Por: Héctor E. Contreras.
A la señal del capataz, la gigantesca bola es liberada. Con la fuerza de una dinamita y un choque estrepitoso, golpea la pared, parte ladrillos como si fueran ramas secas y desparrama trozos de cemento por todo su alrededor. El poderoso péndulo acciona repetidas veces, y pronto la barrera ha sido reducida a escombros. Una vez removidos, la construcción puede iniciarse. La vida tiene muchas paredes y cercos que dividen, separan y ponen compartimientos. No están hechos de madera, piedra y cemento; son obstrucciones personales, bloques humanos que separan a los individuos unos de otros y también de Dios. Pero Cristo vino como una aplanadora, tiró abajo el escollo del pecado que nos separaba de Dios y pulverizó las barreras que nos mantenían lejos de los demás. Su muerte y resurrección abrió el camino a la vida eterna, derribando toda barrera de separación, para así atraer a todos hacia la familia de Dios.
“Por lo cual, aunque tengo mucha libertad en Cristo para mandarte lo que conviene, más bien te ruego por amor, primero de Jesucristo; te ruego por mi hijo Onésimo, a quien engendré en mis prisiones”, Filemón 8-10. Debido a que Pablo era ya un apóstol anciano y pudo haber usado su autoridad con Filemón, ordenándole tratar con bondad a su esclavo fugitivo. Pero no basó su pedido en su autoridad, sino en la entrega de Filemón como cristiano. Pablo quiso que la obediencia de Filemón fuera sincera y no de mala gana. Cuando tú sabes que algo es correcto y tienes el poder de demandarlo, ¿apelas tú a la autoridad o a la dedicación de la otra persona? Aquí nos da un buen ejemplo de cómo tratar un posible conflicto entre amigos cristianos. En aquellos tiempos un amo tenía el derecho legal de matar a un esclavo fugitivo, por eso Onésimo temía por su vida. De manera que Pablo escribió esta carta a Filemón, para ayudarlo a comprender su nueva relación con Onésimo. Este era ahora un hermano en Cristio, no una mera posesión. “A quien engendré en mis prisiones” significa que Onésimo se había convertido a Cristo el Señor.
Pablo pidió a Filemón que perdonara a su esclavo fugitivo, el que había llegado a ser cristiano; pero no solo que lo perdonara, sino que lo aceptara como a un hermano en la fe. Como creyentes en Jesucristo, debemos perdonar, así como hemos sido perdonados. Es la enseñanza de nuestro Señor cuando dijo: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”, Mateo 6:12. El verdadero perdón significa, que tratamos al que ha sido perdonado, en la forma que quisiéramos ser tratados. ¿Hay alguien a quien tú debes perdonar? Cuando tú aprendes a perdonar, tu vida se vuelve mucho más productiva en todo lo que emprendes. Cuando perdonas, llega la liberación del espíritu, del alma que viven en tí. ¡Bendito sea Dios! Te invito a derribar la barrera que te impide que llegue a tu vida el don de perdonar; inclusive, perdonarte a ti mismo.
“Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades”, Efesios 2:14-16. Cristo derribó las paredes que las personas levantaron entre ellas. Debido a que esas paredes fueron derribadas, podemos disfrutar de una verdadera unidad con personas que no son como nosotros. Esto es lo que llamamos una verdadera reconciliación. Gracias a la muerte de Cristo, todos somos parte de una sola familia. Nuestra hostilidad en contra de otros ha desaparecido; todos podemos tener acceso directo al Padre mediante Jesucristo su Hijo y la comunión con el Espíritu Santo. ¡Bendito sea Dios!
“Y si en algo te dañó, o te debe, ponlo a mi cuenta. Yo Pablo lo escribo de mi mano, yo lo pagaré; por no decirte que aun tú mismo te me debes también”, Filipenses 18-19. La conversión a Cristo de Onésimo por intermedio del ministerio de Pablo, complicó mucho la decisión del esclavo prófugo. Onésimo sabía que no podía seguir huyendo el resto de su vida. Había perjudicado a su amo legal y aunque pareciera doloroso, tenía que hacerse cargo del daño infligido. El apóstol Pablo, sintiendo compasión por la causa del esclavo, acordó usar toda su influencia con Filemón.
La vida de Onésimo estaba en juego. En esta carta, de tan solo 401 palabras, el apóstol Pablo reune magistralmente las capacidades de persuasión y diplomacia que poseía. Cada frase de la carta a Filemón está redactada para producir el mejor efecto posible. Pablo apela a la amistad de Filemón, a su posición como líder cristiano, recordándole que “aun tú mismo te me debes también”, final del verso 19. La esclavitud perduró alrededor de 1,800 años, después de que la carta a Filemón fuera escrita y fue necesaria toda la fuerza moral del cristianismo para proscribirla. La carta a Filemón demuestra que la fe tuvo un profundo impacto sobre la esclavitud, mucho antes de que esta fuera abolida. Cristo puede revolucionar cualquier relación social. Onésimo, el fugitivo, decidió entregarse. En esa carta a Filemón, Pablo pide aún otro milagro: Le ruega al amo con las siguientes palabras: “recíbelo como a mí mismo”, verso 17. A ésto podemos llamarle derribando las barreras de la separación entre unos y otros. ¡Sólo Dios lo hace! por su gran amor en Cristo Jesús.
La carta del apóstol Pablo a Filemón, fue el poderoso péndulo que derribó todo lo que pudiera existir en el corazón del amo contra su esclavo Onésimo que le había robado, llevándolo a recibirlo luego de su conversión, ahora no como un esclavo, sino como un hermano en la fe en Cristo Jesús. Hace muchos años que en nuestras congregaciones cantábamos un coro que dice así: “Cristo rompe las cadenas, Cristo rompe las cadenas, Cristo rompe las cadenas y Cristo da seguridad”. Cristo, siendo Dios, se convirtió en un hombre, vino al mundo para derribar todas las paredes que existían e impedían la comunión con Dios, llevándonos a encontrar en Él la liberación de nuestras almas.
Concluyendo estas líneas, debo citar las palabras del apóstol Santiago, cuando escribió lo siguiente: “Y cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios”, Santiago 2:23. La imputación, es el acto de Dios por medio del cual Él cuenta por justo al creyente en Cristo, quien llevó sobre Sí mismo los pecados del redimido, a fin de vindicar la ley. Fue lo acontecido con Filemón y Onésimo. Puede ser contigo hoy. Dios, por medio de Jesucristo su Hijo, derribó todas las barreras que nos separaban de Él y hoy podemos alcanzar el perdón de todos nuestros pecados, de todos nuestros errores del pasado y llevarnos a gozar una vida plena en Cristo Jesús. Que la gracia de Dios reine en cada vida, ahora y siempre.




