La guerra entre Rusia y Ucrania ha entrado en una nueva fase donde la profundidad estratégica ya no pertenece exclusivamente al Kremlin. El gigantesco ataque con drones lanzado por Ucrania contra Moscú y otras regiones rusas, considerado uno de los mayores desde el inicio de la invasión en 2022, simboliza el esfuerzo de Kiev por alterar el equilibrio del conflicto y demostrar que incluso la capital rusa ya no está fuera de alcance.
Las autoridades rusas confirmaron al menos tres muertos en la región de Moscú y una cuarta víctima en Belgorod después de una oleada masiva de drones ucranianos que atravesó parte del sistema defensivo ruso durante la madrugada. Según el Ministerio de Defensa ruso, fueron interceptados 556 drones durante la noche y otros 30 posteriormente, aunque diversas fuentes independientes apuntan a que la magnitud total de la ofensiva pudo ser aún mayor.
El ataque se produjo apenas días después de uno de los bombardeos rusos más letales sobre Kiev en meses. Un misil ruso impactó contra un edificio residencial en la capital ucraniana y mató al menos a 24 civiles, incluidas tres niñas. La secuencia evidencia cómo ambos países han intensificado la llamada “guerra de las ciudades”, una dinámica en la que las infraestructuras civiles, los centros energéticos y la sensación de seguridad interna se han convertido en objetivos estratégicos.
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, asumió públicamente la autoría política de la operación y defendió su legitimidad. “Nuestras respuestas a la prolongación de la guerra por parte de Rusia y a sus ataques contra nuestras ciudades y comunidades están plenamente justificadas”, afirmó el presidente ucraniano. Además, subrayó el alcance del ataque: “La distancia desde la frontera estatal de Ucrania es de más de 500 km. La concentración de defensa antiaérea rusa en la región de Moscú es la más alta. Pero la estamos superando”.
Las palabras de Zelenski reflejan un cambio importante en la estrategia ucraniana. Durante gran parte de la guerra, Kiev centró sus esfuerzos en contener el avance ruso y proteger su infraestructura energética. Sin embargo, la creciente capacidad ucraniana para fabricar drones de largo alcance y desarrollar ataques coordinados ha abierto un nuevo frente: una mayor vulnerabilidad interna por parte de Rusia.
Moscú llevaba algunos años relativamente protegida del impacto directo de la guerra. Aunque los ataques con drones se habían vuelto más frecuentes desde 2023, la capital seguía proyectando una sensación de normalidad parcial. Este último bombardeo, sin embargo, alteró esa percepción. Videos difundidos en redes sociales mostraron incendios, explosiones y columnas de humo en distintos puntos de la región metropolitana. Vecinos de Zelenograd, Jimki y otras localidades periféricas compartieron imágenes de edificios dañados y coches en llamas.
“No pensé que la guerra llegaría a nuestra ciudad, Zelenograd”, decía una joven en uno de los vídeos viralizados tras el ataque. La frase resume el cambio psicológico que Ucrania intenta provocar: convertir la guerra, hasta ahora lejana para buena parte de la sociedad rusa, en una realidad visible y cotidiana.
Los objetivos seleccionados tampoco parecen casuales. Diversos análisis independientes apuntan a que los drones ucranianos buscaban infraestructuras relacionadas con la industria militar y energética rusa. Entre ellas figuran instalaciones vinculadas a la fabricación de misiles de crucero, parques tecnológicos de microelectrónica, estaciones de bombeo de combustible y la refinería de Moscú en Kapotnia.
El Servicio de Seguridad de Ucrania aseguró posteriormente que la operación había sido coordinada junto con las Fuerzas Armadas ucranianas y que incluía ataques contra infraestructuras militares, sistemas antiaéreos y objetivos logísticos tanto en Moscú como en Crimea ocupada.
La ofensiva también generó importantes alteraciones en el tráfico aéreo ruso. Los aeropuertos de Sheremétievo y Vnúkovo registraron cientos de vuelos cancelados o retrasados. Aunque el Ministerio de Transportes ruso aseguró que las operaciones continuaban “con normalidad”, los paneles de información mostraban un escenario mucho más caótico.
La magnitud del ataque tiene además un fuerte componente simbólico. Apenas una semana antes, Moscú había celebrado el desfile del Día de la Victoria bajo fuertes medidas de seguridad y con una tregua parcial impulsada por Donald Trump para evitar incidentes durante la conmemoración soviética. Aun así, el ambiente en la capital rusa estuvo marcado por restricciones aéreas, cortes de internet móvil y temor a ataques ucranianos.
Ese contexto ayuda a entender por qué Kiev busca ahora aumentar la presión precisamente sobre Moscú. Ucrania sabe que difícilmente puede competir con Rusia en volumen de producción militar o recursos humanos, por lo que intenta compensar esa desventaja mediante operaciones de desgaste profundo: ataques a refinerías, depósitos de combustible, aeródromos y centros industriales lejos del frente.
La lógica estratégica es doble. Por un lado, debilitar la capacidad logística rusa y elevar el coste económico de la guerra. Por otro, erosionar la percepción de invulnerabilidad que el Kremlin ha intentado mantener entre la población rusa desde 2022.
Sin embargo, el desequilibrio militar entre ambos países sigue siendo enorme. Rusia continúa lanzando ataques mucho más devastadores y frecuentes sobre territorio ucraniano. Según Zelenski, solo esta semana Moscú disparó más de 3.170 drones de ataque, 1.300 bombas guiadas y 74 misiles contra Ucrania. La diferencia en capacidad destructiva sigue favoreciendo claramente al Kremlin.
Pero Ucrania parece haber asumido que no puede limitarse a resistir defensivamente. Ante un frente estabilizado parcialmente y unas negociaciones diplomáticas prácticamente paralizadas, Kiev busca modificar el cálculo político ruso demostrando que la guerra también puede afectar directamente a la retaguardia del país invasor.
La evolución tecnológica del conflicto está acelerando este cambio. Los drones baratos, de largo alcance y producción masiva han transformado la guerra moderna. Lo que antes requería aviación estratégica o misiles costosos ahora puede ejecutarse mediante enjambres de aparatos relativamente económicos capaces de saturar sistemas defensivos avanzados. @mundiario
