Trump se confiesa “decepcionado” de Europa y califica a España como una “película de horror”

La relación entre Estados Unidos y Europa atraviesa uno de sus momentos más delicados desde el final de la Guerra Fría. Las declaraciones realizadas por Donald Trump durante su reunión con el secretario general de la OTAN, el neerlandés Mark Rutte, han vuelto a evidenciar una divergencia estratégica que va mucho más allá del debate sobre porcentajes de gasto militar. En esta ocasión, el presidente estadounidense no solo acusó a varios socios europeos de haber “decepcionado” a Washington durante la ofensiva contra Irán, sino que señaló de forma especialmente dura a España, país al que volvió a situar en el centro de sus críticas.

El episodio revela dos dinámicas simultáneas que están redefiniendo el equilibrio atlántico. Por un lado, una Casa Blanca que exige lealtad política y apoyo operativo a sus iniciativas militares. Por otro, una Europa que empieza a prepararse para un escenario en el que la protección estadounidense ya no puede darse por garantizada.

La polémica surge a raíz de la intervención militar conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán. Según Trump, numerosos aliados europeos se mantuvieron al margen de la operación y evitaron ofrecer apoyo logístico o político significativo. Durante su encuentro con Rutte en la Casa Blanca, el mandatario estadounidense expresó abiertamente su malestar. “Nos decepcionaron. No necesitábamos ayuda en esto para nada. Demolimos a (Irán) literalmente en la primera semana, pero habría sido agradable que hubieran dicho: ‘Nos gustaría ayudar’”.

El reproche no se dirigió únicamente a España. Trump incluyó en sus críticas a Reino Unido, Alemania, Francia e Italia, es decir, prácticamente todas las grandes potencias militares europeas. Sin embargo, el caso español adquirió una relevancia especial porque Madrid se negó tanto a incrementar el gasto militar hasta el 5% del PIB como a autorizar el uso de determinadas instalaciones militares para operaciones relacionadas con la campaña contra Irán.

La respuesta presidencial fue especialmente agresiva. “España es como una película de horror. Terrible, no quieren pagar nada. Se creen que les va a salir gratis”. Estas declaraciones prolongan una línea discursiva que Trump mantiene desde hace años y que identifica a determinados aliados europeos como beneficiarios de la protección estadounidense sin asumir, a su juicio, una parte proporcional de los costes.

El papel de Mark Rutte y su intento de rebajar la tensión

En medio de esta escalada verbal, Rutte ha desempeñado un papel complejo. Como secretario general de la OTAN, su prioridad consiste en evitar una fractura pública entre Washington y los aliados europeos en vísperas de la cumbre de Ankara. Durante la reunión con Trump intentó presentar una visión más conciliadora de la participación europea en la crisis de Irán. Defendió que numerosos países sí habían facilitado apoyo logístico y recordó que miles de vuelos estadounidenses habían operado desde instalaciones europeas.

La estrategia de Rutte parece responder a una necesidad evidente: preservar la cohesión interna de una alianza que se enfrenta simultáneamente a la guerra en Ucrania, a la amenaza rusa y a la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China. Sin embargo, sus intentos de mediación chocan con una realidad cada vez más visible. Washington y varias capitales europeas ya no comparten necesariamente la misma visión sobre cómo utilizar la fuerza militar fuera del espacio euroatlántico.

Aunque Trump personalizó sus críticas en España, el desacuerdo afecta en realidad a buena parte de Europa occidental.

Madrid rechazó que las bases de Rota y Morón fueran utilizadas en determinadas fases de la operación contra Irán. Italia adoptó una postura similar respecto a algunas solicitudes estadounidenses relacionadas con instalaciones militares en su territorio. Francia y Alemania también mantuvieron reservas sobre la intervención.

La diferencia es que España ha quedado especialmente expuesta porque el Gobierno de Pedro Sánchez continúa defendiendo que el gasto militar español no debe superar el 2,1% del PIB, una cifra muy inferior a los objetivos que impulsa Washington. Esta posición ha generado incomodidad entre numerosos socios europeos, que consideran inevitable un incremento sustancial de las inversiones en defensa durante los próximos años.

El E5 y la construcción de un nuevo pilar europeo de defensa

Mientras Trump expresaba su frustración en Washington, las cinco principales potencias militares europeas celebraban una reunión de enorme relevancia estratégica en Berlín. Allí coincidieron el canciller alemán Friedrich Merz, el presidente francés Emmanuel Macron, la primera ministra italiana Giorgia Meloni, el primer ministro polaco Donald Tusk y el entonces primer ministro británico Keir Starmer.

El llamado E5 nació originalmente para coordinar el apoyo europeo a Ucrania, pero ha evolucionado hacia algo mucho más ambicioso: convertirse en el núcleo de una futura arquitectura de defensa europea capaz de compensar una eventual reducción del compromiso estadounidense.

La reunión dejó un mensaje claro. Europa quiere seguir dentro de la OTAN, pero también desea fortalecer su capacidad de actuación autónoma. Merz resumió esa visión al señalar que los países participantes pretenden construir una relación transatlántica “más equilibrada”.

La principal conclusión del encuentro fue el compromiso de aumentar significativamente los presupuestos de defensa. Alemania anunció su intención de alcanzar el 3,5% del PIB antes de 2029. Francia, Polonia, Italia y Reino Unido respaldaron igualmente una senda de incremento sostenido del gasto.

Los líderes europeos acordaron profundizar la cooperación en ámbitos considerados esenciales para reducir la dependencia de Estados Unidos, tales como la defensa aérea y antimisiles, los sistemas de largo alcance, la inteligencia artificial aplicada a la defensa, la logística estratégica, la inteligencia militar y las capacidades industriales conjuntas. El objetivo de estas medidas es reforzar lo que muchos dirigentes denominan ya el “pilar europeo de la OTAN”.

No se trata de sustituir a la Alianza Atlántica, sino de asegurar que Europa pueda asumir más responsabilidades si Washington decide concentrar sus recursos en el Indo-Pacífico y en la competencia con China.

La próxima cumbre aliada en Ankara se celebrará bajo la sombra de estas tensiones.  La paradoja es evidente. Las críticas estadounidenses están acelerando precisamente el proceso que Washington lleva años reclamando: una Europa más fuerte militarmente y más capaz de defenderse por sí misma.

Sin embargo, ese mismo proceso también puede transformar el equilibrio interno de la OTAN. Cuanto mayor sea la autonomía estratégica europea, menor será la dependencia política respecto a Estados Unidos. @mundiario