Por: Héctor E. Contreras.
Efesios 4:1-6.
Sucedió en la ciudad de Seattle, en Estados Unidos de América. En una escuela para niños especiales, los directores y profesores de la misma invitaron a los padres de los alumnos, niños entre 8 y 12 años, para que sus hijos participaran en una competencia de atletismo entre ellos. Llegó el día esperado, donde tanto los padres como los niños de la escuela se encontraban todos llenos de entusiasmo rebosante por el evento que se daría inicio dentro de unos minutos. Todos los participantes en la pista y en sus puestos de arranque cada uno, el director sopla su pito para dar inicio a lo tanto esperado y al instante, todos regocijados por lo que se estaba llevando a cabo en su escuela, arrancan, algunos con torpeza por su estado y condición de niños especiales, van corriendo por la pista hasta poder lograr alcanzar la meta final. En el trayecto, uno de los niños se cae y comienza a llorar; unos le pasan por el lado y continúan su marcha, luego, una niña, al llegar al que había sufrido la caída, se detiene, dobla sus rodillas y le da un beso en la mejilla y le dice cariñosamente: “Esto te hará sentir mejor”.
“Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos”, Efesios 4:1-6. Tanto en el 3:1 y 6:20 de esta carta, el apóstol Pablo da a conocer su estado de estar preso, su diferencia de los demás detenidos, es que él es un preso en el Señor, y nos recuerda a todos que, aún el autor de esta carta estando en la cárcel todavía insiste en que Cristo es su verdadero captor. Cuando él dice “digno de la vocación”, significa “de suficiente peso”, una cualidad que se origina en lo que Cristo ha derramado sobre nosotros, más allá de todo lo digno que podamos poseer.
La unidad es una responsabilidad de todo creyente y debe ser buscada seriamente por cada hombre o mujer que ha confesado a Jesucristo como su Salvador personal. Un “bautismo”: Probablemente se refiere al bautismo en agua, la usual manera de proclamar la fe en Jesucristo. La cuestión no es tanto la forma que adopte esta práctica como el hecho de si expresa nuestra obediencia al Señor. El bautismo del creyente por el Espíritu Santo en el cuerpo de Cristo y el bautismo en el Espíritu o por el Espíritu Santo para servirle poderosamente, no son temas que aquí se cuestionan, sino que se mantienen como realidades espirituales de unidad en el bautismo en agua. Para reforzar lo que acabo de escribir, transcribo a continuación los textos siguientes: “Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquel que me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”, Juan 1:33-34 y “Porque Juan ciertamente bautizó con agua, más vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días. Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”, Hechos 1:5 y 8.
Los versos 5 y 6 de Efesios 4, nos dicen: “Un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos”. La unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es el soporte del creyente para su crecimiento espiritual y también para la unidad de la fe y esta unidad es la que nos lleva al desarrollo y crecimiento dentro de la Iglesia del Señor. La unidad debe estar presente, no solo en el seno de la Iglesia del Señor, sino en todo sentido en general.
“Sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor”, Efesios 4:15-16. Unidos, solamente unidos, podemos alcanzar grandes metas y lograr lo que nos propongamos, siempre bajo los lineamientos y propósitos de nuestro Dios y Señor. Antes, en el verso 13, Pablo nos declara lo siguiente:
“Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y el conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.
Los progresos en madurez, estabilidad e integridad, que tienen lugar en la experiencia de cada miembro de la Iglesia, da lugar al crecimiento (expansión cuantitativa) y a la edificación (fortalecimiento interno) de todo el cuerpo.
Cuando Jesús, el Señor oraba por los futuros creyentes dijo:
“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste”, Juan 17:20-21. El gran deseo de Jesús era que sus discípulos llegasen a ser uno. Quería que se uniesen para ser un poderoso testimonio de la realidad del amor de Dios. ¿Ayuda a la unidad del cuerpo de Cristo que es la Iglesia? Tú puedes orar por otros, evitar el chisme, edificar a otros, trabajar juntos en humildad, dar de tu tiempo y dinero, exaltar a Cristo y rehusar desviarte con discusiones sobre asuntos que provoquen división. Jesús oró pidiendo unidad entre los creyentes basándose en la unidad con él y el Padre. Los cristianos pueden conocer la unidad entre ellos si viven unidos a Dios.
“Las bacterias no tienen sesgo de sentimientos y del ego, buscan el beneficio de la comunidad porque no tienen valor como individuos sino como sociedad”, Francisco Martínez Mojica, microbiólogo. Fue lo mismo que sucedió con los niños de la introducción. Cuando vieron a su compañero caído, tanto los que habían pasado y los que iban llegando, se detuvieron junto a él, le ayudaron a levantarse y se abrazaron hombro con hombro y todos juntos llegaron a la meta. Al final, todos fueron triunfadores. Es lo mismo que nuestro Señor y Dios quiere con todos nosotros, que nos olvidemos de lo que es nuestro propio yo y nos unamos como hombres y mujeres, como esposos e hijos, forjando una familia en el vínculo de la unidad que es en Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador.
Que la gracia de Dios Padre, el poder de la sangre de su Hijo Jesucristo y la comunión del Espíritu Santo, sea con ustedes. ¡Gozo y paz en Cristo Jesús!




