Florentino Pérez tomó una decisión tan drástica como costosa cuando decidió recuperar a José Mourinho para el banquillo del Real Madrid el pasado verano. Drástica porque el vestuario parecía prácticamente ingobernable y costosa porque tuvo que desembolsar 15 millones de euros para sacarlo del Benfica. Una inversión considerable para contratar a un entrenador cuya principal misión, más allá de los resultados, parecía ser devolver la autoridad a un vestuario acostumbrado a imponer sus propias reglas.
No sabemos si Mourinho fue la primera opción o la última, pero tampoco resulta difícil entender que no cualquier entrenador aceptaría semejante desafío. El portugués aterrizó en un equipo con demasiados frentes abiertos, egos difíciles de gestionar y futbolistas que parecían haber olvidado que por encima de sus nombres existe una institución. El problema es que han transcurrido casi tres meses desde su incorporación y las aguas continúan sin calmarse.
Es cierto que Tchouaméni y Valverde parecen haber enterrado el hacha de guerra, solo faltaría. Después de protagonizar un enfrentamiento que terminó con el uruguayo en el hospital y expedientes disciplinarios para ambos, lo mínimo exigible era que pudieran volver a compartir vestuario sin problemas. Mourinho aseguró incluso que no necesitó intervenir para reconciliarlos. Magnífico. Pero que dos compañeros vuelvan a dirigirse la palabra no debería considerarse una gran conquista para un entrenador del Real Madrid.
En el apartado deportivo tampoco encontramos demasiados motivos para el optimismo. El Real Madrid ocupa la cuarta posición de La Liga, a seis puntos de un Barcelona que ha ganado sus siete primeros encuentros. En la Champions consiguió derrotar al Inter de Milán por 2-1, aunque el resultado dejó mejores sensaciones que el fútbol exhibido. El equipo gana algunos partidos, naturalmente, pero sigue sin transmitir la autoridad, la continuidad y la superioridad que deberían caracterizar a una plantilla construida para dominar Europa.
Defensivamente, Mourinho tampoco ha encontrado la solución. El portugués parece incapaz, al menos por ahora, de conseguir que todos sus futbolistas participen con la misma intensidad cuando el equipo pierde el balón. Vinicius y Mbappé siguen siendo los principales señalados. El esfuerzo de Bellingham, Diomandé cuando participa o Güler mientras le responde el físico pierde buena parte de su eficacia cuando los compañeros de ataque no acompañan la presión. Y aquí conviene recordar algo elemental: defender no es una tarea exclusiva de los defensas. También tienen que hacerlo las estrellas, por mucho que sus nombres aparezcan en todas las campañas publicitarias.
Mención especial merece Vinicius Júnior, convertido en un auténtico espejismo del futbolista que aterrorizaba a los laterales rivales. Aquel jugador eléctrico, imprevisible y determinante aparece ahora de manera intermitente, cuando aparece. Su rendimiento con el Real Madrid y Brasil lleva demasiado tiempo lejos de las expectativas. Lo preocupante ya no es que atraviese una mala racha, algo perfectamente comprensible en cualquier futbolista, sino que cada vez resulte más difícil reconocer al extremo que era capaz de decidir los partidos prácticamente por sí solo. Y Mourinho, que llegó para recuperar su mejor versión, todavía no ha encontrado la fórmula.
Pero si hablamos de protagonismo mediático, el otro gran nombre es Kylian Mbappé. El hombre gol. Y goles marca, faltaría más. El problema es que el Real Madrid no estuvo siete años esperando por el francés simplemente para que engordara sus estadísticas individuales. Desde su llegada, el conjunto blanco no ha conquistado ni la Liga, ni la Champions League, ni la Copa del Rey. Puede marcar muchísimo, puede acumular premios individuales y puede presumir de cifras extraordinarias, pero la realidad colectiva continúa siendo bastante menos brillante. Se esperaba un futbolista capaz de marcar una época, no solamente de marcar goles.
A todo ello se suma su comportamiento durante la última lesión. Mbappé sufrió un problema en la rodilla izquierda y, mientras el Real Madrid esperaba su recuperación, el francés pasó varios días entre Francia y Suiza, con tiempo incluso para disfrutar de actividades de ocio. Todo ello, conviene subrayarlo, con autorización del propio club y dentro de un plan de recuperación supervisado. Y precisamente ahí aparece otro de los problemas. ¿Es esa la imagen que debe proyectar uno de los grandes líderes del vestuario? Y, sobre todo, ¿qué autoridad puede ejercer Mourinho cuando determinadas decisiones cuentan con el beneplácito de quienes están por encima de él? No sabemos quién tiene más responsabilidad: el hijo por hacerlo o el padre por permitirlo. Quizás Florentino Pérez pueda responder.
Tampoco ayuda el ruido que rodea su candidatura al Balón de Oro. En los últimos días se llegó a especular con un supuesto malestar del francés por no sentirse suficientemente respaldado por el Real Madrid y la selección francesa, aunque el propio Mbappé respondió con ironía y desmintió esas informaciones. Lo verdaderamente relevante no es alimentar un enfado que no está acreditado, sino comprobar hasta qué punto la conversación alrededor del futbolista gira continuamente en torno a sus aspiraciones individuales. Mientras tanto, el Madrid continúa buscando respuestas a sus problemas colectivos. Una situación que resume bastante bien las prioridades que parecen haberse instalado alrededor de sus principales estrellas.
Y así llegamos nuevamente a Florentino Pérez, el hombre que decidió recuperar a Mourinho para restablecer el orden en el Real Madrid. El presidente puede seguir señalando enemigos fuera del club, cuestionando a las instituciones y alimentando sus guerras particulares, pero los problemas más graves parecen encontrarse bastante más cerca de su despacho. Mientras arde la avenida de Concha Espina, la pregunta resulta inevitable: ¿de qué sirve gastar 15 millones de euros en un entrenador con autoridad si después no se le permite ejercerla plenamente? Quizás el verdadero problema del Real Madrid nunca haya sido encontrar un entrenador capaz de poner orden, sino tener un presidente dispuesto a respaldarlo cuando llegue el momento de hacerlo. @mundiario
