Irán está preparando una respuesta que podría extender el conflicto mucho más allá de sus instalaciones militares y de sus fronteras. Ante la posibilidad de una nueva ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel, las autoridades iraníes amenazan con atacar infraestructuras energéticas, centros de datos, instalaciones de inteligencia artificial y cables submarinos de comunicaciones en varios países del golfo Pérsico. El mensaje de Teherán es explícito: si vuelve a ser atacado, la guerra no se limitará al territorio iraní ni seguirá necesariamente los plazos que sus adversarios puedan considerar asumibles.
La advertencia llega mientras medios estadounidenses informan de que los mandos militares han preparado opciones para una nueva campaña, posiblemente después de las elecciones legislativas de mitad de mandato del 3 de noviembre. Sin embargo, la existencia de planes operativos no significa que el presidente Donald Trump haya autorizado una ofensiva. Durante los últimos meses, el mandatario ha frenado en varias ocasiones propuestas para reanudar los ataques a gran escala, consciente de sus posibles consecuencias militares, económicas y políticas.
Mohsen Rezaei, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní, ha advertido de que una nueva guerra podría poner en peligro instalaciones petroleras, centros de datos, sistemas de inteligencia artificial y cables submarinos en hasta siete países de la región. La amenaza supone una ampliación potencial de los objetivos de represalia: además de las bases militares y los activos vinculados directamente con Estados Unidos e Israel, Teherán apunta a infraestructuras que sostienen el comercio energético, las comunicaciones digitales y los servicios tecnológicos internacionales.
La lógica que expone Irán es la de la disuasión mediante costes económicos y estratégicos. Si sus instalaciones energéticas, sus capacidades militares o sus infraestructuras nucleares vuelven a ser atacadas, el Gobierno iraní pretende demostrar que sus adversarios y sus socios regionales también sufrirían consecuencias. La advertencia no prueba que Teherán disponga de capacidad para alcanzar todos los objetivos mencionados, pero sí revela que intenta ensanchar la incertidumbre sobre el precio de una nueva ofensiva.
Mehdi Mohammadi, asesor de Mohammad Ghalibaf, dirigente conservador que encabezó las negociaciones iraníes con Washington, sostuvo que Donald Trump y Benjamin Netanyahu habrían llegado a un entendimiento preliminar sobre un posible ataque, aunque sin garantías de éxito. Esa afirmación refleja la interpretación de un asesor iraní y no constituye, por sí sola, una confirmación independiente de que exista una decisión definitiva.
Mohammadi describió la perspectiva de una tercera guerra en dos años como una amenaza existencial para Irán y resumió la estrategia anunciada por Teherán con una expresión contundente: «Nuestra estrategia es ‘cero líneas rojas'». También aseguró que el conflicto podría prolongarse y extenderse geográficamente más de lo que esperan sus adversarios.
Los planes militares de Washington y Tel Aviv
Según informaciones publicadas por medios estadounidenses, los planificadores militares están estudiando una operación breve, pero intensa, contra objetivos iraníes. Entre los posibles blancos figurarían instalaciones nucleares, emplazamientos de misiles, infraestructuras energéticas y capacidades de drones. La concentración de medios militares estadounidenses en Oriente Próximo y el incremento de los ejercicios conjuntos con Israel alimentan la percepción de que se están preparando alternativas concretas.
El despliegue previsto incluye portaaviones, aviones de combate, marines y fuerzas de operaciones especiales. La disponibilidad de esos recursos podría aumentar a comienzos de noviembre, aunque el calendario militar no determina por sí mismo cuándo se tomará una decisión política. La Casa Blanca ha evitado confirmar los detalles de los planes y ha insistido en que mantiene abiertas sus opciones para impedir que Irán obtenga armas nucleares.
La fecha de una posible ofensiva también tiene una dimensión política. Washington ha prometido no atacar antes de las elecciones de mitad de mandato, y una operación previa podría afectar al debate electoral por sus repercusiones en los precios de la energía, la inflación y el riesgo de nuevas bajas estadounidenses. Esperar hasta después de los comicios podría reducir ese coste político inmediato, pero no eliminaría las consecuencias económicas ni la posibilidad de que el conflicto se prolongase.
En Israel existe, además, un factor interno. Las elecciones previstas para el 27 de octubre pueden condicionar la capacidad de Netanyahu para impulsar una nueva guerra. Una derrota electoral podría dejarlo al frente de un Gobierno en funciones, mientras que la amenaza iraní también podría servirle para intentar articular un Ejecutivo de unidad nacional. Ambas posibilidades son escenarios políticos, no resultados asegurados.
La disputa se concentra también en el estrecho de Ormuz, una vía estratégica para el transporte mundial de petróleo. La Guardia Revolucionaria iraní afirmó haber atacado simultáneamente cuatro buques comerciales que intentaban cruzarlo y sostuvo que otros tres habían sufrido impactos de minas. Esas afirmaciones no contaban con verificación independiente en la información disponible, por lo que el número de embarcaciones afectadas debe tratarse con cautela.
La tensión tuvo un efecto inmediato en los mercados. El barril de Brent llegó a cotizar en torno a los 113 dólares, según las cifras aportadas en los informes, ante el temor de que una nueva campaña militar interrumpa los flujos energéticos. El precio final dependerá también de la duración de las restricciones, de la respuesta de los productores y de la capacidad de los compradores para encontrar suministros alternativos.
La amenaza iraní contra centros de datos y cables submarinos también introduce otra dimensión. Estas instalaciones sostienen buena parte de las comunicaciones internacionales y de los servicios digitales, incluidos los sistemas de computación utilizados para desarrollar y operar aplicaciones de inteligencia artificial. Un ataque contra ellas podría provocar interrupciones que trascendieran el ámbito militar, aunque la magnitud de cualquier daño dependería de los objetivos alcanzados, la redundancia de las redes y la rapidez de las reparaciones.
Arabia Saudí y Yemen: el riesgo de una guerra regional
Los acontecimientos en Arabia Saudí muestran que la crisis ya desborda el enfrentamiento directo entre Washington, Tel Aviv y Teherán. Estados Unidos ordenó la salida de personal gubernamental no esencial y familiares de sus empleados destinados en Arabia Saudí, en respuesta al deterioro de la seguridad. El portavoz del Departamento de Estado, Tommy Pigott, precisó que la orden confirmada afectaba a ese país, después de que circularan informaciones sobre posibles retiradas similares en otras misiones regionales.
Las autoridades saudíes informaron de ataques contra el aeropuerto internacional Rey Fahd, en Dammam, con víctimas mortales y heridos, así como de un ataque con dron contra instalaciones del yacimiento petrolífero de Shaybah. Según los comunicados citados, las defensas saudíes interceptaron el aparato y la caída de restos causó víctimas. Las cifras difundidas por distintas informaciones no son completamente coincidentes, por lo que deben atribuirse a las fuentes oficiales correspondientes.
Washington atribuye parte de esta amenaza a los hutíes de Yemen, respaldados por Irán, que han intensificado sus ataques contra objetivos saudíes. La apertura o ampliación de este frente aumenta el peligro de que una ofensiva contra Irán desencadene represalias a través de actores aliados, rutas marítimas y objetivos civiles o económicos en varios países.
El abogado internacional Reza Nasri, próximo a la diplomacia iraní, ha descrito un escenario extremo en el que podrían verse afectados puertos, refinerías, redes eléctricas y plantas desalinizadoras, con consecuencias para el suministro de agua y electricidad y desplazamientos de población. Sus declaraciones expresan una advertencia política, no una previsión demostrada. No obstante, ponen de relieve la vulnerabilidad de una región en la que las infraestructuras energéticas y de abastecimiento tienen una importancia crítica.
Mientras aumentan las amenazas, los intermediarios iraníes y paquistaníes han explorado nuevas fórmulas para un alto el fuego. Entre las propuestas citadas figuran la liberación de miles de millones de dólares en activos iraníes congelados a cambio de reabrir el estrecho de Ormuz, permitir el acceso de inspectores de Naciones Unidas a las instalaciones nucleares bombardeadas y trasladar a un tercer país parte del uranio altamente enriquecido almacenado por Irán.
Teherán ha planteado levantar el bloqueo de Ormuz en un plazo de siete días e iniciar conversaciones sobre su programa nuclear, pero condiciona esos pasos al cumplimiento previo de determinadas exigencias, entre ellas el levantamiento de las sanciones estadounidenses. Washington, por su parte, mantiene la presión sobre el programa nuclear iraní y reclama cambios que todavía no han sido aceptados por los negociadores de la República Islámica.
El desacuerdo es central para comprender el estancamiento. Estados Unidos considera que una nueva demostración de fuerza podría obligar a Irán a aceptar concesiones que no ha asumido tras meses de presión militar y económica. Algunos planificadores estiman que una campaña concentrada de varios días bastaría para alterar los cálculos de Teherán. Sin embargo, la experiencia reciente también permite cuestionar esa hipótesis: los ataques anteriores y las sanciones no han conseguido, hasta ahora, un cambio negociador decisivo. @mundiario
