Israel ha decidido enviar un mensaje simultáneo a Damasco y Ankara: no está dispuesto a aceptar una presencia militar turca que, a su juicio, pueda alterar el equilibrio estratégico en Siria. La advertencia llegó en forma de ataque aéreo contra la base de Abu al-Duhur, en la provincia de Idlib, una instalación que llevaba más de una década fuera de servicio y cuya posible reactivación había despertado la alarma en Tel Aviv.
Los bombardeos, ejecutados el martes, dañaron la pista y otras instalaciones de la base sin causar víctimas, según las informaciones disponibles. La operación fue inicialmente atribuida a Israel por fuentes sirias y posteriormente defendida por el despacho del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu.
La explicación israelí es especialmente significativa porque sitúa el ataque en el marco de un supuesto “status quo” de seguridad entre Israel y Siria. Según el despacho de Netanyahu, Damasco estaba a punto de quebrarlo al permitir que Turquía desplegara efectivos en la instalación. “Israel advirtió repetidamente a Siria” de que ese despliegue supondría una amenaza para su seguridad.
Ese es el argumento con el que el Gobierno israelí pretende justificar una operación que va mucho más allá de la disputa entre Tel Aviv y Damasco, sino que apunta directamente a Turquía, una potencia regional en Oriente Próximo que se ha convertido en uno de los principales respaldos de la nueva Siria después de que sus milicias aliadas depusieran a la dictadura de Bachar el Asad.
Israel pretende repeler a Turquía
Abu al-Duhur no es una base cualquiera. Situada en el noroeste sirio y relativamente próxima a la frontera turca, su eventual rehabilitación permitiría a Ankara incrementar su presencia militar en una zona estratégica. La instalación estaba inutilizada desde la guerra civil y había sufrido daños durante años de conflicto. En los últimos días, sin embargo, una delegación militar turca había visitado el lugar en el contexto de las conversaciones sobre su posible recuperación y utilización. Israel interpretó esos movimientos como una señal de que Turquía podía establecer allí una presencia militar permanente.
El Gobierno de Netanyahu trata de preservar su libertad de acción militar en Siria y evitar que una potencia regional hostil a su política, Turquía, consolide capacidades militares demasiado cerca de sus intereses estratégicos. Para Ankara y Damasco, en cambio, el ataque representa una injerencia directa en la reconstrucción de las capacidades defensivas de un Estado soberano.
Ahí reside el verdadero peligro de la crisis. Siria está intentando reconstruir sus instituciones y sus fuerzas armadas después de años de guerra y 61 años de dictadura baazista. Turquía se ha convertido en uno de los principales apoyos del nuevo Gobierno sirio, encabezado por el exmilitante islamista Ahmed al-Sharaa, con cooperación en materia de entrenamiento militar, reconstrucción y seguridad. Israel observa ese proceso con una mezcla de cautela y desconfianza.
Washington pide frenar la escalada
La reacción más delicada para Jerusalén ha llegado precisamente desde Washington. Tom Barrack, enviado especial de Estados Unidos para Siria y embajador estadounidense en Turquía, calificó el bombardeo de “escalada innecesaria” y advirtió de que la ausencia de canales de comunicación eficaces podía provocar un enfrentamiento mucho más grave.
Barrack explicó que Turquía no había sido avisada previamente del ataque y que, al observar los aviones israelíes desplazándose hacia el norte, Ankara podría haber interpretado que se dirigían contra intereses turcos. Sin embargo, el episodio ilustra hasta qué punto se ha complicado la arquitectura de seguridad en Siria. EE UU quiere evitar que tres actores que mantienen relaciones distintas con Washington —Israel, Turquía y el nuevo Gobierno sirio— terminen enfrentados por una cadena de decisiones militares desproporcionadas.
Por ello, la Administración estadounidense trabaja en “un mecanismo de desconflicción” entre los tres países, destinado a establecer canales de comunicación que permitan evitar incidentes y malentendidos. Washington mantiene su alianza estratégica con Israel, pero al mismo tiempo necesita que Turquía desempeñe un papel estabilizador en la nueva Siria.
Turquía eleva el tono contra Israel
Ankara ha condenado el ataque y ha rechazado la interpretación israelí sobre sus supuestos planes militares. La respuesta turca llega en un momento de deterioro acelerado de las relaciones entre ambos países. El enfrentamiento político entre Recep Tayyip Erdogan y Netanyahu es de larga data. Turquía se ha convertido en uno de los críticos más duros de la actuación israelí en Gaza y, tras la caída del régimen de Asad, Ankara ha aumentado considerablemente su influencia sobre el nuevo poder sirio.
La cuestión de fondo es ahora si Israel está dispuesto a aceptar una Siria reconstruida con apoyo turco o si pretende mantener una capacidad de intervención suficiente para impedir que Damasco recupere unas fuerzas armadas plenamente operativas. La secuencia de los últimos meses apunta a lo segundo. Israel ha continuado atacando instalaciones militares sirias desde la caída de Assad, mientras trata de evitar que cualquier nuevo Gobierno sirio pueda acumular capacidades que considere potencialmente hostiles.
Como telón de fondo, Siria vuelve a convertirse en escenario de competición entre potencias regionales. Durante la guerra civil, el país fue terreno de enfrentamiento entre Irán, Rusia, Turquía, Estados Unidos, Israel y distintos grupos armados. Tras el derrumbe del régimen de Assad, el tablero ha cambiado, pero no las dinámicas. @mundiario
