Vinícius o Mbappé: Mourinho sabe que solo uno puede irse de rositas sin defender

El triunfo por 4-1 cosechado frente al Sevilla devolvió la calma a Chamartín tras las dudas sembradas en Roma, pero dejó una conclusión táctica insoslayable sobre el tapete. El Real Madrid funcionó con fluidez asociativa, mordió tras pérdida y exhibió un bloque aseado que supo resguardar a Thibaut Courtois cuando los hispalenses intentaron rebelarse. Sin embargo, detrás de la fiesta goleadora y del alivio general en las gradas, la radiografía sin balón volvió a proyectar una grieta evidente que amenaza con reabrirse de par en par ante rivales de mayor colmillo competitivo.

La tarde en Concha Espina ofreció la estampa de un colectivo solidario en labores de repliegue, donde futbolistas de vocación creativa como Arda Güler, Yan Diomande o Jude Bellingham entendieron a la perfección que la disciplina no admite excepciones. El dispositivo de contención funcionó porque diez futbolistas remaron al unísono, achicando espacios y cubriendo las subidas de los laterales con rigor castrense. Todos corrieron, apretaron las líneas de pase rivales y se remangaron en beneficio del grupo; todos, desde luego, con una única y llamativa salvedad: Kylian Mbappé.

El atacante francés firmó un doblete de auténtica jerarquía que maquilla cualquier reproche meramente numérico, incluyendo un sutil desborde a Odysseas Vlachodimos y una pena máxima ejecutada a lo Panenka con aplomo de estrella mundial. No obstante, en la fase destructiva su aportación volvió a ser puramente testimonial. Mientras el resto del equipo tejía una red solidaria para neutralizar las intentonas sevillistas, el astro parisino se desentendió sistemáticamente de la presión coordinada, limitándose a contemplar el retroceso de sus compañeros desde la distancia a la espera de cazar un contragolpe.

Este comportamiento pasivo sin la pelota no supone una sorpresa mayúscula en la trayectoria de Mbappé, pero adquiere una gravedad crítica cuando convive en el mismo ecosistema con Vinicius Júnior. En el fútbol de máxima exigencia, regalar el repliegue de dos atacantes equivale a un suicidio táctico anunciado. Ninguna estructura de élite puede sostener a dos estrellas exentas del peaje del esfuerzo defensivo sin que el andamiaje de la medular y la zaga termine colapsando por mero desgaste físico y desorden posicional.

Durante temporadas enteras, Vinicius asumió un rol sumamente desgastante por la banda zurda, devorando metros de ida y vuelta para apoyar a su lateral antes de que el desajuste de galones en la caseta alterara su mentalidad. El brasileño ha demostrado con creces tener el motor y la potencia necesarios para colaborar en la presión alta, aunque el peso de su estatus ofensivo lo empuje ahora a desear las mismas prerrogativas que ostenta el francés. Permitir que ambos se desentiendan del balance condena a los centrocampistas a una carrera de fondo ingrata que casi siempre desemboca en descalabro.

La encrucijada de Mourinho: la convivencia insostenible de dos figuras

La ecuación es tan elemental como implacable en el fútbol moderno: en este Real Madrid solo uno puede tener licencia para irse de rositas sin defender. Hansi Flick lo entendió, Lamine Yamal no defiende ni que lo obligue Dios, y así le va al cuadro azulgrana que anda lanzado en este arranque de temporada.

Volviendo al Madrid, la pizarra no dispone de espacio para albergar a dos espectadores de lujo cuando el adversario maneja el esférico, y el vestuario no soportará la injusticia de que diez se desgasten mientras dos caminan con aparente desidia. Si el plan de juego pasa por liberar a un ariete para explotar su velocidad en las transiciones, el entrenador debe marcar la jerarquía sin titubeos y exigir al otro un compromiso innegociable con el sudor.

José Mourinho, curtido en vestuarios volcánicos y obseso del orden colectivo, lo sabe mejor que nadie. El técnico luso ha demostrado sobrada capacidad para sentar precedentes disciplinarios ejemplarizantes, tal como evidenció al mandar al banquillo a Vinicius tras su desconexión en el duelo continental frente a la Roma. En aquel choque, el estratega portugués no toleró la falta de auxilio a la zaga y no dudó en aplicar mano dura, enviando un aviso nítido a la caseta sobre el peaje innegociable que demanda el escudo blanco.

Ahora la papeleta del técnico reside en aplicar el mismo baremo corrector con el 10 francés, una misión infinitamente más espinosa debido al blindaje institucional y mediático que acompaña a Mbappé. Dejar pasar su desidia defensiva ante el Sevilla puede considerarse un peaje asumible gracias a la holgura en el marcador y a las carencias del rival, pero en plazas más temibles ese desbalance cobrará un precio demoledor. El doble rasero nunca ha sido una fórmula saludable para conservar la armonía dentro de una plantilla repleta de egos millonarios.

Con los compromisos frente al Leipzig en Champions y la visita al Camp Nou asomando de forma inmediata en el horizonte, el margen para tolerar concesiones tácticas ha expirado por completo. Flick y su voraz FC Barcelona han edificado una maquinaria goleadora que castiga con extrema crueldad a cualquier bloque descompensado. Si el conjunto merengue acude al Clásico concediendo superioridades por el flanco débil porque uno de sus puntales decide no presionar ni bascular, los desajustes terminarán por desnudar a la defensa sin remedio.

El triunfo balsámico en Chamartín deja un aviso mayúsculo envuelto en fiesta de goles: la contundencia en los metros finales no tapará eternamente la deserción colectiva en campo propio. Con Mbappé ya no hay debate que valga; a estas alturas toca asumir que el francés no va a defender jamás.

Por eso, para el madridismo, la sanción de Vinicius en LaLiga supone un respiro coyuntural, porque siempre será menos dramático sostener a un descolgado que a dos. El verdadero incendio táctico llegará cuando el brasileño cumpla su castigo y vuelva a estar disponible: ahí Mourinho ya no podrá esquivar el bulto y tendrá que tomar una decisión inaplazable de vestuario. O sienta a una de sus dos estrellas, o le deja claro a Vinícius que a él sí le toca correr y sacrificarse por el equipo. @mundiario