La crisis entre Estados Unidos e Irán amenaza con descarrilar el frágil alto el fuego pactado en abril. Lo que comenzó con el derribo de un helicóptero Apache estadounidense sobre el estrecho de Ormuz se ha transformado en una escalada militar directa que amenaza con arrastrar a toda la región hacia otro escenario de conflagración sin parangón.
Por segundo día consecutivo, las fuerzas estadounidenses han atacado objetivos iraníes en el sur del país. Washington justifica la ofensiva como una respuesta a la agresión sufrida por sus tropas, mientras Teherán denuncia que las acciones estadounidenses destruyen cualquier posibilidad real de negociación y constituyen una violación de la ya frágil tregua que había logrado contener temporalmente las hostilidades.
El resultado es un deterioro acelerado de un proceso diplomático que, hasta hace apenas unos días, Donald Trump describía como cercano a una resolución definitiva. “Las fuerzas del Mando Central empezaron a lanzar ataques de autodefensa a las 17.15 hora de Washington (23.15 hora peninsular española) contra múltiples objetivos en Irán, por instrucciones del comandante en jefe (el presidente estadounidense). Los ataques se producen como respuesta a la agresión continuada y sin motivo de Irán”, informó el Mando Central de los Estados Unidos (CENTCOM) en un comunicado publicado en redes sociales.
Según ha publicado el portal de noticias Axios, que cita a un alto cargo estadounidense bajo condición de anonimato, todos los objetivos impactados se encuentran en el sur del país, e incluyen sistemas de defensa antiaérea, radares y unidades de mando y control de drones. La agencia de noticias estatal iraní Mehr había reportado supuestos enfrentamientos entre las armadas de ambos países en el mar, mientras que cita otros medios locales que informaron de varias explosiones cerca de los puertos de Bandar Abás y Kangán. Por su parte, la agencia Tasnim de la Guardia Revolucionaria iraní había dicho que se activaron los sistemas de defensa de la planta de gas en el yacimiento de South Pars.
Durante semanas, la Casa Blanca había transmitido optimismo respecto a las conversaciones con Irán. El propio Trump insistió repetidamente en que un acuerdo para impedir el desarrollo de armamento nuclear iraní estaba prácticamente cerrado. Sin embargo, los acontecimientos de los últimos días reflejan una realidad muy diferente. La Administración estadounidense mantiene que Teherán ha retrasado deliberadamente las negociaciones mientras concentra sus esfuerzos en reacondicionar sus capacidades militares. Desde la perspectiva iraní, son precisamente los ataques estadounidenses e israelíes los que han hecho inviable cualquier avance diplomático.
A medida que Washington asegura que sigue dispuesto a negociar, sus fuerzas militares amplían las operaciones sobre territorio iraní. Al mismo tiempo, Teherán insiste en que mantiene abierta la puerta al diálogo, pero responde con ataques contra instalaciones estadounidenses en varios países de la región. La lógica de la disuasión ha sustituido a la lógica de la negociación.
Ormuz, el verdadero epicentro de la crisis
Más allá del intercambio de ataques, la decisión más trascendental ha llegado desde Teherán, que ha anunciado el cierre a cal y canto del ya bloqueado estrecho de Ormuz, por decisión del régimen de los ayatolás, y por un veto de navegación impuesto por EE UU para impedir que las navieras transporten el crudo iraní. La situación, crítica ya de por sí por el intercambio indiscriminado de fuego, atenaza a las petromonarquías del Golfo Pérsico.
Por este corredor marítimo transita una parte sustancial del comercio energético mundial. Cualquier atisbo de una interrupción aún más prolongada puede afectar directamente al suministro internacional de petróleo y gas, alterar los mercados financieros y generar nuevas presiones inflacionarias en numerosas economías. La importancia estratégica de Ormuz explica por qué cada crisis en esta zona es observada con extrema preocupación por las grandes potencias.
La respuesta estadounidense refleja una estrategia que combina fuerza militar y presión política. Trump ha endurecido notablemente su discurso, afirmando que Irán deberá “pagar un precio” por sus acciones y sugiriendo incluso la posibilidad de atacar infraestructuras estratégicas si considera que Teherán continúa desafiando a Washington. “Los golpearemos duro, bajo nuestros propios términos”, ha afirmado el secretario de Guerra, Pete Hegseth, según pudo conocer The New York Times.
La historia reciente de Oriente Próximo demuestra que las campañas de presión militar rara vez producen resultados rápidos y suelen generar respuestas asimétricas difíciles de prever. El derribo del Apache estadounidense ha servido precisamente para recordar que Irán conserva capacidad de respuesta pese a las sanciones y a años de aislamiento internacional.
Una región cada vez más inestable
La escalada tampoco puede analizarse de manera aislada.
El conflicto se produce en un contexto regional extraordinariamente volátil. Los enfrentamientos entre Israel y actores respaldados por Irán continúan abiertos en varios frentes. Líbano sigue inmerso en una grave crisis de seguridad. Siria permanece fragmentada. Y los países del Golfo observan con inquietud cómo sus territorios pueden convertirse en escenarios de represalias cruzadas.
Los bombardeos iraníes a Jordania, Baréin y Kuwait por albergar bases estadounidenses reflejan precisamente ese riesgo de volver a regionalizar el conflicto. Cada nuevo ataque amplía el número de actores afectados y reduce los márgenes para una desescalada controlada. @mundiario
