Venezuela ha sido durante años uno de esos lugares en los que preguntar “¿qué piensa la gente?” era ya una pregunta imposible de responder con datos confiables. No porque nadie tenga opinión, sino porque expresarla implicaba un riesgo. Bajo el gobierno de Nicolás Maduro, los sondeos prácticamente desaparecieron; encuestadores se vieron forzados a operar en la sombra, y los ciudadanos aprendieron a responder “no sabe, no contesta” ante cuestiones políticas por miedo o desconfianza. Esto no habla de falta de pensamiento o de análisis entre la población, sino de un contexto en el que el precio de hablar podía ser muy alto.
Ese telón de fondo es esencial para entender lo que está pasando ahora: las encuestas han vuelto a surgir, muchas aún privadas y no siempre públicas, pero muestran patrones comunes que merecen atención. Entre ellas, aparece un sentimiento que combina una esperanza inusual con una desconfianza profunda, y eso es lo que realmente define el estado de ánimo venezolano actual.
Entre la precariedad económica y la necesidad de cambio
Todos los datos coinciden en algo: la economía es, para la mayoría, la lente a través de la cual se interpreta todo lo demás. Inflación, devaluación, bajos salarios, falta de acceso a bienes básicos; estos no son “problemas más” entre otros, sino la realidad inmediata que condiciona cada decisión, cada plan de vida, y cada expectativa de futuro. No sorprende entonces que, aunque muchos venezolanos se declaran esperanzados —en algunos estudios hasta el 80 %—, casi ese mismo porcentaje evalúe negativamente su situación actual. Esa paradoja solo se entiende si se piensa en la esperanza no como una emoción vacía, sino como una necesidad que brota cuando las condiciones materiales presionan al límite.
Y sin embargo, esa misma esperanza está aparejada a prioridades claras: la mayoría considera que la estabilización económica debe preceder a cualquier transición política inmediata. Esto no es indiferencia hacia la democracia, sino una interpretación pragmática: sin una base económica estable, difícilmente cualquier proceso político pueda traducirse en una mejora real en la vida de las personas.
Esto explica también por qué, en distintas encuestas, líderes tradicionales del chavismo como Delcy Rodríguez aparecen con índices de confianza muy bajos, mientras que figuras de la oposición tienen mayor reconocimiento. Pero atención: esa preferencia por cambios políticos no es un apoyo incondicional a cualquier fórmula. Una parte importante de la población quiere que cualquier elección o transición tenga reglas claras, garantías y condiciones que aseguren, precisamente, que los avances políticos no se queden en meras formalidades.
¿Hacia dónde mira la sociedad venezolana?
Lo que preguntan los venezolanos no es solo “quién gobierna”, sino cómo se puede garantizar que la vida mejore mañana. Y en ese sentido, los datos sorprenden porque confianza en agentes económicos como las empresas petroleras aparece más alta que en figuras políticas locales. Eso revela algo profundo: muchos ven en la actividad económica —en particular la recuperación del sector petrolero— un motor que puede, si se gestiona bien, traducirse en empleo, servicios y estabilidad.
Esto plantea un desafío para cualquier proyecto político: la economía no puede tratarse como un apéndice de las decisiones partidistas, sino como un eje central de toda estrategia nacional. Y para que eso ocurra, se necesita no solo liderazgo, sino credibilidad, transparencia y mecanismos que reduzcan la opacidad que marcó gran parte de las últimas dos décadas.
La lección que emerge es que la sociedad venezolana no quiere certezas mágicas, sino condiciones donde la palabra “esperanza” tenga una base concreta: empleo, ingreso, servicios, y la posibilidad de decidir con información y seguridad. Ese es el reto real que tienen por delante quienes aspiren a representar al país. @mundiario
