El Día de la Victoria es, para Rusia, mucho más que una conmemoración histórica. Es una fecha emocional, casi sagrada, que conecta a millones de familias con el recuerdo de la devastación sufrida durante la invasión nazi. Sin embargo, en manos del Kremlin, esa memoria se ha convertido también en un instrumento político. No se trata solo de recordar a los muertos, sino de convertirlos en argumento.
Este año, Vladímir Putin volvió a utilizar el desfile de la Plaza Roja como un altavoz para insistir en que su guerra contra Ucrania forma parte de una continuidad histórica, como si la batalla de 1945 y el conflicto actual fueran el mismo combate con distintos nombres. El mensaje fue claro: Rusia está rodeada, atacada y obligada a resistir. Y por eso, dijo, la sociedad debe aceptar más sacrificios.
💐 Following the #Victory Parade, President Vladimir Putin & the foreign Leaders who attended the celebrations, laid flowers at the Tomb of the Unknown Soldier – honouring the Soviet heroes who gave their lives to free humanity from Nazism.#Victory81 https://t.co/2zu6YOOgHm pic.twitter.com/i10vRsXRrC
— MFA Russia 🇷🇺 (@mfa_russia) May 9, 2026
Un desfile con menos tanques y más nerviosismo
Lo que llamó la atención no fue únicamente el discurso, sino el formato del desfile. Por primera vez en años, Moscú celebró un acto sin la habitual exhibición masiva de carros de combate, misiles o grandes convoyes. La imagen fue la de una potencia que intenta mantener la solemnidad mientras reduce riesgos.
La capital se blindó con defensas antiaéreas, inhibidores electrónicos y un despliegue policial notable. Incluso se restringió el acceso a internet móvil en la región, una medida extrema que dejó a ciudadanos y medios en una especie de apagón tecnológico. No era un simple gesto de seguridad, sino una señal de temor. El poder, cuando se siente fuerte, no necesita silenciar la red.
También se emitió el desfile en diferido, evitando así que cualquier incidente pudiera convertirse en una humillación pública. La Plaza Roja no fue tanto un escaparate de victoria como un escenario diseñado para evitar grietas.
Ucrania y el alto el fuego que nadie cree
El desfile se celebró sin ataques ucranianos, en parte por una tregua temporal impulsada desde Washington. Según se ha contado, Donald Trump habría presionado para que Kiev evitara acciones durante esos días. Aun así, la idea de una tregua real resulta frágil, casi decorativa. Mientras se habla de pausas, la guerra sigue su curso como un incendio subterráneo que nunca termina de apagarse.
En los días previos, Rusia continuó con bombardeos sobre ciudades ucranianas. Y Ucrania, por su parte, sigue sosteniendo su defensa con el apoyo militar occidental. El resultado es un conflicto que se alarga sin horizonte claro, con miles de muertos y una región entera viviendo entre ruinas y sirenas.
La ONU, de hecho, ha alertado de un aumento reciente de víctimas civiles en Ucrania, lo que confirma que el coste humano sigue creciendo mientras la diplomacia solo ofrece parches.
El sacrificio como relato y la represión como método
Aquí está el núcleo del problema. Putin no solo pide resistencia militar, pide obediencia social. Vincula la guerra actual con la “Gran Guerra Patria” porque sabe que esa comparación desactiva preguntas incómodas. Si se plantea como una lucha existencial, cualquier crítica pasa a considerarse traición.
La propaganda televisiva rusa acompañó el desfile con imágenes épicas del frente, algunas aparentemente manipuladas o grabadas lejos del combate real. No es un detalle menor: cuando un Estado necesita fabricar heroicidades es porque teme que la realidad ya no convenza.
Además, el hecho de que en la tribuna no estuvieran figuras del Gobierno, sino miembros del Consejo de Seguridad, refuerza la sensación de un país donde el aparato de inteligencia pesa más que la política. Rusia no solo está en guerra fuera, también está endureciéndose por dentro.
Lo más inquietante es que el Kremlin parece apostar a que la población aceptará el desgaste económico y el aislamiento internacional como si fueran un precio natural. Pero ningún país puede vivir eternamente movilizado sin fracturarse. Convertir la memoria de los abuelos en combustible para una guerra moderna es como usar una medalla oxidada para tapar una herida abierta. No cura, solo disimula.
Y mientras Moscú se encierra en su relato, Ucrania sigue poniendo los muertos. Europa, mientras tanto, continúa atrapada entre el miedo a una escalada y la obligación moral de no normalizar una invasión. Esa es la verdadera batalla: no solo por el territorio, sino por el derecho a que la historia no sea secuestrada por quien más grita. @mundiario
