Hubo un momento en que Joshua Holt se acostumbró a que las cucarachas se le subieran encima y le recorrieran la piel. Había tantas, que no podía espantarlas a todas, a ellas y a las moscas que se le pegaban a la piel las 24 horas del día, en una celda del tamaño de una cama de un cuerpo, de las de niño, con luz fluorescente que nunca se apagaba, sin ventilación, con las rejas cubiertas por un plástico negro, de los de la basura. Sentado encima de una especie de esterilla mugrienta, que era donde tenía que dormir, pasaba las horas del día, sin ver la luz del sol, sin respirar aire limpio. Así era el día a día… Ver Más
