La cumbre que Donald Trump mantendrá con los dirigentes de los países del Golfo llega en uno de los momentos más delicados de la guerra de Yemen desde que comenzó la nueva escalada. Mientras el presidente estadounidense prepara sus conversaciones con Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahréin, Kuwait y Omán al margen de la Asamblea General de Naciones Unidas, los hutíes avanzan sobre posiciones estratégicas del oeste de Yemen y buscan consolidar el control de la costa del mar Rojo alrededor del estrecho de Bab el Mandeb.
El problema para Washington es que la crisis ya no puede separarse de la guerra con Irán. Los hutíes, alineados con Teherán aunque con agenda propia, han convertido Yemen en un nuevo escenario de la confrontación regional. Y para Arabia Saudí el riesgo es particularmente serio: el avance rebelde amenaza una de las rutas utilizadas para sacar petróleo del país evitando el estrecho de Ormuz, cuya navegación continúa profundamente alterada por la guerra entre Estados Unidos e Irán.
La gran interrogante en el tablero de Oriente Próximo es la postura definitiva de Washington. Según reveló una investigación de The New York Times, el presidente Trump llegó a autorizar inicialmente al Pentágono la preparación de bombardeos tácticos contra posiciones estratégicas de los rebeldes hutíes, tras una apremiante solicitud telefónica del príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman. Sin embargo, la operación fue cancelada abruptamente el domingo a mediodía, cuando los comandantes militares ya habían aprobado las listas de objetivos y los aviones comenzaban a ser cargados con munición.
Aunque la agencia Reuters detalló que no pudo comprobar de forma independiente todos los pormenores del informe y la Casa Blanca declinó hacer comentarios oficiales, el freno de última hora evidencia los recelos de Washington a abrir un nuevo frente directo en la región, en paralelo a su actual confrontación con Irán.
El episodio resulta relevante porque muestra la contradicción central de la política estadounidense. Washington considera a Arabia Saudí un socio estratégico, pero Trump no quiere abrir otro frente militar mientras Estados Unidos continúa inmerso en la guerra contra Irán. De hecho, el domingo el presidente y el mandatario yemení Rashad al-Alimi mantuvieron una conversación telefónica en la que este último solicitó ayuda militar para las fuerzas respaldadas por Riad. Según fuentes citadas por Reuters, Trump no realizó un compromiso directo de intervención.
La situación adquiere todavía más complejidad porque Estados Unidos no ha roto completamente el canal con los hutíes. Reuters informó la semana pasada de una reunión confidencial entre representantes estadounidenses y miembros del movimiento en Omán, facilitada por las autoridades omaníes. Según esas fuentes, los hutíes aseguraron que no atacarían buques estadounidenses o israelíes y limitarían sus acciones contra intereses saudíes.
Los hutíes avanzan por tierra
Mientras Washington decide, la situación militar sobre el terreno continúa evolucionando. Los hutíes ya controlan buena parte de la costa yemení del mar Rojo después de derrotar o desplazar a fuerzas vinculadas al Gobierno reconocido internacionalmente y apoyadas por Arabia Saudí.
Ahora buscan las montañas de Kahboub, en las provincias de Taiz y Lahij. Su importancia es geográfica: esas posiciones pueden permitirles cortar las comunicaciones entre la costa del mar Rojo y las zonas que todavía controlan las fuerzas respaldadas por Riad, además de proteger la retaguardia de sus posiciones próximas a Bab el Mandeb.
Los combates se concentran en torno a Al-Wazi’iyah, en Taiz, y Ras al-Ara, en la costa situada entre Bab el Mandeb y Adén. La conquista de esas alturas no significa automáticamente que los hutíes hayan cerrado el estrecho, pero sí podría proporcionarles una posición militar mucho más favorable para controlar sus accesos.
Ese es el verdadero objetivo estratégico. El territorio importa porque el territorio permite controlar las rutas marítimas. Bab el Mandeb conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y constituye una de las principales rutas comerciales entre Asia, Europa y Oriente Próximo. Su deterioro coincide con la crisis del estrecho de Ormuz, creando una combinación particularmente delicada para los mercados energéticos.
Arabia Saudí ha tenido que aumentar el volumen de petróleo que exporta por sus terminales del Golfo y atravesar Ormuz, precisamente la ruta que la guerra con Irán ha convertido en un punto de enorme riesgo. Reuters calcula que las exportaciones saudíes a través de Ormuz han alcanzado aproximadamente 2,9 millones de barriles diarios, frente a unos 700.000 en agosto.
La alternativa tiene un coste considerable. Las operaciones de transferencia de crudo entre buques frente a Omán se han multiplicado y los costes de transporte han aumentado. De esta forma, el avance hutí no necesita provocar un cierre absoluto de Bab el Mandeb para producir efectos económicos: basta con elevar el riesgo y encarecer la navegación.
El sábado los hutíes reivindicaron ataques con misiles y drones contra objetivos en Arabia Saudí. Hubo explosiones y humo visible cerca de Riad y las autoridades saudíes informaron de interceptaciones. Los hutíes también afirmaron haber atacado una instalación de Aramco en Yanbu, aunque los detalles de esos ataques deben distinguirse entre las reivindicaciones de los combatientes y las verificaciones independientes.
Para Riad, el problema es doble. Por un lado, necesita impedir que los hutíes consoliden sus conquistas territoriales. Por otro, debe proteger sus infraestructuras energéticas y mantener abiertas las rutas de exportación. Arabia Saudí ya está empleando su fuerza aérea contra posiciones hutíes. Sin embargo, los avances terrestres de los rebeldes indican que los bombardeos no han conseguido detener completamente su ofensiva. Reuters informa de que las fuerzas hutíes mantienen el impulso pese a los ataques saudíes.
Una cumbre del Golfo condicionada por Yemen
Trump llega a la reunión con los líderes del Golfo intentando discutir principalmente la guerra contra Irán y sus consecuencias regionales. Pero Yemen estará inevitablemente sobre la mesa. Arabia Saudí necesita conocer hasta dónde llega realmente el compromiso estadounidense, mientras que otros países del Golfo tienen que evaluar qué significa para su propia seguridad una expansión de la guerra.
La reunión puede quedar condicionada por una pregunta sencilla: ¿hasta dónde está dispuesto Trump a defender a sus aliados sin ampliar todavía más la guerra? El dilema es especialmente sensible porque una intervención estadounidense contra los hutíes podría proporcionar a Riad una ayuda militar inmediata, pero también convertir Yemen en otro frente directo entre Estados Unidos y las fuerzas alineadas con Irán. La experiencia de las campañas anteriores demuestra además que los ataques aéreos pueden degradar las capacidades hutíes sin resolver necesariamente el problema político y territorial.
Por eso Washington mantiene abierta la diplomacia. Los contactos de Omán muestran que existe interés en impedir que los hutíes ataquen directamente a Estados Unidos, incluso mientras combaten contra Arabia Saudí. Esa fórmula es difícil de sostener si el movimiento continúa ampliando su territorio y acercándose a Bab el Mandeb.
La ofensiva tampoco se desarrolla en un vacío militar. Naciones Unidas estima que cerca de 700 personas han muerto y más de 130.000 han sido desplazadas dentro de Yemen desde el comienzo de la actual escalada, mientras miles han abandonado el país por mar. El Programa Mundial de Alimentos advierte además de que más de 18 millones de yemeníes afrontan inseguridad alimentaria y que unos 2,2 millones de niños menores de cinco años sufren malnutrición aguda.
La guerra amenaza además con complicar la llegada de ayuda. Yemen depende en gran medida de las importaciones de alimentos y combustible, por lo que cualquier deterioro de sus puertos y rutas marítimas repercute directamente sobre la población.
El riesgo para Trump no consiste únicamente en que los hutíes sigan avanzando. La dificultad política está en que cada alternativa tiene un coste.
Si Estados Unidos interviene militarmente, Arabia Saudí obtiene una señal de apoyo, pero Washington abre otro frente en una guerra regional que ya afecta a Irán, Ormuz y los mercados energéticos. Si Trump mantiene la no intervención, Riad puede interpretar que debe asumir prácticamente solo la defensa de sus posiciones y buscar otros mecanismos de seguridad. Y si la diplomacia consigue mantener a los hutíes alejados de los buques estadounidenses mientras atacan intereses saudíes, la fórmula puede ser difícil de sostener si los rebeldes siguen conquistando territorio.
La cumbre llega, por tanto, con un problema que no estaba completamente previsto en la agenda: el equilibrio de poder en Yemen está cambiando mientras Estados Unidos intenta limitar su implicación directa. @mundiario
