Trump y sus mil giros: petróleo, guerras y una diplomacia sin brújula

Donald Trump vuelve a demostrar que su política exterior puede cambiar de dirección con la misma velocidad con la que cambia el escenario internacional. Venezuela pasó de ser objetivo de presión estadounidense a convertirse en socio de un gigantesco acuerdo petrolero con Delcy Rodríguez; México continúa negociando bajo la amenaza de los aranceles; Europa observa con preocupación el distanciamiento de Washington; Israel sigue siendo un aliado fundamental, aunque la guerra contra Irán también ha generado diferencias entre Trump y Netanyahu; y este 1 de septiembre Estados Unidos volvió a atacar posiciones iraníes. A primera vista parece una colección de contradicciones. En realidad, hay un patrón: Trump no parece construir alianzas permanentes, sino relaciones condicionadas por lo que considera útil para los intereses estadounidenses.

El caso venezolano es probablemente el ejemplo más llamativo. Hace apenas unos meses, Washington mantenía una política de máxima presión sobre Caracas y Delcy Rodríguez estaba bajo amenaza de acciones legales estadounidenses. Ahora, la misma Administración Trump ha alcanzado con su Gobierno un acuerdo que abre la puerta a una participación estadounidense mayoritaria en determinados proyectos petroleros venezolanos. El pacto contempla 17 campos y alrededor de 65.000 millones de barriles de reservas, además de una inversión potencial que podría superar los 100.000 millones de dólares. La Casa Blanca lo presenta como una oportunidad para reconstruir la industria petrolera venezolana y beneficiar a Estados Unidos, mientras sus críticos ven una concesión extraordinaria de soberanía económica.

La permanencia de Delcy Rodríguez en el poder añade otra capa a la aparente contradicción. Si Washington consideraba anteriormente ilegítimo el sistema político venezolano, ¿por qué ahora negocia con una dirigente que forma parte de ese mismo aparato? La respuesta puede encontrarse en la diferencia entre la política exterior ideal y la política exterior transaccional. Trump parece dispuesto a aceptar interlocutores que antes eran considerados enemigos si estos pueden garantizar objetivos concretos. En Venezuela, ese objetivo tiene nombre propio: petróleo. El acuerdo anunciado el pasado fin de semana confirma hasta qué punto los recursos energéticos pueden modificar las prioridades de Washington. Según Reuters, el nuevo pacto energético se produce en paralelo a una guerra con Irán que ya está afectando al mercado mundial del crudo.

México ofrece otro ejemplo de esta diplomacia de presión. Trump mantiene una relación particularmente compleja con Claudia Sheinbaum, una presidenta que ha evitado el enfrentamiento frontal con Washington, pero que tampoco está dispuesta a aceptar una relación de subordinación. El comercio, los aranceles, la inmigración y la seguridad han convertido la frontera en un permanente espacio de negociación. Sheinbaum ha insistido en que México quiere mantener el diálogo, pero también ha reivindicado la soberanía nacional. Trump, mientras tanto, utiliza la amenaza comercial como instrumento para obtener concesiones. No se trata necesariamente de una ruptura entre los dos países, sino de una relación en la que la incertidumbre se ha convertido en una herramienta de negociación. Reuters señala que esa incertidumbre ya está afectando las decisiones de inversión empresarial en México.

De los aliados históricos a una política exterior basada en intereses

Europa tampoco ocupa exactamente el lugar que tuvo durante décadas en la estrategia estadounidense. Trump ha cuestionado repetidamente cuánto debe pagar Estados Unidos por la defensa europea y ha exigido a los miembros de la OTAN un mayor esfuerzo militar. El problema ha dejado de ser únicamente financiero. La guerra de Irán ha demostrado que Washington y las capitales europeas no siempre comparten la misma visión sobre cuándo y cómo utilizar la fuerza. Mientras Estados Unidos profundiza su implicación militar, varios Gobiernos europeos intentan mantener canales diplomáticos y evitar una expansión todavía mayor del conflicto. La alianza atlántica continúa existiendo, pero la confianza política que la sostuvo durante generaciones ya no puede darse por garantizada.

Con Israel ocurre algo todavía más complejo. Trump ha sido probablemente uno de los presidentes estadounidenses más cercanos a Israel en términos políticos y estratégicos, pero la guerra contra Irán ha demostrado que incluso esa alianza tiene límites. Netanyahu y Trump han coincidido en considerar a Teherán una amenaza, pero no siempre han compartido los mismos objetivos ni los mismos tiempos. El conflicto ha generado tensiones entre ambos Gobiernos y ha demostrado que ser aliado de Washington no significa tener carta blanca para decidir la estrategia regional. Trump puede respaldar a Israel y, al mismo tiempo, presionar a Netanyahu cuando considera que una determinada operación perjudica sus propios intereses. La relación sigue siendo estrecha, pero ya no puede describirse simplemente como una alineación automática.

El ataque estadounidense contra Irán de este 1 de septiembre lleva esa lógica a su expresión más peligrosa. Washington volvió a lanzar ataques contra objetivos iraníes después de que Trump acusara a Teherán de intentar minar el estrecho de Ormuz y de lanzar misiles contra una base estadounidense en Jordania. Irán respondió con ataques contra posiciones estadounidenses en la región. El problema trasciende la confrontación entre dos países: por Ormuz circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial, por lo que cualquier escalada afecta inmediatamente a los mercados energéticos. Trump ha advertido además de una respuesta todavía mayor si Irán vuelve a atacar.

Y aquí aparece la conexión con Venezuela. El petróleo explica buena parte de la aparente paradoja de la política de Trump. Estados Unidos está involucrado en una guerra que amenaza una de las principales rutas energéticas del planeta y, simultáneamente, intenta asegurarse un acceso privilegiado a una de las mayores reservas petroleras del mundo. No significa que la política venezolana haya sido diseñada exclusivamente por la guerra de Irán, pero sí que ambos escenarios terminan formando parte de una misma ecuación estratégica. Energía, seguridad y capacidad de presión económica vuelven a estar profundamente conectadas. Trump parece entender el poder estadounidense también como capacidad para controlar las condiciones en las que circulan los recursos que necesita la economía mundial.

Lo verdaderamente novedoso no es que Trump cambie de posición. Es que ha convertido ese cambio en una parte central de su método. Un día amenaza, al siguiente negocia; puede presionar a México mientras busca mantener el comercio; puede distanciarse de Europa mientras exige que aumente su gasto militar; puede respaldar a Israel y discutir con Netanyahu; puede denunciar durante años al poder venezolano y terminar cerrando con Delcy Rodríguez un acuerdo petrolero de dimensiones históricas. Desde la perspectiva tradicional de la diplomacia, parece incoherencia. Desde una lógica transaccional, puede ser exactamente lo contrario: no comprometerse definitivamente con nadie y mantener siempre abierta la posibilidad de convertir a un adversario en interlocutor.

El riesgo de esa estrategia es que la imprevisibilidad puede ser útil para negociar, pero también puede destruir confianza. Los aliados comienzan a preguntarse hasta dónde llegará el compromiso estadounidense; los adversarios intentan descubrir cuáles son las verdaderas líneas rojas de Washington; y los mercados incorporan una prima de incertidumbre cada vez que Trump amenaza con nuevos aranceles, sanciones o acciones militares. La Administración puede conseguir acuerdos puntuales, pero una superpotencia no solo necesita capacidad de presión: también necesita previsibilidad. Si sus socios dejan de saber qué puede esperar de Estados Unidos dentro de seis meses, la influencia estadounidense puede comenzar a depender más del miedo que de la confianza.

Trump, por tanto, no está necesariamente perdido entre sus propias contradicciones. Puede existir una lógica detrás de sus mil vueltas: recuperar capacidad de negociación, asegurar recursos estratégicos, reducir dependencias, presionar a los aliados y utilizar la fuerza cuando considera que la diplomacia ya no produce resultados. El problema es que esa estrategia tiene un límite. El mundo no funciona como una negociación inmobiliaria en la que cada operación puede separarse de la anterior. Venezuela está conectada con el petróleo, el petróleo con Irán, Irán con Israel, Israel con Europa y Europa con la OTAN. Cada giro modifica el siguiente movimiento. Y cuando el presidente de Estados Unidos convierte la incertidumbre en una herramienta de poder, puede terminar descubriendo que el mayor riesgo no es cambiar de opinión, sino que el resto del mundo empiece a cambiar sus planes pensando que Washington puede hacerlo en cualquier momento. @Mundiario