lejos de los lugares de trabajo y ocio, que obligan a una dependencia cada vez mayor del automóvil». «Nuestros clientes son casi todos jubilados, la mayoría mujeres, pero también hay hombres, como un cura y un policía», continúa Sarah, que atiende a ABC mientras la gente va entrando. Todo el mundo se saluda con cariño en ese entorno de cuento saturado del color de los tejidos. No es para menos en un lugar donde hay sólo 4.600 habitantes. «Todo el mundo se conoce aquí y hay muchas que hacer», declara Pauline. «Hay clubes de lectura, de vino, de arreglos florales… además de negocios como pescaderías, restaurantes, el vivero, y tiendas de regalos». Y como no podía ser de otra manera en el Reino Unido, hay pubs, ese lugar de encuentro por excelencia. Todo parece demasiado perfecto para ser verdad. «Hay gente que critica a Poundbury, pero a mucha gente le encanta», dice Sarah. Sin término medio El taller está a punto de empezar y se despiden amablemente, no sin antes recomendarle a esta periodista que se pase por la oficina de correos. «Sahil es adorable, tienes que visitarlo», y me señalan el edificio de enfrente. Todo en este lugar queda a diez minutos andando. Su construcción empezó a inicios de los 90, poco después de que el entonces príncipe de Gales plasmara la idea en su libro de 1989: ‘A Vision of Britain: A Personal View of Architecture’, y concibiera el proyecto arquitectónico y de filosofía sostenible junto al urbanista Leon Krier, cuya misión fue construir una estética fiel a la belleza histórica de la región. Al entrar por la puerta, se escuchan risas. Sahil Dalvi habla y bromea con los cinco clientes que hay dentro. Explico el motivo de mi visita y se genera una conversación coral, donde todo son elogios para un sitio en el que las señales de tráfico brillan por su ausencia y las puertas de las casas, pintadas de colores, lucen en esta época del año impecables decoraciones navideñas. «Sólo hay dos tipos de personas, a las que les gusta Poundbury, o a las que no les gusta, no hay termino medio» , dice Sahil, de origen indio, casado y padre de dos niños pequeños. «Este lugar no es para personas de entre 15 y 25 años», prosigue, pero «si eres una familia joven como la mía, si quieres disfrutar de un ritmo de vida lento, o si quieres tener una buena jubilación, no puedes encontrar un lugar mejor que este». «El condado es bonito, el campo también, las playas están cerca… y aquí podemos dar agradables paseos, el aire es fresco, la gente es amigable y simpática porque nadie va corriendo, siempre hay tiempo para una pequeña charla, todo está a la vuelta de la esquina y hay guarderías, parques, supermercados, médico… todo sin necesidad de coger el coche. Una vez que vives aquí, no quieres irte». Pundbury J.M. Nieto «Y además», dice una chica que luego explica que trabaja en la guardería, «hay muchos lugares para pasear a tu perro, y eso en este país es muy importante». «Hay una ruta de ocho kilómetros a las afueras para hacer senderismo que también está muy bien», dice Paul, un jubilado londinense de 73 años, que aparenta diez menos, y que hace cinco se mudó aquí con su mujer. «Me siento rejuvenecido, la alegría que da vivir en un lugar bonito, tranquilo, seguro y limpio no tiene precio». Hace frío en esta tarde de diciembre y el cielo está tan azul que parece un decorado. No hay ni un solo papel en el suelo, el césped está magníficamente cortado por donde quiera que se mire y las hojas del otoño le dan un toque romántico al paisaje. Tanta perfección r ecuerda a Disneylandia o a la película ‘El show de Truman’. Sus detractores le llaman a Poundbury una «ciudad de juguete», pero los locales, lejos de ofenderse, se lo toman con el característico humor británico. «Todos somos actores, ¿no te has dado cuenta?», dice Paul, que me invita a un café «cuando acabes aquí». Poco después, a las cuatro de la tarde, Sahil pone el cartel de «cerrado» y se deja fotografiar frente a la puerta. Las columnas negras de la entrada del edificio están un poco despintadas en la parte de abajo. «Tenemos que pintarlas después de las Navidades, que aquí son muy estrictos con la estética». Y es que en Poundbury, explica Paul, las reglas son muy claras: todo debe estar limpio, no se pueden hacer obras que rompan con la estética del lugar, hay colores prohibidos para las puertas y plantas preferidas para los jardines de las viviendas. Esto está escrito en un código con el que todos los residentes deben comprometerse antes de vivir allí y que incluye la prohibición de elementos que ensucien visualmente el paisaje, como rótulos llamativos o antenas parabólicas. Así, el Código de Diseño y Comunidad «brinda orientación a los residentes y empresas en cuanto al enfoque de diseño original y los principios arquitectónicos a largo plazo» y «da confianza a los propietarios y residentes de que se mantendrán los más altos estándares». Todo muy en línea con lo que se dice del Rey, y su carácter perfeccionista. Además, su interés por el medioambiente se palpa en la idea de que esta localidad sea sostenible y amigable con la naturaleza. Pero no todo es color de rosa. A principios de este año, más de 200 residentes se rebelaron contra la regla de que todas las casas deben tener los marcos de sus ventanas de madera, ya que, denunciaron, estos no evitan las corrientes de aire y su mantenimiento es más costoso. En su opinión, es una regla «obsoleta» que los mantiene «anclados en el pasado», ya que los primeros fueron instalados hace dos décadas, y que no está «en absoluto» en sintonía con la visión ecológica del Rey. Mientras tanto, todavía hay casas a la venta y otras en construcción y se espera que el proyecto esté acabado en un par de años. De momento, la población y los establecimientos siguen creciendo. «Cada vez hay más y más negocios abriendo, las puertas están abiertas para todo el mundo y eso, definitivamente, no puede ser malo», dice Sehil antes de marchar a su casa, que está a cinco minutos. Paul en cambio cogerá el coche tras el café, que tomamos al aire libre en una céntrica cafetería, Finca, porque tiene que ir a buscar a su esposa a Burleston, a unos veinte minutos de distancia. Confiesa que le molesta mucho tener que pagar allí por aparcar. «No estoy acostumbrado, aquí el estacionamiento es gratuito». Limpieza y belleza A sus hijos, sin embargo, no les gusta Poundbury. «Vienen de vez en cuando, uno vive en Liverpool y el otro en Edimburgo, pero les parece artificial y elitista», explica, antes de manifestar, indignado, que «no sé en qué momento la limpieza y la belleza se convirtieron en un símbolo de superficialidad, siempre estamos discutiendo por lo mismo». Ambos critican la arquitectura «rimbombante y fea» de algunos edificios, como la Queen’s Mother Square, la plaza principal, en la que está el hotel Duchess of Cornwall Inn, bautizado en honor a la duquesa de Cornualles, o las columnas romanas de algunos edificios. «Pero los tres nietos se lo pasan pipa aquí, y además dan un poco de vida, porque es verdad que la única pega es que aquí hay poca gente joven», apunta Paul, aunque destaca que las familias con niños pequeños «son cada vez más». Otro aspecto importante es el de la integración. «Las viviendas sociales están, como es común en este país, integradas con las demás, para evitar guetos como los que hay en París», explica un profesor universitario jubilado que conoce a Paul y que se une brevemente a la conversación. Pese a que las calles están silenciosas y vacías ya a esta hora, los pocos vecinos que aparecen están abiertos a conversar. Eso sí, poco se habla de la crisis económica actual, del Brexit o de los desorbitantes precios de la energía que obligan a tantas familias a decidir entre comer o poner la calefacción. «Todo el mundo aquí tiene trabajo», dice Helen, que trabaja junto a su amiga Louise en una tienda. «El príncipe, ahora rey, incluso ha venido a saludarnos», dice la segunda, encantada. Los datos oficiales les dan la razón: más de 2.400 personas trabajan en 240 negocios locales. Para estas dos mujeres, el lugar se sostiene en los cuatro principios clave bajo los que se creó: la arquitectura, la vivienda asequible e integrada, la comunidad transitable y acogedora para los peatones y la integración de viviendas con comercios y otras zonas comunes. «Por eso la gente aquí es feliz», dice Louise, con una sonrisa.