La imagen deja una de esas paradojas que resumen un momento histórico. Sobre la grada de Riazor, el videomarcador proclama una de las frases más reconocibles del himno del Deportivo: «Todos nun único canto. O latexo de Riazor». Justo debajo, miles de aficionados permanecen en silencio.
No es un silencio casual. Tampoco una ausencia. Esta vez no hubo llamamiento al boicot, como ocurrió durante el Teresa Herrera. Los abonados de Maratón Inferior ocuparon sus asientos, pero apenas animaron al equipo. La protesta cambió de forma, no de fondo. Si en el amistoso el vacío visual pretendía llamar la atención, en el estreno liguero el mensaje fue más sutil y quizá más poderoso: demostrar cómo su ausencia sonora modifica por completo la personalidad del estadio. El resultado es difícil de ignorar. Riazor sigue llenándose –ante el Elche (1-1) con casi 30.000 personas–, pero ya no suena igual.
El silencio de una grada puede pesar tanto como un gol en contra. El Deportivo necesita cumplir la ley, pero también preservar el alma de Riazor
Detrás de esa protesta existe un conflicto real que conviene analizar sin caricaturas. La Federación de Peñas, Old Faces y Riazor Blues consideran que las nuevas condiciones impuestas específicamente a los abonados de Maratón Inferior –identificación adicional, limitaciones en el uso de los abonos y normas diferenciadas respecto al resto del estadio– crean una desigualdad difícil de justificar.
El club, por su parte, sostiene una posición también comprensible. El Deportivo recuerda que debe cumplir las exigencias derivadas de la legislación sobre violencia en el deporte y evitar sanciones económicas y disciplinarias que ya han afectado a la entidad en el pasado. Nadie puede reprochar a un consejo de administración que quiera proteger al club de nuevas multas o responsabilidades legales. Precisamente por eso el problema ya no es jurídico. Es político. Y, sobre todo, emocional. Cuando dos posiciones tienen argumentos legítimos, la solución rara vez consiste en que una de ellas aplaste a la otra.
El expresidente Augusto César Lendoiro ha intervenido públicamente con un duro diagnóstico. Habla de «persecución» contra los aproximadamente 4.000 abonados de Maratón Inferior y denuncia que se les están aplicando medidas excepcionales que no afectan al resto de socios. Su crítica va todavía más lejos al afirmar que el club ha terminado construyendo una suerte de «presunción de culpabilidad por ubicación», una expresión deliberadamente contundente con la que pretende denunciar que miles de aficionados soportan restricciones por el mero hecho de ocupar una determinada grada, sin atribución individual de conducta alguna.
La protesta con camisetas de color naranja, organizada en los días previos, se ha visto respaldada a lo largo y ancho de todo el estadio
Puede compartirse o no esa formulación, pero refleja el grado de deterioro que ha alcanzado la relación entre una parte importante de la afición organizada y la propiedad del club. Porque el verdadero riesgo no está únicamente en la discusión sobre protocolos de acceso o identificación. El peligro consiste en que ambas partes terminen instalándose en una lógica de vencedores y vencidos. Lo cierto es que la protesta con camisetas de color naranja, organizada en los días previos al Dépor-Elche, se ha visto respaldada a lo largo y ancho de todo el estadio Abanca Riazor.
Los futbolistas saben mejor que nadie lo que significa perder la fuerza ambiental del histórico Riazor. No es casualidad que muchos jugadores hayan destacado durante los últimos años el papel diferencial que desempeña esa grada en los momentos decisivos. El ambiente no gana partidos por sí solo, pero sí modifica inercias, sostiene al equipo cuando llegan las dificultades y convierte el estadio en un factor competitivo. Por eso resulta llamativo que una de las mayores fortalezas deportivas del Deportivo se encuentre hoy parcialmente desactivada.
Un valor simbólico extraordinario
La fotografía de esta jornada tiene además un valor simbólico extraordinario. Mientras el himno habla de un único canto, la realidad refleja una afición dividida. No porque unos animen más que otros, sino porque unos y otros entienden de forma distinta cómo proteger al Deportivo. Seguramente nadie pretendía llegar hasta aquí. Ni el consejo buscaba abrir una crisis institucional con una parte tan significativa de su masa social, ni quienes hoy guardan silencio desean perjudicar deportivamente al equipo que llevan décadas siguiendo. Sin embargo, las dinámicas de confrontación suelen producir precisamente ese efecto: cada paso dado para reforzar una posición hace más difícil regresar al punto de encuentro.
El Deportivo acaba de regresar a Primera División tras muchos años de sufrimiento. Todo invita a pensar que este debía ser el comienzo de una etapa de ilusión compartida. Sería una paradoja que el mayor desafío del club no estuviese sobre el césped, sino en sus propias gradas. Todavía hay margen para reconducir el conflicto. El cumplimiento de la normativa de seguridad no debería impedir revisar aquellas medidas que generen una percepción de trato desigual. Del mismo modo, la defensa de los derechos de los abonados tampoco debería olvidar que la seguridad constituye una obligación legal ineludible para cualquier entidad deportiva.
Quizá la solución pase por algo menos épico y mucho más útil: diálogo, transparencia y capacidad para rectificar allí donde sea necesario. Porque Riazor siempre ha sido mucho más que un estadio. Su verdadera fuerza nunca estuvo únicamente en las victorias, sino en la sensación de que decenas de miles de personas empujaban en la misma dirección. Hoy esa sensación se ha debilitado. Y quizá la mayor lección de esta protesta sea precisamente esa: que el silencio, cuando nace del desencuentro, también puede escucharse desde muy lejos. @mundiario
