Muere Harald V, el rey popular de la Noruega del bienestar y las libertades, a los 89 años

Harald V de Noruega ha muerto este viernes en Oslo a los 89 años. El monarca, que llevaba más de tres décadas al frente de una de las democracias más estables de Europa, había sufrido durante los últimos años diversos problemas de salud que le obligaron a pasar repetidamente por el hospital. Pero, fiel a una concepción casi literal de su oficio, nunca contempló la abdicación como una salida, sino que sería rey hasta la muerte.

Harald había padecido una anemia hemolítica y en agosto fue ingresado en un hospital de Oslo para tratar una acumulación de líquido asociada a la cortisona que recibía para controlar la enfermedad. Desde 2020, sus apariciones públicas habían quedado condicionadas por diferentes episodios médicos, aunque habitualmente retomaba sus funciones después de cada recuperación.

Ahora será su hijo Haakon quien recoja el testigo. A sus 53 años, el príncipe heredero se convierte en Haakon VIII, después de haber ejercido durante años como sustituto de su padre durante sus periodos de enfermedad. La transición no parte de cero: ambos habían construido una relación institucional y personal basada en la colaboración. El propio heredero llegó a describir su relación con su padre como un trabajo compartido “como si fuéramos un equipo”.

La muerte de Harald abre así una nueva página para la monarquía noruega, pero también para una institución que ha comenzado a experimentar un desgaste que hasta hace poco parecía difícil de imaginar.

El rey que convirtió la Corona en una institución cercana

Harald V no fue un monarca concebido para vivir encerrado en el protocolo. Su popularidad se construyó precisamente sobre la cercanía, la normalidad y una manera de entender la Corona compatible con los valores de una sociedad escandinava profundamente igualitaria. Durante años fue el miembro más valorado de la familia real en los sondeos de la agencia NTB y de la televisión pública NRK.

Y esa valoración sobrevivió incluso a sus problemas de salud. Noruega figura habitualmente entre las democracias plenas mejor valoradas en el mundo y combina un amplio Estado del bienestar con una cultura política asentada sobre las libertades individuales, el capitalismo, la igualdad y una envidiable robustez institucional derivada de una profunda raíz democrática. En ese contexto, Harald entendió que la supervivencia de la monarquía no dependía tanto de la pompa como de su capacidad para formar parte de la sociedad sin situarse por encima de ella.

 

El contraste con otras casas reales europeas es drástico. En 2016, cuando cumplió 25 años en el trono, el apoyo a la monarquía rondaba el 84 %. Este año, sin embargo, un sondeo difundido por NRK situó ese respaldo en el 60 %, el nivel más bajo registrado hasta entonces. La institución ha sufrido el impacto de varios escándalos relacionados con las nuevas generaciones de la familia real.

Pero Harald seguía siendo una excepción. En aquella misma encuesta obtuvo una valoración de 9,2 sobre 10. La reina Sonia logró un 8,6; Haakon, un 7,9. La valoración de Mette-Marit cayó, en cambio, hasta el 3,7. El dato explica buena parte del legado de Harald: la institución podía perder popularidad sin que el rey perdiera la confianza personal de los noruegos.

De príncipe olímpico a jefe de Estado

Harald nació en 1937 en Asker, cerca de Oslo. Fue el primer príncipe noruego nacido en territorio nacional desde Olav IV, en el siglo XIV. Era hijo del rey Olav V y de la princesa Marta de Suecia. Su infancia estuvo marcada por la II Guerra Mundial. Tras la invasión alemana de Noruega en 1940, su padre y su abuelo marcharon a Londres junto al Gobierno noruego en el exilio. Harald, su madre y sus hermanas se trasladaron a EE UU y regresarían a Europa después de la guerra.

Su formación fue castrense. Estudió en la Academia Militar y posteriormente completó su preparación en Oxford, donde cursó Economía y Política entre 1960 y 1962. Pero también cultivó una de sus grandes pasiones, la vela. Harald participó en los Juegos Olímpicos y en campeonatos europeos y mundiales.

Con su tripulación obtuvo medallas de oro, plata y bronce durante la década de los ochenta. La postal del príncipe navegante contribuyó a construir una personalidad pública alejada de la solemnidad excesiva. En 1957 murió Haakon VII y su hijo Olav V accedió al trono. Harald pasó entonces a convertirse en heredero y comenzó una espera que se prolongaría hasta 1991.

Sonia, la mujer por la que estuvo dispuesto a renunciar

Uno de los episodios más importantes de su vida no tuvo lugar en un palacio, sino en su relación con una joven que no pertenecía a ninguna familia real. Harald conoció en 1959 a Sonia Haraldsen, hija de un empresario textil. Tenían 22 años y se enamoraron. El problema era que la futura reina era plebeya y la Corona no consideraba adecuado que el heredero contrajera matrimonio con ella.

Durante años mantuvieron una relación discreta. Harald fue enviado a Oxford y la pareja tuvo que esperar casi una década. Finalmente, el heredero planteó una alternativa que colocó a la institución ante un dilema constitucional en la que, si no podía casarse con Sonia, renunciaría a sus derechos sucesorios o permanecería soltero. El matrimonio se celebró el 28 de agosto de 1968. La decisión rompió con una tradición que reservaba los matrimonios de los futuros monarcas a las familias reinantes. Harald eligió a Sonia y, con ello, contribuyó a modernizar la imagen de la monarquía noruega mucho antes de que otras casas reales europeas afrontaran debates similares.

La historia tiene además un curioso vínculo con España. En 1959, un baile organizado por las reinas Ingrid de Dinamarca y Federica de Grecia reunió a varios jóvenes de las familias reales europeas. Entre ellos estaban Harald y los hermanos de la futura reina Sofía de España. Hubo incluso intentos de acercar al príncipe noruego y a la princesa griega. No funcionó. Sofía acabaría casándose con Juan Carlos de Borbón en Atenas en 1962. Harald esperaría a Sonia hasta 1968.

El último gran rey de una generación

Harald pasó los últimos años de su vida sometido a una creciente vigilancia médica. En 2020 se sometió a una intervención para sustituir una válvula cardiaca implantada en 2005 y también fue operado de un tumor de vejiga. En 2021 tuvo que recuperarse de una operación de rodilla. En 2022 fue hospitalizado después de contraer la covid-19.

A comienzos de 2024 sufrió una infección respiratoria durante unas vacaciones en Malasia y necesitó atención hospitalaria y posteriormente un marcapasos. Cada episodio alimentaba las preguntas sobre su continuidad en el trono. Harald siempre respondió de la misma manera, que no pensaba abdicar. Durante sus ausencias, Haakon asumía las funciones de regente. El relevo progresivo permitió preparar a la siguiente generación sin necesidad de forzar una renuncia del monarca. Ahora esa transición deja de ser temporal.

Con la muerte de Harald, la monarquía europea avanza otro paso hacia el relevo generacional. En Suecia, Carlos XVI Gustavo sigue al frente de la Corona y su heredera es la princesa Victoria, de 49 años. En Noruega, en cambio, el cambio ya se ha producido. Harald pertenecía a una generación de monarcas nacidos antes o durante la II Guerra Mundial, cuando las casas reales todavía desempeñaban un papel simbólico muy diferente al actual.

Su genealogía conectaba además con buena parte de las familias reales europeas. Era nieto de Maud de Gales, hija de Eduardo VII del Reino Unido y esposa de Haakon VII. Por esa vía también figuraba en la línea sucesoria británica. Pero su verdadero vínculo con los noruegos no procedía de la sangre azul. Procedía de haber entendido que una monarquía moderna necesitaba parecerse a la sociedad a la que representa. @mundiario