Por: Héctor E. Contreras.
Romanos 5:7-8 y Juan 15:13.
El misionero canadiense Don Richardson, pasó varios años, para él frustrantes, entre las tribus de los Sawi y Haenam en Nueva Guinea. Había partido de Estados Unidos junto a la joven Carol Soderstrom, con quien se casaría más adelante. Su misión era llevar el mensaje de Jesucristo a estas tribus, cuya cultura era de la edad de piedra. Su mensaje chocaba una y otra vez con las inusuales creencias de estas. Los valores cristianos de amor y perdón no llamaban la atención de ellos, porque consideraban el engaño como su virtud más alta. Cuando Don Richardson les contó la historia de Jesús, hubo un incidente que despertó su interés: ¡el relato de la traición de Judas! Para ellos, Judas era un verdadero héroe.
“Mas, ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación”, Romanos 10:8-10. El apóstol Pablo asegura que la justicia que es por la fe no demanda mérito o esfuerzo humano alguno. Cristo ya ha hecho lo necesario para nuestra salvación. La confesión declara, confirma y sella la creencia del corazón. La palabra “creyeses” que aparece en el verso 9, nace el griego “pisteuo”, que es igual a la forma verbal de pistis, “fe” y significa: “confiar en, tener fe en, estar plenamente convencido de, reconocer, depender de alguien”. Pisteuo es más que creer en doctrinas o en artículos de fe. Expresa dependencia y confianza personal que deviene en obediencia. El vocablo implica sometimiento a los propósitos de Dios y una confesión positiva del señorío de Jesucristo para aquellos que en él creen.
También, sobre estos versículos, es necesario publicar el significado de la palabra “confesar”, del griego “homologeo”, que tiene la connotación de “una responsable declaración pública por la cual se establece una relación legal mediante un contrato”.
Con nuestras palabras “contratamos” la salvación que por su parte Dios ha proporcionado mediante la obra y el poder de la sangre de Cristo Jesús y esto es un principio en la vida. Te invito a que aceptes los “contratos” de Dios para toda tu necesidad, dotándote con la confesión de tu creencia en Jesús.
“En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos”, I-Juan 3:16. El sacrificio de Cristo es tanto la prueba de su amor como la norma de nuestro propio amor. El sabio se toma tiempo para discernir sobre el espíritu que está detrás de toda enseñanza o palabra. A menos que se profese la encarnación real de Jesucristo, el Hijo de Dios nacido virginalmente, tal espíritu no es de Dios. El fruto de la fe es obediencia a los mandamientos de Dios y el resultado de obedecer a Dios se manifiesta en el amor por los demás. Es conocer que el amor niega sus propios intereses en beneficio de otros, y se manifiesta en la práctica.
“Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”, Romanos 5:7-8. Para alcanzar la salvación de nuestras almas, no tuvimos que presentarnos como justos delante de Dios antes de que enviara a Cristo para ganar nuestra salvación y librarnos de todo pecado. Es el mismo autor de esta carta que nos dice: “¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno”, Romanos 3:9-10. El “nosotros” incluye a los judíos, sin embargo, existe un contraste con el “ellos”, porque se refiere a todos los pueblos gentiles; es decir, a todos nosotros.
Fue el mismo Jesús quien dijo: “Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará”, Juan 12:26. El amor es servicial y fraternal. El amor tiene espíritu de servicio. La mentalidad del mundo jamás entenderá o aceptará este llamado. Un siervo es el que acepta y reconoce que está subordinado a quienes sirve, uno que está dispuesto a renunciar al prestigio social de nuestra escala humana de valores. Jesús dice que quienes aceptan servirle, es decir, servir al mundo en su nombre, serán honrados por el Padre Celestial. ¡Cada verdadero servidor será, finalmente, honrado por aquél a quien sirve y a quien le ha prometido honra por ese servicio! ¡Si nosotros seguimos y servimos a nuestro Rey y Señor, en ese acto de servicio somos elevados a un lugar de honor!.
¿Cómo podría yo llegar a un pueblo tan violento? Fue la pregunta que se hizo el misionero Don Richardson. Pensaba partir de Nueva Guinea a pesar de que la tribu de los Sawi le pedía que permaneciera allí. Antes de su partida, los Sawi y sus enemigos mortales, la tribu de los Haenam, montaron una elaborada ceremonia frente a su residencia. Era un esfuerzo final para convencer al misionero de que se quedase. Toda la aldea se reunió para observar el suceso. Todos estaban en silencio, excepto la esposa del jefe de los Sawi. En medio del silencio de aquella selva, solo se pudo escuchar el grito estridente de una mujer, la esposa de este hombre, porque le había arrancado de entre sus pechos a su hijo de apenas seis meses.
Mientras lo sostenía con un brazo en el aire, el jefe Sawi cruzó el espacio que separaba a una tribu de la otra donde estaba el jefe enemigo y entregó a su hijo en sus manos. Un miembro de la tribu le explicó a Richardson que la tribu Haenam le daría otro nombre al niño y lo criaría como si fuera uno de los suyos y mientras viviera este niño, no existirían más enfrentamientos entre ellos. Aunque con dudas, Richardson, en ese día memorable, detectó la única excepción: “El niño de la paz”. Para el misionero, el niño de la paz fue el puente sobre el abismo que separaba a aquellas tribus y el sacrificio del hijo del jefe de los Sawi llevó la paz para aquellos hombres y mujeres de aquellas tierras lejanas. Luego de lo acontecido, aquellas tribus pudieron conocer y aceptar el sacrificio de Jesucristo cuando fue elevado en aquella cruz del Monte Calvario hasta morir como el más vil pecador, proclamando “!Consumado es, consumado es!” Como el niño de la paz en Nueva Guinea, Jesucristo hoy es el puente sobre el abismo que te puede llevar a encontrarte con él y hallar la paz que necesita tu corazón, tu alma, tu espíritu.
Dios nos bendiga grandemente, amados del Señor y puedan conocer su paz.



