Las elecciones de medio mandato de Estados Unidos no solo decidirán quién controla el Congreso durante los dos últimos años de la presidencia de Donald Trump. También determinarán hasta qué punto la Casa Blanca podrá mantener su actual política exterior sin encontrar obstáculos parlamentarios. Ucrania, Irán, Israel, Rusia, la OTAN y la guerra comercial con Europa figuran entre los asuntos que podrían verse afectados por un cambio de mayorías en la Cámara de Representantes y el Senado.
Los sondeos publicados antes de la votación del 3 de noviembre ofrecen a los demócratas una ventaja en la intención de voto nacional. Una encuesta de Ipsos realizada entre el 29 de octubre y el 2 de noviembre situaba a sus candidatos en el 52%, frente al 44% de los republicanos. Sin embargo, el resultado nacional no determina por sí solo el reparto de escaños: la Cámara de Representantes parece más favorable a la oposición, mientras que la batalla por el Senado presenta mayores dificultades.
La cuestión central es qué capacidad tendría un Congreso demócrata para modificar las decisiones de Trump. La respuesta exige distinguir entre poder legislativo, control presupuestario y autoridad presidencial. El presidente conserva amplias competencias en política exterior y como comandante en jefe, pero el Congreso controla la aprobación de leyes, los fondos federales y buena parte de los instrumentos de supervisión del Ejecutivo.
La guerra contra Irán, iniciada el 28 de febrero de 2026 sin una autorización previa específica del Congreso, podría convertirse en el principal escenario de enfrentamiento institucional. Al respecto, los demócratas sostienen que Trump ha ampliado las competencias presidenciales en materia militar sin contar con el respaldo parlamentario exigido por el equilibrio constitucional estadounidense. Según informes de Reuters, los legisladores demócratas han respaldado repetidamente resoluciones para poner fin a las operaciones si la Administración no obtiene la debida autorización del Capitolio. De hecho, una de esas iniciativas recibió incluso el apoyo de algunos republicanos, aunque la Casa Blanca no modificó su actuación por ello.
Si los demócratas controlan una o ambas cámaras, podrían exigir comparecencias públicas de los responsables de Defensa, solicitar información sobre los objetivos militares y condicionar la financiación de nuevas operaciones. También tendrían capacidad para impulsar investigaciones sobre el coste de la guerra, sus consecuencias energéticas y las decisiones adoptadas por la Administración.
En declaraciones a EL PERIÓDICO, la investigadora principal del Real Instituto Elcano Carlota García Encina considera que una victoria demócrata no provocaría necesariamente una ruptura radical de la política exterior de Trump, pero sí elevaría el coste político de sus decisiones. En el caso iraní, el Congreso podría dificultar la financiación de nuevas operaciones y obligar a debatir públicamente los objetivos y el alcance del conflicto.
No obstante, una mayoría demócrata no podría ordenar por sí sola la retirada de las tropas. Para imponer una ley contra el criterio presidencial tendría que superar un eventual veto de Trump, algo que exige dos tercios de los votos en ambas cámaras. Con mayorías ajustadas, ese escenario resulta poco probable.
Ucrania y Rusia: posibilidades de recuperar el apoyo estadounidense
Ucrania sería otro de los ámbitos donde un cambio en el Congreso podría tener consecuencias importantes para Europa. Actualmente, Trump ha reducido considerablemente la ayuda militar y financiera directa de Washington a Kiev, mientras mantiene una relación más favorable con Moscú que la defendida por anteriores administraciones estadounidenses. Asimismo, las decisiones sobre las sanciones energéticas a Rusia han provocado fricciones con legisladores de ambos partidos; de hecho, Reuters informó sobre las duras críticas que surgieron después de que Trump levantara determinadas restricciones al diésel ruso y concediera nuevas exenciones a las sanciones energéticas.
Un Congreso controlado por los demócratas podría recuperar la iniciativa legislativa para aprobar paquetes de asistencia a Ucrania, reforzar las sanciones contra Rusia y exigir explicaciones sobre las negociaciones de la Casa Blanca con Vladimir Putin. El congresista Gregory Meeks, que podría presidir la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes si los demócratas recuperan el control, ha promovido medidas para bloquear el regreso del diésel ruso al mercado internacional.
El periodista Brandon Conradis, citado por Deutsche Welle, señala que los demócratas podrían impulsar nuevas leyes de ayuda a Ucrania. Su aprobación dependería, sin embargo, de ambas cámaras y de la respuesta presidencial. Si Trump las vetara, sería necesario reunir una mayoría de dos tercios para superar el bloqueo.
Para los gobiernos europeos, esta posibilidad tendría un valor estratégico. La continuidad del apoyo estadounidense influye directamente en la capacidad militar ucraniana y en la planificación de la defensa europea. Pero conviene no confundir una mayoría demócrata con una restauración automática de la política de Joe Biden: el Congreso puede facilitar recursos y aumentar la presión, pero no sustituye al presidente en todas las decisiones diplomáticas y militares.
La relación con Israel también podría experimentar cambios. El respaldo a las operaciones militares israelíes ha perdido apoyos entre los demócratas debido al elevado número de víctimas civiles en Gaza, la violencia en Cisjordania y la estrecha relación de Benjamin Netanyahu con los republicanos.
Según los datos de Reuters, la ayuda militar estadounidense a Israel alcanzó los 3.800 millones de dólares en el último ejercicio fiscal, una asistencia que genera debate interno ya que cerca de la mitad de los representantes demócratas votaron durante el verano a favor de reducirla. Otros legisladores, aunque no respaldaron un corte completo, defendieron la imposición de restricciones a la entrega de determinadas armas, como las bombas pesadas. Por ello, una mayoría demócrata en el Congreso podría intentar condicionar las transferencias de armamento, exigir garantías sobre su utilización o limitar partidas concretas. Sin embargo, tampoco cabe anticipar un embargo automático, puesto que dentro del propio partido existen marcadas diferencias entre los sectores más críticos con Netanyahu y los legisladores que mantienen una posición favorable a la alianza bilateral.
Europa y la OTAN: más supervisión, pero no una garantía de continuidad
Para Europa, uno de los asuntos más sensibles es la presencia militar estadounidense en el continente. Trump ha anunciado la retirada de 5.000 soldados de Alemania y cancelado el despliegue de otros 4.000 en Polonia. Estas decisiones han reavivado las dudas sobre la fiabilidad del compromiso estadounidense con la seguridad europea.
Sin embargo, el Congreso ya ha demostrado que puede establecer límites. La ley de defensa para 2026, aprobada en diciembre de 2025 con mayoría republicana en ambas cámaras, restringe la posibilidad de reducir la presencia militar estadounidense en Europa por debajo de 76.000 efectivos. También exige evaluaciones sobre las consecuencias para la seguridad de Estados Unidos y de la OTAN, consultas con los aliados y determinadas garantías sobre equipamiento e instalaciones.
Una mayoría demócrata podría reforzar esos mecanismos de supervisión y dificultar nuevas retiradas. También podría exigir explicaciones sobre la revisión de la disposición de fuerzas estadounidenses en Europa y sobre la distribución de responsabilidades dentro de la Alianza Atlántica.
Pero el cambio de mayoría no eliminaría una tendencia que trasciende a Trump: Washington quiere que los países europeos asuman una parte mayor de la defensa convencional de la OTAN. El concepto de una «OTAN 3.0», asociado al subsecretario de Guerra para Política, Elbridge Colby, refleja precisamente la intención de liberar recursos estadounidenses para el Indo-Pacífico y concentrar más capacidades en la competencia con China.
Por tanto, incluso con un Congreso demócrata, Europa tendría que afrontar una mayor responsabilidad militar. La diferencia podría estar en el ritmo, las condiciones y el grado de coordinación con Washington.
El comercio exterior constituye otro frente de tensión. La Constitución atribuye al Congreso competencias para regular el comercio internacional, aunque durante décadas se han delegado amplias facultades en el Ejecutivo. Una mayoría demócrata podría intentar limitar la capacidad de Trump para imponer nuevos aranceles, retirar determinados gravámenes o exigir autorización parlamentaria para medidas comerciales de gran alcance.
España y otros países europeos podrían beneficiarse de una reducción de las tensiones arancelarias, especialmente en sectores como el agroalimentario, la automoción y la industria. Sin embargo, cualquier modificación legislativa tendría que superar las resistencias presidenciales y, en su caso, un veto.
Además, las comisiones parlamentarias podrían investigar la llamada diplomacia empresarial de Trump: acuerdos internacionales, relaciones económicas y posibles conflictos de intereses vinculados a personas próximas a la Casa Blanca. El objetivo sería aumentar la transparencia sobre cómo se relacionan los intereses privados y las decisiones diplomáticas. El alcance real de esas investigaciones dependería de la documentación disponible, las protecciones legales aplicables y la capacidad de las comisiones para obtener testimonios.
La victoria demócrata ofrecería a Europa instrumentos adicionales para defender la continuidad de la cooperación transatlántica, pero no resolvería las diferencias estratégicas que han surgido durante la presidencia de Trump. Tampoco garantizaría que Washington vuelva a asumir el mismo nivel de responsabilidad militar, financiera y diplomática que durante la Administración Biden.
Las elecciones permitirán observar, además, qué corrientes ganan influencia dentro del Partido Demócrata: los sectores centristas partidarios de mantener una política exterior internacionalista o las posiciones más progresistas, críticas con el gasto militar y con determinadas alianzas, especialmente la relación con Israel.
Para Europa, el escenario más probable no es una vuelta automática al pasado, sino una relación transatlántica más condicionada por la política interna estadounidense. La cuestión ya no consiste únicamente en quién ocupa la Casa Blanca, sino en qué consenso existe en Washington sobre el papel de Estados Unidos en el mundo y cuánto están dispuestos sus aliados europeos a asumir por sí mismos. @mundiario
