Por: Héctor E. Contreras.
Marcos 10:42-45 y Romanos 9:12.
¡Somos el número uno…! ¡Los más grandes, fuertes y hermosos campeones! Cada día estas proclamas audaces afirman declaraciones de supremacía. Todos, de alguna forma u otra, queremos ser triunfadores. Los perdedores son los que no logran los primeros lugares. Todas estas palabras encierran un total contraste con las del Señor Jesús, quien nos llama a ser humildes y servir sin medida a los demás. Jesús es lo más grande que existe, Dios encarnado, nuestro Mesías, pero entró a la historia como siervo. Este debe ser el mensaje para todos nosotros hoy: ¡Servir! Cuando lo hacemos, encontramos una forma de agradar a Dios, quien se complace al vernos servir a los demás. Hace mucho tiempo entendí que servir es un don de Dios, porque no todos tenemos la capacidad de entregarnos en favor de otros; no así en el cuerpo de Cristo. Si verdaderamente nos hemos encontrado con Cristo, entonces debemos servir, simplemente ser siervos de Dios.
“Se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí. ¿Qué, pues diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera”, Romanos 9:12-13. El apóstol Pablo, citando las palabras dichas por Dios en Génesis 25:23, que dicen así: “y le respondió Jehová: Dos naciones hay en tu seno, Y dos pueblos serán divididos desde tus entrañas; El un pueblo será más fuerte que el otro pueblo, Y el mayor servirá al menor”. ¿Fue Dios injusto al escoger a Jacob, el menor, para que estuviera sobre Esaú? La declaración “Y amé a Jacob y a Esaú aborrecí” se refiere a las naciones de Israel y Edom, más que a los hermanos como individuos. Dios eligió a Jacob para continuar el linaje de los fieles, porque conocía el corazón de Jacob. Pero no excluyó a Esaú en cuanto a conocerlo y amarlo. Con esta declaración del mismo Dios, debemos tener en cuenta que, al Dios que adoramos y servimos, es soberano, que siempre obra en favor de nuestro bienestar.
Cuando entendemos estas cualidades de Dios, concluimos que sus decisiones son buenas aunque no logremos entender todas sus razones. Ahora bien, lo más importante de todo esto, mis amados, que fuimos llamados, escogidos para servir en su reino.
“Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, el que dirige, como el que sirve. Porque, ¿cuál es mayor, que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve”, Lucas 22:25-27. El sistema de liderazgo del mundo es muy diferente al que rige en el Reino de Dios. A menudo, los líderes terrenales son egoístas y arrogantes a medida que escalan hacia la cumbre. Algunos reyes, en la antigüedad, se autoproclaman “benefactores”. Sin ir más lejos de la historia, en nuestro País, después de escalar la primera magistratura de la Nación, Rafael Leonidas Trujillo se proclamó como el “benefactor y padre de la Patria nueva”. Pero, entre los cristianos, el líder es aquel que sirve mejor. Existen estilos diferentes de liderazgo, algunos diigen mediante la oratoria pública, otros mediante la administración; los restantes a través de las relaciones, pero todos de igual forma necesitan un corazón de siervo.
“Mas Jesús, llamándolos, les dijo: Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”, Marcos 10:42-45. Jacobo y Juan apetecían la más alta posición en el Reino de Jesús. Pero Él les dijo que la verdadera grandeza estaba en servir a otros. Pedro, uno de los discípulos escuchó el mensaje, desarrolló este pensamiento en I-Pedro 5:1-4, que transcribo a continuación: “Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada:
Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria. Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos; y todos, sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes”. Te invito, de todo corazón, a que busques esa gracia.
“Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará”, Juan 12:26. Muchos creían que Jesús había venido sólo para los judíos. Pero cuando Jesús dijo: “Si alguno me sirve, sígame”, se dirigió también al grupo de griegos que escuchaban sus palabras. No importa quienes sean los buscadores sinceros, Jesús los recibe. Su mensaje es para todos. Nunca permitas que las diferencias sociales o raciales se conviertan en barreras para el Evangelio. Si has recibido a Cristo como tu Señor y Salvador, debes llevar las “Buenas Nuevas” a todas las personas, sin importar raza, color o credo.
“Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros. Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, Gálatas 5:13-14. Pablo hizo una distinción entre la libertad para pecar y libertad para servir. La libertad para pecar no es libertad, porque nos esclaviza a la voluntad satánica, a otros o a nuestra propia naturaleza pecaminosa. Los cristianos, por el contrario, no debieran ser esclavos del pecado porque tienen la libertad para hacer lo correcto y glorificar a Dios por medio del servicio amoroso a otros. Cuando no estamos motivados por el amor, nos convertimos en críticos de otros. Dejamos de buscar lo bueno en los demás y vemos sólo faltas. Si es así, la unidad entre los creyentes se rompe. Es el tiempo propicio para buscar el Reino de Dios y su justicia y convertirnos así en hombres y mujeres creyentes solamente en Cristo Jesús.
Que la gracia de Dios llegue a cada vida con el propósito de servirle a Él.




