Juicios, trincheras y votos: las claves de las elecciones que marcan el futuro de Israel y de Netanyahu

Israel acude este martes a las urnas en unas elecciones que trascienden con mucho la habitual pugna entre partidos. El país vota por primera vez desde el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 y las guerras que siguieron en Gaza, Líbano e Irán. También lo hace bajo la sombra del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y con Benjamín Netanyahu convertido de nuevo en el principal protagonista de una batalla electoral cuyo resultado puede alterar su futuro político y judicial.

Más de 7,3 millones de ciudadanos están llamados a elegir los 120 diputados de la Knéset. No votan directamente al primer ministro, el reparto de escaños determina qué líder tiene posibilidades de construir una coalición capaz de superar el umbral de 61 diputados. Y ahí está la primera gran incógnita. Los últimos sondeos dibujan una carrera muy ajustada y ningún bloque aparece con una vía sencilla hacia la mayoría absoluta.

La cita electoral supone un examen político para Netanyahu después del mayor fracaso de seguridad sufrido por Israel en décadas. El ataque de Hamás dejó más de 1.200 muertos y desencadenó una guerra que transformó la política israelí y toda la región. La oposición ha convertido la responsabilidad política por el 7 de octubre en uno de sus principales argumentos contra el primer ministro. Netanyahu ha defendido durante toda la campaña su experiencia en seguridad y su capacidad para proteger al Estado de Israel, pero sus rivales cuestionan las decisiones que precedieron al ataque y reclaman una comisión estatal de investigación.

El conflicto sigue además condicionando el debate electoral. Gaza, la amenaza iraní, la seguridad de las fronteras y el futuro de los rehenes han pesado sobre una campaña en la que la cuestión palestina, pese a su importancia internacional, ha ocupado menos espacio que la seguridad y la política interna.

Netanyahu se juega mucho más que el Gobierno

El primer ministro afronta una prueba especialmente delicada. Netanyahu es el dirigente que más tiempo ha ocupado el cargo en la historia de Israel, con casi dos décadas acumuladas en diferentes etapas, pero llega a estos comicios sometido a una presión política y judicial extraordinaria. Desde 2020 se enfrenta a un juicio por tres casos de corrupción en los que está acusado de soborno, fraude y abuso de confianza. El proceso continúa mientras Netanyahu intenta conservar el poder. Su permanencia al frente del Ejecutivo le proporciona una considerable capacidad política para defender su posición, aunque el cargo no le concede inmunidad frente al procedimiento judicial.

Una derrota tendría, por tanto, consecuencias que irían más allá de la pérdida del despacho del primer ministro. Netanyahu tendría que afrontar el proceso desde una posición política mucho más débil y sin controlar el Gobierno. La posibilidad de un indulto presidencial también dependería de un escenario político en el que sus adversarios ya han dejado claro que no consideran esa opción aceptable. El juicio convierte así las elecciones en un referéndum indirecto sobre la continuidad de Netanyahu. Sus partidarios niegan que su futuro judicial deba determinar el voto y presentan al partido conservador Likud como la garantía de continuidad en materia de seguridad. Sus adversarios sostienen que el cambio político resulta necesario para abrir una nueva etapa institucional.

Enfrente aparece Gadi Eisenkot, antiguo jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel y líder del centroderechista Yashar. Su perfil es particularmente significativo en un país donde la seguridad constituye uno de los principales criterios de voto. Eisenkot combina una imagen de militar experimentado con sus críticas a la gestión de Netanyahu antes y después del 7 de octubre. Además, su experiencia personal en la guerra —uno de sus hijos murió combatiendo en Gaza— ha reforzado una imagen pública vinculada directamente al conflicto.

Los últimos sondeos sitúan a Yashar como una de las principales fuerzas de la Knéset, por delante del Likud en varias de las encuestas más recientes. Una proyección de Kantar para Canal 11 situaba a Yashar en 22 escaños frente a 20 del Likud; otra de Canal 12 daba 23 a Eisenkot y 21 a Netanyahu. Eisenkot necesita construir una mayoría parlamentaria y ahí comienza la parte más compleja de la aritmética israelí.

Los partidos árabes pueden volver a tener la llave

El bloque contrario a Netanyahu no es homogéneo. Agrupa desde el centro y el centroderecha de Eisenkot, Naftali Bennett y Yair Lapid hasta fuerzas de centroizquierda y partidos nacionalistas laicos como Israel Beitenu, de Avigdor Lieberman. La experiencia de 2021 demuestra hasta qué punto estas alianzas pueden ser frágiles. Entonces, partidos ideológicamente muy diferentes consiguieron desplazar a Netanyahu y formar Gobierno, aunque la coalición duró apenas 18 meses.

Ahora el desafío es todavía mayor porque los sondeos no garantizan a Eisenkot una mayoría propia. El promedio de encuestas más reciente sitúa a los dos grandes bloques lejos de los 61 escaños y concede un peso considerable a los partidos que no se alinean automáticamente con ninguno de ellos. Eso convierte a los partidos pequeños en potenciales árbitros de la próxima legislatura.

La fragmentación alcanza también a la representación árabe. La Lista Conjunta y Ra’am aparecen en las encuestas con un número suficiente de diputados para modificar las cuentas de cualquiera de los dos grandes bloques. Su posición es especialmente delicada porque una parte de las fuerzas judías que aspiran a gobernar ha descartado formalmente depender de ellas para formar una coalición. Sin embargo, si la aritmética parlamentaria vuelve a dejar a ambos bloques por debajo de 61, una abstención o un apoyo externo podría convertirse en decisivo.

El sistema electoral añade otra incertidumbre: las listas deben superar el umbral del 3,25 % de los votos para obtener representación. Una formación que quede por debajo puede alterar indirectamente el reparto de escaños al dejar sus votos fuera de la distribución. Por eso, unos pocos miles de papeletas pueden modificar la composición final de la Knéset.

El bloque de Netanyahu: Likud, ultraortodoxos y derecha radical

Netanyahu tampoco parte de un bloque compacto. El Likud necesita apoyarse en los partidos ultraortodoxos y en las formaciones de la derecha religiosa y nacionalista, entre ellas Otzma Yehudit, de Itamar Ben Gvir, y el entorno del Sionismo Religioso. Una de las grandes fracturas internas afecta precisamente al servicio militar de los ultraortodoxos. Eisenkot y otros rivales de Netanyahu han convertido la cuestión en una de sus principales reivindicaciones, mientras los partidos religiosos defienden el mantenimiento de las excepciones para determinados sectores de su comunidad.

El resultado determinará, por tanto, no solo quién ocupa la residencia del primer ministro, sino también qué equilibrio tendrá Israel entre las fuerzas religiosas, nacionalistas, liberales y seculares. La peculiaridad de las elecciones israelíes es que la noche electoral puede no producir un ganador claro. Los ciudadanos votan listas, no candidatos a primer ministro, y ningún partido tiene posibilidades reales de alcanzar por sí solo los 61 escaños.

Si ninguno de los bloques logra construir una mayoría, el presidente Isaac Herzog consultará a los partidos y encargará la formación del Gobierno al candidato que tenga más posibilidades de reunir apoyos. El proceso puede prolongarse durante semanas y, en determinadas circunstancias, desembocar incluso en nuevas elecciones.

Los últimos sondeos apuntan precisamente hacia ese escenario de negociaciones. El promedio de las encuestas más recientes sitúa al bloque de Netanyahu y al de sus adversarios lejos de una mayoría clara, mientras los partidos árabes y otras fuerzas no alineadas conservan un peso suficiente para inclinar la balanza. @mundiario