Sudán se hunde en el hambre mientras la guerra devora a su infancia

En Sudán, el hambre ya no es una consecuencia indirecta de la guerra. Es parte del paisaje. Se cuela en las casas, vacía los mercados y se instala en los cuerpos pequeños de los niños como si fuera una sombra permanente. En lugares como Jebel Awlia, a pocos kilómetros de Jartum, la escena se repite cada día bajo techos de chapa y temperaturas asfixiantes: madres esperando turno con bebés que lloran sin fuerzas, como si incluso el llanto estuviera agotado.

Los datos son demoledores. Naciones Unidas habla de la peor crisis humanitaria del planeta. El Programa Mundial de Alimentos estima que casi 34 millones de personas, más de la mitad del país, necesitan ayuda urgente. Y la infancia está en el centro del desastre. Unicef calcula que en 2026 habrá 4,2 millones de niños con desnutrición aguda, más de 826.000 con desnutrición aguda severa, la variante más mortal. Son cifras que, aunque parezcan estadísticas frías, tienen rostro, nombre y respiración entrecortada.

Cuando la comida desaparece también desaparece el futuro

El caso de Fatima, una niña de 13 meses que pesa apenas seis kilos, no es una excepción. Es un síntoma. En Jebel Awlia se registran unos 90.000 menores con desnutrición aguda y 24.000 con la forma grave. Esto no ocurre por una sequía repentina ni por un fallo puntual en la economía, sino por un país destrozado por el conflicto armado iniciado en abril de 2023, que ha reventado las cadenas de suministro, expulsado a millones de sus hogares y convertido la supervivencia en un sorteo diario.

Cuando una madre dice que “da gracias si puede beber un vaso de té al día”, no está hablando solo de pobreza. Está describiendo el derrumbe total de lo básico. Sin comida regular, sin electricidad, sin agua potable, sin trabajo y con los precios disparados, la vida se reduce a resistir.

La guerra no solo mata con balas

La violencia sigue golpeando incluso cuando parece que el frente se mueve. Ataques con drones, hospitales alcanzados, barrios enteros marcados por cicatrices. La ONU ha documentado miles de violaciones graves contra menores desde el inicio del conflicto, con miles de niños muertos o mutilados. Esto revela una realidad incómoda: los civiles no están en medio de la guerra, están dentro del objetivo.

Además, la guerra ha creado un terreno fértil para algo aún más cruel, el hambre utilizada como arma. Bloquear accesos, impedir el paso de ayuda humanitaria o destruir infraestructuras convierte la comida en una herramienta de control. Y cuando se juega con la comida, se juega directamente con la vida.

En este contexto, organizaciones como Unicef sostienen proyectos con ONG locales como Almanar, que atienden a madres y niños en centros de salud. El tratamiento incluye Plumpy’Nut, leche terapéutica y suplementos nutricionales. Es una solución eficaz, sí, pero limitada, porque no sustituye una alimentación real ni reconstruye el sistema sanitario.

La ayuda humanitaria no puede ser la única respuesta

La pregunta es inevitable: ¿por qué esto sigue ocurriendo? Porque Sudán no es una prioridad internacional sostenida. Hay comunicados, cifras y reuniones, pero falta presión real y voluntad política para cortar la raíz del desastre. Y también porque el modelo de respuesta global sigue funcionando como un parche: se tapa la herida, pero se permite que el cuchillo siga clavado.

La comunidad internacional debería actuar con más firmeza, garantizando corredores humanitarios permanentes, vigilando ataques a infraestructuras civiles y aumentando la financiación para la emergencia. Pero también es imprescindible apoyar a las redes locales, especialmente a las lideradas por mujeres, que están haciendo de columna vertebral donde ya no queda estructura estatal.

Sudán hoy es como una casa ardiendo en la que el mundo se limita a lanzar vasos de agua desde lejos. No basta con aliviar el humo: hay que apagar el fuego y señalar a quienes lo mantienen vivo. @mundiario